Ha sido la falta de recursos fiscales, la restricción presupuestaria, la que está logrando lo que ningún argumento ni opositor hizo antes: moderar las reformas de la Nueva Mayoría.
Publicado el 26.05.2016
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…pero que no se note mucho. Así podría resumirse la hoja de navegación que está implícita en el Mensaje Presidencial de Michelle Bachelet del pasado 21 de mayo.

Fue un mensaje sin grandes anuncios ni nuevas propuestas. Realista, no pretencioso. Ello no tiene nada de malo per se (recordemos que se trata de una Cuenta Pública de la actividad del gobierno), pero viniendo de la Nueva Mayoría y su afán refundacional es difícil interpretarlo de otra manera que no sea una renuncia.

No clarificó qué sucederá con la Reforma Laboral, porque al interior de su gobierno no hay acuerdo entre quienes siguiendo a la CUT y al Partido Comunista quieren una reforma aún más radical que la que conocemos (la ministra Ximena Rincón) y aquellos que, como el ministro de Hacienda Rodrigo Valdés, consideran una insensatez introducir desincentivos adicionales a la inversión en momentos en que la economía apenas crece al 1,5%.

No avanza tampoco en la anunciada reforma al sistema ISAPRE, que, de acuerdo a lo que pretenden quienes dirigen hoy día el Ministerio de Salud, expropiaría parte de la cotización que hoy se hace en la ISAPRE para destinarla a un Fondo Mancomunado destinado a financiar prestaciones a asegurados del sistema público de salud.

Lo mismo ocurre en relación al sistema previsional, donde fuera de anunciar la intención de reactivar la creación de una AFP Estatal que todo el mundo sabe no resolverá ninguno de los problemas en esta área, no hay iniciativas concretas de reforma.

La gratuidad de la educación superior, el caballo de batalla de las reformas de Bachelet, llegará sólo a quienes dentro del 60% más pobre de la población cumplan los requisitos académicos, enterrando así la promesa de la gratuidad universal.

Y por supuesto nada de bonos, y un solo beneficio nuevo, que no se cuantifica ni dimensiona, que favorecería a familiares de niños con enfermedades especiales.

Ha sido entonces la falta de recursos fiscales, la restricción presupuestaria, la que está logrando lo que ningún argumento ni opositor hizo antes: moderar las reformas de la Nueva Mayoría. Ello nos hace recordar la frase de Margaret Thatcher cuando dijo que el Socialismo fracasa cuando se acaba la plata de los demás.

Crece en consecuencia la importancia de Rodrigo Valdés en el gobierno y uno esperaría que lo que queda del período de Bachelet sea más bien un “gobierno de administración”, en que más que grandes reformas para cambiar la fisonomía a nuestro país se intente concluir decorosamente la gestión gubernamental.

Esta salida es funcional para Bachelet (una mujer práctica me recuerda alguien que constata que en su primera presidencia terminó gobernando con Pérez Yoma, Viera Gallo y Velasco) porque la restricción presupuestaria opera como excusa y le permite enmendar, sin reconocer el enorme error de diagnóstico que cometió al elaborar su programa.

En efecto, el diagnóstico de la extrema desigualdad, de la izquierdización de la sociedad, del rechazo al lucro y al mercado entre los chilenos para dar paso a la educación y a la salud pública, es el gran derrotado en este mensaje. El mayoritario rechazo a las reformas de Bachelet que reflejan las encuestas así lo demuestra.

Y el gran ganador, en cambio, es el crecimiento. Ninguneado, desechado o minusvalorado por políticos y economistas de la nueva Mayoría que irreflexivamente se subieron a la utopía refundacional de Bachelet. Los que siguieron a Alberto Arenas cuando dijo que una reforma que aumentaba la recaudación tres puntos del PIB no afectaba el crecimiento, o a Rodrigo Peñailillo cuando afirmaba: “la democracia de los acuerdos está absolutamente superada. Hoy nosotros somos mayoría y tenemos un programa de cambios que vamos a llevar adelante”.

El crecimiento, o más precisamente la ausencia de éste, es lo que hace hoy a la Presidente Bachelet afirmar que sin crecimiento económico el progreso social es una mera ilusión.

Algo que no le escuchamos antes y que nos ratifica que el gran ganador del mensaje presidencial ha sido, en definitiva, el crecimiento.

 

Luis Larraín, Foro Líbero.

 

 

FOTO:MARIO DAVILA/AGENCIAUNO

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