Está fuera de lugar la sorpresa de quienes no entienden la determinación de los padres por invertir en la educación de sus hijos.
Publicado el 02.09.2014
Comparte:

Llama la atención la sorpresa manifestada por algunos analistas y dirigentes políticos frente a los padres que masivamente manifiestan el deseo y la decisión de invertir en la educación de sus hijos. ¿Por qué?

Ante todo, porque tal práctica es un hecho común en las familias burguesas. Y no sólo para pagar el mejor colegio disponible para sus herederos. En realidad, comienza en la cuna y se manifiesta en todo tipo de inversiones: salud, tiempo, entretenciones, conversación, juguetes, habitación, cuidadoras, estímulos, libros, además de inversiones intangibles en clima del hogar, desarrollo del lenguaje y funciones cognitivas del niño o niña, sus competencias socioemocionales, capacidades de comunicación y así por delante.

De esta forma, transmiten las familias tempranamente el capital cultural y social a sus descendientes, a quienes luego apoyarán con dinero gastado en bien dotados jardines infantiles, medios de enseñanza, comodidades, viajes, objetos de arte, herramientas, dispositivos digitales; en breve, en procesos de socialización y formación que van creando un mundo de vida distintivo y un conjunto de hábitos que luego permitirán al heredero enfrentar con éxito la educación escolar y, más adelante, ingresar a una carrera prestigiosa en una sólida universidad.

A nadie sorprende que las familias burguesas destinen tal cantidad de esfuerzo e ingentes sumas a financiar la trayectoria de aprendizaje de sus hijos. Foco principal de tal estrategia es, sin duda, el colegio; la inversión en matrícula, mensualidades y otras contribuciones a la que se suman textos escolares, uniformes, variado equipamiento y, con frecuencia, cursos de apoyo, tutorías privadas, soportes de todo tipo, consultas con psicólogos y médicos, atención especializada, visitas a museos y teatros, conciertos y cines, vacaciones con valor de aprendizaje, breves estadías en el extranjero, etc.

De esta forma, el adolescente adquiere cierto estilo cultural de distinción, manejo de idiomas, códigos estéticos, formas de relacionarse con la cultura, motivaciones académicas, confianza en sus propios medios, relaciones con pares y adultos, expectativas, refinamientos, carácter y disciplinas.

Sorprende en seguida la sorpresa de analistas y dirigentes políticos porque parece natural que todas las familias aspiren -en la medida de sus  medios y posibilidades, por acotados que sean- a un comportamiento similar. ¿Alguien puede creer que lo único que desean es “comprar” tiempo compartido para sus hijos con niños rubios, o con otros chicos cuyos padres están similarmente dispuestos a invertir cinco mil o cincuenta mil pesos en la educación escolar de sus herederos?

Me parece que pensar así es actuar como en su momento lo hacía la clase alta cuando descalificaba por “siúticos” a los entonces emergentes grupos medios que buscaban acceder a un estatus cultural superior. Es no entender que ahora han surgido nuevos grupos medios cuyo capital de base es educacional, no comercial, ni pequeño-industrial, ni típico del empleo público. Para estos grupos su propia educación y la de sus hijos es la cuestión más decisiva y vital. Y por eso están dispuestos a invertir en ella todo lo que puedan gastar. Entre ellos se cuenta seguramente una parte fundamental de quienes contribuyen con una suma mensual (copago) al colegio de sus hijos.

El Gobierno necesita tener frente a estos grupos un discurso de comprensión y aliento, y no tildarlos de siúticos o castigarlos por desear hacer lo mismo que cualquier alto o mediano funcionario, analista, parlamentario o dirigente político hace. Necesita mostrarles que la gratuidad de una educación primaria y secundaria de calidad les permitiría aumentar el rango de las estrategias que usan para invertir en sus hijos. Sobre todo, deben transmitir que no están en contra de que los padres no-burgueses hagan lo mismo que ellos, quienes, a fin de cuentas, son siempre los primeros en segmentar a sus herederos del resto de la población escolar al inscribirlas en un circuito de colegios altamente excluyente y socialmente clausurado.

Más importante aún, sin embargo, es el convencimiento que el Gobierno logre transmitir de que con sus reformas y medidas mejorará la calidad de las oportunidades de aprendizaje disponibles para la gran mayoría de los niños y jóvenes chilenos. De lo contrario, subsistirá la imagen de que las familias que hoy invierten marginalmente en educación podrían verse forzadas a optar mañana entre oportunidades formativas de menor calidad. Hoy tal confianza no existe ni hay tampoco tal claridad.

En fin, lo único fuera de lugar, entonces, parece ser la sorpresa de aquellos analistas y dirigentes políticos que no entienden la determinación de los padres que desean continuar invirtiendo en la educación de sus hijos, bajo cualquier forma que sea posible.

FOTO:MARIBEL FORNEROD/ AGENCIAUNO

Ingresa tu correo para recibir la columna de José Joaquín Brunner