La fiesta siempre es pagada por los contribuyentes que no solo no opinan, marchan ni alegan. Y tan malo como lo anterior es que la misma pasividad tiene lugar frente al mal uso de los recursos.
Publicado el 07.09.2015
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Días atrás en Cusco, entre pisco sour y ají de gallina, guiado por mi  deformación profesional por los impuestos, me interesé por la historia de Tupac Amaru II. Nacido José Gabriel Condorcanqui Noguera, criollo, descendiente del inca del mismo nombre, Marqués de Oropesa, culto y rico -muy rico- y sobre todo caudillo del primer levantamiento anticolonial importante y precursor de la independencia de los países sud americanos. Un héroe a cabalidad.

Sin desmerecer los elevados propósitos de su gesta, como ocurre muchas veces cuando la leyenda agranda los legados, su rebelión se inició por algo pueril y personal. Por sus prósperas actividades económicas, la autoridad española le impuso impuestos, en especial la alcabala -un tributo sobre las ventas de productos- y derechos de aduana. Condorcanqui apeló por el conducto regular a las autoridades, que desecharon todos sus ruegos. Seamos justos y agreguemos que también abogó por liberar a los indígenas del trabajo de las minas, obteniendo idéntico resultado.

Se alzó entonces en armas adoptando el nombre de su ilustre antepasado, siendo seguido por miles de partidarios y reivindicando derechos y libertades, originando la mayor rebelión de la colonia. Lamentablemente la historia terminó mal, pues las autoridades españolas sofocaron con extrema dureza la rebelión y Tupac Amaru debió presenciar en la plaza del Cusco la tortura y ejecución de partidarios y familiares, incluyendo su mujer y dos hijos. Luego, como dijo un testigo, “atáronle a las manos y pies cuatro lazos, y asidos estos a la cincha de cuatro caballos, tiraban cuatro mestizos a cuatro distintas partes: espectáculo que jamás se había visto en esta ciudad. No sé si porque los caballos no fuesen muy fuertes, o porque el indio [sic] en realidad fuese de hierro, no pudieron absolutamente dividirlo después que por un largo rato lo estuvieron tironeando, de modo que lo tenían en el aire, en un estado que parecía una araña”. Y como a pesar de todo no murió, finalmente lo decapitaron.

Mejor destino tuvo Samuel Adams, uno de los padres fundadores de EE.UU. y posiblemente de los primeros actores de la independencia. Adams obtuvo el cargo de recaudador de impuestos. Probablemente fue el peor en servirlo, porque su compasión le llevó a hacer la vista gorda con los deudores, dejando de recaudar más de £ 8.000, suma astronómica para la época. Adams salió librado de la cárcel gracias a la multa pagada por sus amigos.

Amén de esta incursión tributaria -si se puede llamar así-, sus acciones más relevantes fueron la oposición y posterior lucha contra los impuestos establecidos desde Inglaterra, destacando su instigación al “Tea Party” de Boston que, a pesar de la creencia general, no se originó por un alza de impuestos, sino por la disminución del precio del té por efecto de la rebaja de éstos pero, nuevamente, dispuesta desde la metrópolis sin consulta a los colonos. El leitmotiv de Adams se expresa en su famosa frase “no taxation without representation” -no a los impuestos sin representación-, que reflejaba la aspiración de las colonias a tener injerencia en las decisiones que les afectaban, sobre todo en materia de tributos. Y bueno, ya sabemos cómo terminó esta gesta para las 13 Colonias.

Espero haber podido unir estas dos historias con los impuestos. Mas las historias suponen moralejas y, agreguemos, la pregunta sobre cómo andamos por casa.

La moraleja es que las personas de otros lares están dispuestas a criticar, reclamar, influir y derechamente oponerse a las tentativas de la autoridad para establecer y aumentar impuestos. Y esta causa ha llevado muchas veces a doblarle la mano y, como está dicho, a la génesis de -nada menos- la potencia dominante de nuestros tiempos.

¿Es el egoísmo, el afán de lucro y la falta de conciencia social lo que motiva este comportamiento? Tal respuesta, propia de la izquierda, es simplista y errada. Vislumbro dos motivos: los impuestos colisionan con un derecho humano fundamental como es el de propiedad, en tanto implican privar de parte de ésta, básicamente dinero de los individuos, para financiar los gastos del Estado y bienes públicos, como enseña la teoría contractualista. Este derecho humano legítimamente merece respeto y defensa, en especial cuando los impuestos son excesivos, expropiatorios o su producto se dilapida o, peor aún, resulta apropiado ilícitamente por algunos.

El segundo motivo es la indudable relación entre libertad -otro derecho humano de primerísimo orden- y propiedad. La existencia de ésta o la mera posibilidad de adquirirla por nuestros propios medios, nos hace más libres y autónomos frente a terceros y en particular frente al Estado; lo contrario genera dependencia, clientelismo, servilismo y la expropiación de nuestra autonomía.

¿Cómo estamos en Chile? Mal. Los hoy llamados pueblos originarios respecto de la política del Estado; los vecinos respecto de los planos reguladores; los estudiantes -y otros que no lo son- respecto de la educación; los trabajadores de las empresas y aun los que no lo son -como los trabajadores de los contratistas que prestan servicios a Codelco- respecto de las leyes laborales y los beneficios económicos-; los ecologistas respecto de proyectos energéticos; los consumidores respecto de las empresas, y puedo seguir casi indefinidamente; no solo se hacen oír por las autoridades y el país en general, incluso por la fuerza y contra el Estado de Derecho, sino que son capaces de imponerse y determinar políticas estatales. Cito a Condorito: Plop.

Por supuesto, la fiesta siempre es pagada por los contribuyentes que no solo no opinan, marchan ni alegan. Y tan malo como lo anterior es que la misma pasividad tiene lugar frente al mal uso de los recursos. No veo marchas por trenes, carros y estaciones que no funcionan; por el Transantiago, que se suponía autofinanciable y hoy consume más millones de pesos que litros de diesel; por una reforma tributaria mal hecha y que es responsable de varios puntos menos de PIB; por el aumento del costo casi exponencial para mantener el Estado en relación a una o dos décadas atrás. En fin.

Si Ud. quedó tan mal como yo después de terminar estas líneas, cuando vaya al Cusco tome un pisco sour o en EE.UU. una cerveza “Sam Adams”, para pasar la pena; y sobre todo, brinde por quienes han defendido estas causas y, con esperanza, porque en algún momento nosotros, los contribuyentes chilenos, hagamos efectivo nuestro derecho a opinar y ser escuchados.

 

Pedro Troncoso Martinic, Abogado.

 

 

FOTO: FRANCISCO CASTILLO D./AGENCIAUNO