El “realismo” debiera permitir comprender la importancia y el rol que juega el empleador –cualquiera sea el tamaño de su empresa- y el impacto social que la inversión y el desarrollo tienen en cada una de las familias y comunidades en donde existe empleo.
Publicado el 30.07.2015
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En toda sociedad debe existir siempre una muy buena dosis de “realismo” para enfrentar los desafíos presentes y proyectarse hacia el futuro, buscando el bien común en pos de un desarrollo sustentable e inclusivo. Entre estos desafíos, imprescindiblemente deben considerarse las oportunidades de tener un buen empleo, que permita al trabajador y su familia la satisfacción personal y un mejor bienestar. Y para ello, aspirar a la mejor educación posible -que entregue valor y formación pertinente con el objeto de mejorar las relaciones y oportunidades en cada una de las familias–, una salud pública de calidad que realmente sea alternativa para los usuarios, el desarrollo urbano y el transporte público, entre muchos otros, deben considerarse en forma destacada dentro de las prioridades y desafíos. Y, claro, a todo ello el Estado nunca debiera “renunciar”.

Pero, y más aún, el “realismo” debiera permitir comprender la importancia y el rol que juega el empleador –cualquiera sea el tamaño de su empresa- y el impacto social que la inversión y el desarrollo tienen en cada una de las familias y comunidades en donde existe empleo. Estas oportunidades de trabajo requieren un entorno apropiado, mínima confianza y expectativa auspiciosa que permitan mantener nuestra competitividad y al menos triplicar la productividad con dramática urgencia. Son muchas las aristas desde las cuales la autoridad debiera abordar este asunto. Por de pronto, es ser capaces de detectar cuáles son las dinámicas laborales que impiden que ésta repunte en nuestro país.

Para todo ello, se hace necesario que sí haya una sensata renuncia. Renuncia al equivocado diagnóstico; renuncia a la inspiración con que se están elaborando las reformas y al formato tipo monólogo con que se están debatiendo -las más de las veces-; renuncia al desprecio incomprensible al aporte que los empresarios, el desarrollo y el  empleo pueden y deben seguir haciendo para construir un Chile que se mantenga participando en los mercados cada vez más globalizados y competitivos, en el cual  continuemos combatiendo las inequidades y la pobreza, en donde se restituya la sensatez, credibilidad y confianza en nuestras instituciones y seamos capaces de apoyar referentes positivos y constructivos.

El realismo exige disminuir las incertidumbres tanto políticas como sociales y económicas. El realismo reclama desideologizarse y comprender cabalmente el contexto del Chile de hoy, así como el mundo en donde se estrechan cada vez más las relaciones e interdependencias. Requiere comprender también el cambio en las estructuras, naturaleza y características de las relaciones laborales y de servicios, que en los más de los casos son muy distintas a las del siglo pasado y a las cuales, da la impresión, responden los cambios propuestos en la reforma laboral en actual tramitación legislativa. Para todo ello, la reforma laboral debe sufrir cambios importantes, previo a su aprobación. De esta forma, podría impactar positivamente en cada uno de esos mismos desafíos.

Por ejemplo, desde la perspectiva de la productividad y flexibilidad, considerando que Chile tiene una tasa de productividad equivalente a un tercio de la de los países más desarrollados, con muchos de los cuales compiten nuestros productos y servicios. Es sabido que para aumentarla no sólo inciden factores como la infraestructura, la tecnología o los medios requeridos para hacer el trabajo, sino también variables “blandas” como los conocimientos y capacidades, el sentido de pertenencia a un proyecto común, la motivación y retribución pecuniaria en donde siga siendo deficitaria, incluso la situación familiar de los trabajadores.

Fomentar también una capacitación pertinente y eficaz que permita a los trabajadores desenvolverse mejor en el nuevo escenario laboral de movilidad y cambios crecientes, que los obliga a reconvertirse permanentemente. Una capacitación que les permita comprender el balance y estados financieros de una empresa, identificarse con sus desafíos, y en el caso de los dirigentes sindicales que les permita representar eficazmente a sus bases y plantear apropiadamente sus demandas, sin desatender el bien común y la sostenibilidad de la empresa, además de generar espacios de colaboración con sus directivos, con interlocutores informados y capacitados.

Abrir espacios de reflexión y diálogo, con genuina voluntad y realismo, nos permitirá retomar con equilibrio un seguro camino para concordar el contenido de las reformas que nuestra legislación laboral requiere.

 

Bruno Baranda, Presidente USEC y ex subsecretario del Trabajo.

 

 

FOTO: RODRIGO SÁENZ/AGENCIAUNO