La impunidad ha aumentado y la condena social ha disminuido: los costos de delinquir se han reducido.
Publicado el 10.09.2014
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El año pasado robaron mi auto desde el frente de mi casa. Un par de días después recibí un llamado de la comisaría de Huechuraba en el que me indicaban que el auto había sido encontrado abandonado y que debía pasar a retirarlo. Hasta ahí nada novedoso, en la comuna de Lo Barnechea, donde yo vivo, se roban impunemente cientos de autos al año y este era sólo uno más de esos casos. Lo interesante viene en la conversación con el carabinero que me hizo entrega del auto, que a todo esto había sido utilizado para un alunizaje y luego abandonado en la calle en estado calamitoso. Mientras me pedía que firmara unos papeles para hacerme entrega del auto, el carabinero comenta: “Estos cabros traviesos, mire como le dejaron el auto”.

Cuando la autoridad policial de este país se refiere a unos delincuentes que roban un auto y luego lo utilizan para hacer un asalto a un local comercial como “cabros traviesos”, es una señal potente de que muy probablemente nuestra sociedad entera está cruzada por un alto nivel de permisividad y tolerancia de la delincuencia y la violencia. La consecuencia obvia de dicha actitud es más violencia y más delincuencia.

Hoy nos horrorizamos por la bomba en el centro comercial adyacente a la estación de metro Escuela Militar, pero pareciera que no caemos en cuenta de la conexión que existe entre este hecho y las reprimendas públicas a carabineros cuando actúan en cumplimiento de su deber, o la impunidad de los alumnos que se toman los colegios y los destruyen, o la negativa de los parlamentarios de la Nueva Mayoría a aprobar una ley que permita sospechar de los encapuchados que se infiltran en las marchas de los estudiantes, o cuando un fiscal se da el lujo de dejar en libertad a los presuntos autores de decenas de detonaciones de bombas, sólo para comprobar que estas mismas personas son detenidas y encarceladas en España unos meses después por los mismos delitos, o la indiferencia centralista de los santiaguinos ante los constantes hechos de violencia terrorista en la Araucanía, o la reprimenda del ministerio del Interior a las víctimas de robos de cajeros automáticos en vez de reprimir a los ladrones de los mismos.

Como lo demostrara magistralmente Gary Becker en 1968, y un gran caudal de literatura que surgió como consecuencia de las investigaciones de este Premio Nobel, lo que la evidencia muestra es que los delincuentes y los terroristas son personas igual de racionales que Ud. o que yo, y actúan motivados por los beneficios que obtendrán de sus fechorías (dinero o gloria) y limitados por los costos que les pueden significar sus acciones (multas, cárcel y repudio público). El resultado de nuestra actitud permisiva y compasiva hacia la delincuencia y la violencia, es que hemos reducido considerablemente la condena social de quienes cometen todo tipo de delitos. Los beneficios de delinquir han aumentado porque hay más dinero en los cajeros automáticos y más gloria entre los que desafían con éxito a la sociedad. Por otro lado, la impunidad ha aumentado y la condena social ha disminuido, de manera que los costos de delinquir se han reducido considerablemente. En simple: durante más de una década hemos sembrado vientos y, como consecuencia, hoy estamos cosechando tempestades

Podemos discutir por años si la Ley Antiterrorista está bien o mal redactada, podemos hacer todo tipo de promesas de que vamos a aplicar todo el rigor de la ley a los autores de las detonaciones, pero si no hacemos un esfuerzo concertado como sociedad para subirle la condena moral y social a los delincuentes y los violentistas, nuestra retórica será sólo palabras que se las lleva el viento. Los encapuchados, los que rocían con parafina a un periodista, los que destruyen los colegios en toma, los que incendian los campos en el sur y los que ponen bombas en el metro: NO son cabros traviesos.

 

FOTO:FRANCISCO CASTILLO/AGENCIAUNO

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