La izquierda se encuentra en medio de un gran desarreglo a nivel internacional. Entre la gran derrota revolucionaria y la frustración del reformismo. Sin banderas claras, sin ideología que converse con la sociedad, sin proyecto de nuevo tipo de Estado, sin reacción frente al capitalismo de mercados globales, sin clase social obrera donde apoyarse, sin horizonte cultural de profundización democrática, sin narrativa ni memoria, sin discurso ni sentido de trascendencia.
Publicado el 31.05.2017
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Hemos sostenido que la recomposición en curso del cuadro político chileno enfrenta dos incógnitas. Una mira hacia adentro de la sociedad y la cultura política nacional; la otra se dirige hacia el contexto político-ideológico internacional. Aquella se refiere al vínculo perdido entre el sistema político y la sociedad civil; ésta, al clima ideológico que rodea la formación de nuevos discursos o narrativas políticas más allá de nuestras fronteras. Las semanas previas reflexionamos inicialmente sobre la primera de estas incógnitas (hacia adentro) y, enseguida, sobre la segunda (hacia fuera), indagando sobre el contexto internacional del pensamiento de derechas. Esta vez exploraremos el panorama ideológico internacional relevante para las izquierdas chilenas, que se hallan en pleno proceso de redefinición cultural.

 

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A nivel mundial, las izquierdas del siglo XXI parecen estar sumidas en una trágica crisis de identidad y de futuro. Viven aplastadas por su propio pasado, aunque de maneras diferentes sus dos principales vertientes.

La vertiente comunista celebra en estos meses el centenario de la revolución bolchevique y, la verdad, no tiene motivos para congratularse. El sueño revolucionario y la utopía de una nueva sociedad emancipada se hicieron trizas tempranamente, ya en tiempos de Lenin. Y terminaron sepultados bajo la lápida de los juicios de Moscú, el peso de una dictadura feroz, las cárceles del Gulag y el culto a la personalidad del camarada Stalin, cuya muerte “llegó como un golpe de océano” recuerda un verso escrito en Isla Negra.

Según escribe el historiador italiano Enzo Traverso, en su libro dedicado a la melancolía de las izquierdas, en vez de liberar nuevas energías revolucionarias, los socialismos reales parecen haber consumado las energías del propio socialismo como idea. Comunismo equivale hoy a totalitarismo, control burocrático, Estado panóptico, industrialismo forzado, violación de derechos humanos, devastación del entorno, predominio de las fuerzas productivas y la disciplina de partido por sobre la cultura, el pluralismo y las libertades.

Significa además el vigoroso auge del capitalismo de Estado en China y Vietnam, el lánguido ingreso de Cuba a un capitalismo turístico, el gélido y distópico régimen dictatorial de Kim Jong-un, o las desventuras chavistas del socialismo del siglo XXI. Incluso, sobre la patria roja revolucionaria ondea hoy como estandarte presidencial el estandarte imperial con el águila bicéfala dorada con sus alas desplegadas.

Con razón algunos imaginan que con el fracaso de los socialismos reales y el descrédito de la idea comunista —que se vinieron abajo con el muro de Berlín— se puso fin a la utopía como forma de representación de futuros alternativos. Los profetas desarmados han callado. Y los profetas armados sobreviven ocultos en las profundidades de las cavernas, donde preparan actos terroristas, o mezclados con el submundo del crimen organizado internacional.

En cambio, la vertiente exitosa del socialismo del siglo XX fue la socialdemocracia que creó y desarrolló —en Europa especialmente— el Estado de Bienestar y la convergencia más virtuosa posible conocida hasta ahora entre capitalismo y democracia, mercados y Estado, libertades e igualdad, bienestar y competitividad. Luego de ser desacreditados por los bolcheviques como socialistas burgueses y capitalistas con rostro humano, los socialdemócratas se dieron a la tarea de construir economías viables, asegurando derechos sociales, libertades individuales y riqueza colectiva.

Sin embargo, hacia el final del siglo XX y en lo que va corrido del nuevo milenio, la socialdemocracia comenzó a dar muestras progresivas de agotamiento. Fue desafiada no desde la izquierda maximalista, sino desde una derecha neoliberal, al mismo tiempo que se reducía su base obrera y que la globalización le imponía nuevas reglas y demandas.

Ahora en la gran mayoría de los 28 países europeos gobierna la centroderecha o se han formado “grandes coaliciones”, mientras que solo hay Gobiernos de centro/izquierda en Eslovenia, Malta y Suecia. Más a la izquierda hay Gobiernos de este signo solo en Grecia (con mayoría parlamentaria) y en Portugal (sin mayoría parlamentaria). En América Latina la socialdemocracia se encuentra en retirada en la mayoría de los países, incluido Chile, donde la defenestración de Ricardo Lagos por el Partido Socialista fue un síntoma de ese cambio de marea.

De hecho, entonces, la izquierda se encuentra en medio de un gran desarreglo a nivel internacional. Entre la gran derrota revolucionaria y la frustración del reformismo. Sin banderas claras, sin ideología que converse con la sociedad, sin proyecto de nuevo tipo de Estado, sin reacción frente al capitalismo de mercados globales, sin clase social obrera donde apoyarse, sin horizonte cultural de profundización democrática, sin narrativa ni memoria, sin discurso ni sentido de trascendencia.

Más bien, florecen mil flores: el viejo y cansado ideario castrista, las nuevas izquierdas de Podemos en España y Syriza en Grecia, los indignados en diferentes partes del mundo, los socialistas tipo siglo XXI, las socialdemocracias ortodoxas estilo Bernie Sanders y Jeremy Corbyn, el comunismo intelectual lacaniano de Zizek, los neoanarquismos, los ecologismos radicales, grupos anti-globalización, movimientos militares de izquierda, variados populismos, izquierdismos ultra-nacionalistas, diferentes fórmulas de capitalismo de Estado con partido hegemónico, izquierdas-étnicas, corrientes posmodernas del free for all, comunidades anti-modernistas, etc.

En suma, y cito nuevamente a Traverso, quien en una entrevista ofrece un diagnóstico convergente con el que acabo de esbozar:

En Europa, como en los EEUU, la izquierda está confrontada a una mutación histórica. El ciclo iniciado con la revolución rusa finalizó en 1989 y los efectos de este agotamiento aparecen en la actualidad. La izquierda se enfrenta a un mundo totalmente nuevo con herramientas heredadas del siglo XX. El modelo de la revolución rusa, que ha dominado el siglo pasado, ha dejado de ser operativo. La socialdemocracia, por su parte, no hace más que gestionar la regresión social. El hundimiento del comunismo ha paralizado el proceso de transmisión de la memoria de la izquierda y su cultura ha entrado en crisis”.

 

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Frente a este panorama, sin un horizonte de expectativas ni una memoria para compartir que no sea de derrotas, ¿cómo puede esperarse se desarrolle la recomposición político-cultural e ideológica de las izquierdas en Chile? ¿De dónde podrán provenir sus ideas de futuro y una imagen de un mundo mejor?

Entonces, una primera cuestión es si en el siglo XXI post-utópico puede existir una izquierda que se proponga efectivamente un cambio de la sociedad y que desarrolle, como en el siglo XX, una verdadera “fe” secular en el poder de la revolución.

Digamos así: para ser revolucionario, esta figura cultural necesita una doble creencia. Por un lado, que el desplome del capitalismo esté a la vista; segundo, que haya una manera radicalmente otra de concebir las sociedades.

La verdad es que hoy la esperanza de las izquierdas gobernantes (en China o Nicaragua, en Vietnam o Portugal, en Grecia o Uruguay) no está puesta en un cambio radical de la historia, sino en un sueño pragmático; un capitalismo de Estado que —a la manera del Fausto de Goethe— entrega su alma a los mercados globales a cambio de ejercer el control de un territorio y una población, sea con o sin democracia. Por tanto, es un proyecto de poder; no una transformación del mundo. Aspira no a sustituir el capitalismo, sino a conducirlo.

Por eso el discurso de izquierdas es hoy, ante todo, anti-neoliberal. Favorece un capitalismo nacional coordinado por el Estado, no por los mercados. Y una inserción internacional en el libre comercio guiada no por commodities, sino por “commodities inteligentes”, con “valor agregado”. Muy pronto, ya lo empezamos a ver, nuestras izquierdas latinoamericanas estarán todas promoviendo recetas de 4a Revolución Industrial (¡Proyecto surgido de Davos, nada menos!), de competitividad schumpeteriana y una nueva matriz productiva, de un segundo modelo exportador con mayores retornos para financiar proyectos sociales.

La post-utopía de izquierda equivale, pues, a una variedad del capitalismo, con más Estado y menos mercantilizada, con recuperación de lo público-estatal en todas las esferas posibles y un progresivo alejamiento del privatismo neoliberal.

En realidad, una fracción importante de la izquierda chilena, sobre todo aquella parte con vocación de poder y que aspira a gobernar, buscará seguir ese camino pragmático para salir de su crisis, intentando prolongar la Nueva Mayoría (NM) desde la administración Bachelet hacia una administración Guillier.

Su proyecto será, en sentido estricto, más de lo mismo. Una suerte de socialdemocracia ortodoxa y melancólica que sueña con nacionalizar correos y construir trenes, recuperar la antigua Endesa, levantar un imperio del litio después del salitre y el cobre, reconquistar el papel de la salud-educación-seguridad social estatales, y empujar hacia atrás  las fronteras internas del mercantilismo en favor de una narrativa de derechos sociales y de gratuidad en el punto de acceso a los servicios de bienestar provistos por agencias públicas, coordinadas por medio de comandos burocráticos.

La otra izquierda, que se dice más auténtica y rebelde, manifestada incipientemente en el Frente Amplio, quisiera ir más allá de una respuesta limitadamente capitalista-de-Estado. Como Podemos en España o Syriza en Grecia, buscará por eso distinguirse de la izquierda tradicional y convertirá a los partidos convencionales de este sector (comunistas, socialistas, ppdes y radicales) en su principal adversario. ¿Pero tiene una utopía que compartir y una nueva sociedad que ofrecer, y un método revolucionario para aproximarse a aquella y ésta? No parece.

Al escuchar a sus precandidatos presidenciales y portavoces se tiene la impresión, más bien, de estar frente a una mezcla deliberadamente confusa de elementos de socialismo utópico, comunitarismo romántico, neo-capitalismo de mal menor, libre elección valórica, laicismo racionalista, multiculturalismo, movimientismo social, localismo/regionalismo, autonomismo étnico, futurismo planetario, imaginario típico de jóvenes-adultos profesionales en búsqueda de su posición entre las élites político-culturales. Es una suerte de alter-capitalismo voluntarioso que invoca las rabias, malestares e indignidades del capitalismo realmente existente como alimento para un discurso que, sin embargo, a la hora de exhibir sus propuestas de gobernabilidad se revela fantasioso y contradictorio.

En breve, la alter-izquierda se encuentra enredada con su propia sombra. ¿Seguirá siendo antisistémica y protestataria, extrainstitucional y puramente carismática? O bien, ¿hará el camino a Canossa y se sujetará a las reglas formales del juego, autolimitándose para compartir el poder y hacerse parte de la clase gobernante?

En fin, mirando hacia fuera, hacia el panorama ideológico-cultural del mundo exterior, nuestra izquierda en crisis descubre, como en un espejo, el reflejo de una izquierda mundial que sigue en la huella de la gran derrota de fines del siglo pasado. Y aún no logra reconstituirse ni como proyecto revolucionario comunista, ni como una exitosa fórmula reformista socialdemócrata, ni como fuerza utópica e imaginario de un nuevo cielo y una nueva tierra.

 

José Joaquín Brunner, #ForoLíbero

 

 

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