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Publicado el 06 de diciembre, 2014

¿Qué tiene que hacer la Nueva Mayoría con ME-O?

Una alianza NM Marco-PRO puede resultar en un salvavidas para una coalición oficialista que sólo tiene el favor de un 24% de la población general.
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La popularidad y liderazgo consistente alcanzado por ME-O en los últimos años plantea un dilema para la Nueva Mayoría o parte de ella. ¿Se debe o no acoger, conversar, negociar una alianza programática y electoral con el ayer díscolo-caudillo, hoy líder del PRO y carta mejor posicionada de la centro izquierda para suceder a Bachelet?

La lógica dice que sí. Veamos las razones:

1. Hay una clara comunión de valores y principios entre ambos mundos. El humanismo cristiano y laico-progresista no sólo dialogan a través de una alianza instrumental DC- PR. Lo hacen de forma mucho más consistente cada vez que Walker, Andrade, Quintana o Enríquez-Ominami señalan con fuerza que un desarrollo país se sustenta ya no sólo en la defensa de libertades personales y de temas llamados “valóricos”, sino en las condiciones de equidad que posibilitan el ejercicio de dichas libertades, o si se quiere, los pilares solidarios desde donde lo valórico se juega en plenitud: una reforma tributaria, educativa, sanitaria o política. Hay una visión compartida respecto de avanzar hacia una sociedad sin privilegios de clase, sectarismos, articulada a partir de políticas públicas enraizadas en el bien común y el respeto por la dignidad del hombre. Una visión donde terminan por confluir la justicia social de Maritain o del Papa Francisco, el comunitarismo de Mounier y el progresismo socio-cultural de Bauman, Bobbio o de Amartya Sen.

2. La praxis política de los dirigentes de la Nueva Mayoría también dialoga con el ejercicio práctico desplegado por ME-O. Lo hace al evidenciarse una conducción común de ideas, programas y resolución de conflictos a través de canales institucionales formales. Una conducción que prescinde de discursos de “desconfianza populista” (que explota la monserga de las “malas prácticas”) hacia el Estado y sus instituciones representativas en cuanto distribuidores de equidad. Una conducción que no sólo favorece los principios rectores reformistas establecidos en la agenda legislativa del Gobierno, también el valor de la estabilidad al señalar que la legitimidad en el tiempo de la reformas en debate dependen de la capacidad de generar consensos amplios.

3. Si bien en el terreno de afectos (término utilizado por el senador Andrés Zaldívar para caracterizar relación de la Nueva Mayoría con ME-O) hay malos antecedentes entre ambos mundos, también hay evidencia suficiente para sostener que cuando la torta en juego es grande y atractiva y el hambre arrecia, los cariñitos y romances no tardan en aflorar. Los pactos por omisión o conveniencia circunstancial del tipo DC-PC, DC-PR, PPD-PR, PS-DC o todos los anteriores más el MAS, Izquierda Cristiana y el que quiera bailar, sólo hablan de un amor infinito y un seguimiento fiel mancomunado de laicos y cristianos a precepto de “dar hasta que duela” (o dar hasta que convenga). Más aún, la búsqueda de afectos por la vía del diálogo ha sido la principal demanda-queja hecha al Gobierno por buena parte de la Nueva Mayoría. Walker, Andrade, Auth y Cía., hoy se lamentan de la retroexcavadora y piden a gritos a la Presidenta que se abra a dialogar y discutir contenidos y cronograma de su agenda reformista. Similar espíritu al que adhiere una mayoría de chilenos que de acuerdo a última CEP cree que la construcción de ciudadanía se logra por la vía de entender (cuando no acoger) las opiniones diferentes a las propias.

4. Existe un progresivo convencimiento dentro de la Nueva Mayoría de que el desmarque de Enríquez-Ominami en 2009 de la entonces Concertación (costosa en su minuto para las pretensiones de Frei) sólo tuvo efectos positivos en el mediano plazo. A todas luces fue funcional al objetivo levantado hasta ese minuto sin mucho éxito, por la G-80 y los cuadros más jóvenes dentro de la Concertación, de renovar la coalición. ME-O no sólo presentó un liderazgo nuevo, refrescante, rupturista con una elite conductora de la transición ya desgastada. Obligó a la centro izquierda a reactualizar su relato, agenda y sintonizarlos con demandas del nuevo Chile post transición. La necesidad de una reforma tributaria, electoral e incluso educativa reemplazaron las consignas timoratas y gradualistas del conjunto de actores concertacionistas.

5. Una alianza Nueva Mayoría Marco-PRO puede resultar en un salvavidas para una coalición oficialista que sólo tiene el favor de un 24% de la población general. El abrir el espectro, horizonte y proyecciones de adhesión del conglomerado a través de la candidatura de Marco Enríquez-Ominami y su base partidista parece más que necesario y pertinente. ME-O hoy por hoy, además de ser el político mejor valorado por la ciudadanía, es la opción más transversal de la centro izquierda. Es el líder mejor posicionado entre los votantes de centro-centro derecha (dejando fuera a Velasco, hoy con Amplitud y fuerzas liberales de derecha), y supera largamente a Ignacio Walker, su más cercano seguidor en ese segmento. Incluso entre una mayoría de chilenos que no se identifica con ninguna fuerza política, Marco lidera con creces, por encima del liderazgo hasta ahora “incombustible” de Bachelet.

6. Por último, y si de cálculo político se trata, este es el minuto idóneo para que la Nueva Mayoría en su conjunto pueda amarrar un pacto con el PRO. Si el valor de Enríquez-Ominami se dispara es más que probable que algunos partidos oficialistas caigan en la tentación de generar pactos unilaterales con el PRO, so riesgo de quebrar la coalición oficialista o perjudicar a quienes queden descolgados de estos eventuales subpacto.

 

Juan Cristóbal Portales, Investigador Escuela de Periodismo Universidad Mayor, Doctor en Comunicación Política Estratégica.

 

 

FOTO: HANS SCOTT/AGENCIAUNO.

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