A ver cuándo será la próxima vez que la política nos regale una emoción.
Publicado el 02.09.2016
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Juan Gabriel tenía varias gracias. Una biografía estremecedora, con una infancia marcada por la pobreza y el abandono; un talento extraordinario para componer canciones (más de 1.800) y un estilo muy particular para interpretarlas, que al sabor de México le agregaba un modo muy personal. Y, sobre todas esas gracias, fue un conductor magnífico de las emociones: pocos como él se han puesto en la piel de los despechados, del que ha amado en silencio una vida entera, de la mujer que ve pasar a su hombre tomando del brazo a otra; en fin, de los que sufren y son felices, simplemente por amor.

Por esa razón, Juan Gabriel conquistó millones y millones de corazones (entre ellos el mío) y se convirtió en una de las principales figuras de la música en español de toda la historia. Y por esa razón también, la televisión abierta destinó en Chile (y de seguro en el resto de América Latina), entre el domingo y el martes, cerca de un tercio del tiempo de sus noticieros centrales a cubrir su muerte. Un continente conmocionado por la partida tan inesperada de un ídolo, que empezó cantando en un modesto bar de Ciudad Juárez y terminó, hace justo una semana, en The Forum de Los Angeles.

Esa puede llegar a ser la potencia de las emociones.

La buena política estuvo hasta no hace mucho inspirada en buenas ideas, que se difundían hasta alcanzar la voluntad de una mayoría, conectándose con las emociones. Detrás de grandes proyectos políticos, muchos de los cuales llegaron a puerto en Chile y en el mundo, estuvo desde el amor, hasta la libertad, pasando por la esperanza, el coraje y la sencilla y cotidiana alegría, la llave que abrió las puertas a la Concertación, para triunfar con el NO, en el plebiscito de 1988.

La filósofa norteamericana Martha Nussbaum, autora de “Emociones Políticas: ¿Por qué el amor es importante para la Justicia?”, dice que son las emociones las que nos mueven a defender principios, que son las mayores movilizadoras. Y agrega que las personas no seríamos capaces de poner nuestro esfuerzo y sacrificio en un causa, si no sintiéramos ante ella amor, compasión, ansias de libertad, orgullo.

Ser chilena y de derecha me pone en un lugar complicado con las emociones y, justamente por ello, desafiante. Primero, porque en Chile, tal vez desde que dejamos atrás nuestro aire provinciano y nos acercamos un poco más al primer mundo, asociamos las emociones, esa vibración física e intuitiva que sentimos ante ciertos hechos, con la conducta primitiva, o con la demagogia y la consigna inconducente, la respuesta poética (y a veces patética), a las demandas imposibles de cumplir.

Y, luego, en cuanto a la derecha, las emociones son, digámoslo con delicadeza por tratarse de la familia, una zona poco explorada, oculta por la ley de que toda acción debe tener un propósito concreto o, algo peor todavía, por el desconocimiento de la profundidad humana, en su total dimensión.

Las agresiones de Bolivia, la muerte de Patricio Aylwin, el rescate de los 33 mineros, las amenazas al Instituto Nacional. He aquí una selección de hechos políticos que han despertado profundas y movilizadoras emociones en una mayoría de chilenos: la dignidad de nuestra patria, el renacimiento de la democracia, el triunfo de la esperanza y del trabajo bien hecho, la defensa del símbolo de la meritocracia.

Porque al fin y al cabo, la política no es misión exclusiva de intelectuales, economistas y filósofos, sino sobre todo para y por la ciudadanía, que exigimos de ella respuestas para lo concreto e inmediato –la plaza de la esquina, la economía, la salud pública– y también, que sea el hilo conductor de bienes inmutables e imprescindibles, desde la libertad, hasta el amor.

A ver cuándo será la próxima vez que la política nos regale una emoción.

 

Isabel Plá, Fundación Avanza Chile.

 

 

 

FOTO: DAVID VON BLOHN/ AGENCIAUNO

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