Radicalizar implica hacerse cargo de las contradicciones y resolverlas desde la óptica propia; es una profundización del proyecto político para darle coherencia. Es mostrar una actitud inconformista, pues aunque se ha avanzado mucho en los últimos treinta años, aún quedan muchas cosas por hacer. Y no son detalles por rectificar, sino tareas importantes. Radicalizar es movilizar las tropas fuera de la ciudad para que el combate sea a campo abierto.
Publicado el 09.04.2017
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Pablo Iglesias, líder de Podemos, dijo alguna vez que es muy difícil que movimientos como el suyo puedan emerger en tiempos de normalidad. Es así como estos grupos necesitan aumentar la sensación de inestabilidad y para eso utilizan a su favor fenómenos de probada eficacia, como el desprestigio de la política mediante la construcción de un “ellos” y un “nosotros”. Pero existe otro componente que es aún más importante, la denuncia sobre las contradicciones.

La idea básica es que los sistemas desarrollan incoherencias entre los principios que los inspiran y lo que ocurre en la realidad. Aunque es evidente que ningún ordenamiento carece de contradicciones, el populismo juega a agudizarlas para movilizar a las masas y quitarle legitimidad. La ecuación es clara: las contradicciones generan indignación y la indignación detona la movilización electoral.

Chile no está muy lejos de esta realidad, pues la sensación de anormalidad ya está instalada y se han explotado sostenidamente las contradicciones. Basta recordar que las primeras movilizaciones de 2011 fueron motivadas por el endeudamiento universitario, sobre todo el de quienes se sentían engañados por instituciones de mala calidad. A partir de entonces, esa indignación se llenó de contenido ideológico -gratuidad y fin al lucro-, apuntando al Estado subsidiario como el principal enemigo para instalar la idea de que toda el cabreo se debe a un problema del “modelo”. Es así como en base a lo antes planteado, el populismo ha adquirido poder y podido organizarse en lo que hoy se conoce como Frente Amplio.

Ante este escenario la centroderecha tiene tres opciones: conceder, defender o radicalizar.

Conceder es afrontar la realidad con tibieza, dar la razón al diagnóstico populista y aceptar sus soluciones, limitándose solamente a la discusión de los matices. Es aceptar la derrota esperando que el juicio sea benévolo. Con esta estrategia, por el afán de parecer moderado, se puede terminar cediendo a un nivel en que acaba desdibujándose la propia identidad, como hicieron en algún momento Amplitud y Gaspar Rivas. Conceder es rendir la ciudad para evitar su saqueo sin garantía alguna de evitarlo.

Defender es lo que ha hecho Chile Vamos hasta ahora e implica preocuparse sólo por el resguardo de los mínimos fundamentales. La gran falencia de esta estrategia es que muestra demasiado conformismo y hace vista gorda de las contradicciones, genera un proceso de repliegue que anula la posibilidad de ser mayoría social y condiciona cualquier posible victoria. Defender es reforzar las puertas de la ciudad frente al embate de los arietes, intentando aguantar hasta que los golpes cesen.

Por el contrario, radicalizar implica hacerse cargo de las contradicciones y resolverlas desde la óptica propia; es una profundización del proyecto político para darle coherencia. Es mostrar una actitud inconformista, pues aunque se ha avanzado mucho en los últimos treinta años, aún quedan muchas cosas por hacer. Y no son detalles por rectificar, sino tareas importantes. Radicalizar es movilizar las tropas fuera de la ciudad para que el combate sea a campo abierto.

Si en Chile se denuncia que la libertad de enseñanza es un privilegio disponible únicamente para quienes pueden pagar, la respuesta de la radicalización no es acabar con ella, sino entregar el financiamiento público directamente a las familias para que éstas puedan decidir. Del mismo modo, si la contradicción es que en una economía libre se criminaliza a comerciantes honestos que quieren ganarse la vida vendiendo en la vía pública, la radicalización debe entenderlos como emprendedores y entregarles una solución. Y frente a la indignación generada por los escándalos de colusión de grandes empresas, la radicalización consistirá en defender a ultranza la verdadera competencia, legislar en ese sentido y empoderar a los consumidores para acabar con estas prácticas. Son sólo tres ejemplos de materias en las que se puede avanzar mucho más, pero la lista es larga.

Radicalizar conlleva un cambio de actitud para hacer que el sistema sea coherente. ¿Coherente para qué? Para devolverle su legitimidad social.

 

Juan Pedro Lührs, periodista, estudiante de Master en Marketing Político en la Universidad Autónoma de Barcelona

 

 

FOTO: PABLO VERA LISPERGUER/AGENCIAUNO