Después de meses de transmitirnos su arrojo y convicción, esta semana la DC ha actuado con la incondicionalidad y obsecuencia de la que persistentemente renegó durante los últimos 10 meses. Y, subiéndose a la retroexcavadora, ha puesto cada uno de sus votos en el Congreso para que el Gobierno aprobara una serie de reformas, prácticamente sin objeciones.
Publicado el 23.01.2015
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Si había algo que agradecerle al senador Quintana pocos días después de iniciado el mandato de la Nueva Mayoría, era el remezón que le estaba dando a la Democracia Cristiana. La flamante retroexcavadora había despertado el rugido de un león que, hasta entonces, dormía plácidamente en los brazos de Michelle Bachelet, beneficiándose hasta donde podía de su éxito electoral.

Mientras todavía no terminábamos de enjugarnos las lágrimas por la derrota en las elecciones, quienes militamos en partidos de la Alianza teníamos al menos un consuelo. Nos preparábamos para presenciar lo que podía convertirse en uno de los momentos más trascendentales de la historia política del país: la DC, tras casi 30 años de integrar la misma coalición política, daba señales de estar dispuesta a enfrentarse a la izquierda.

Con el correr de los meses la DC parecía ponerse de pie. Su presidente golpeaba la mesa y notificaba una y otra vez al Gobierno y a la Nueva Mayoría que, en honor a su “identidad” y tradición histórica, iba a defender a las pymes, golpeadas por la reforma tributaria; a los padres y sostenedores, amenazados con la reforma educacional; y a las instituciones, cuya ruptura, para un senador PS, era necesaria “para que mande la mayoría”. En buenas cuentas, si la Alianza no contaba ya con los votos en el Congreso para detener las peores pesadillas de El Programa, la DC asumía como guardiana de la moderación, la sensatez, el sentido común o como quiera usted llamarlo.

Tan potente era el protagonismo que asumía la falange, que la derecha comenzaba a preocuparse; la DC mostraba al Gobierno de Michelle Bachelet más dientes que la verdadera oposición. Asumía un protagonismo crítico, sin cargo de conciencia; la lealtad tenía sus límites cuando su gobierno ratificaba a un Embajador PC, tras acusar al partido de golpista, y cuando la Presidenta Bachelet lo había relegado a una deslucida representación en su gabinete.

El conflicto entre los leales a El Programa y La Presidenta y los líderes de la DC alcanzó durante meses momentos estelares. Quienes nos apasionamos con la política y seguimos al dedillo sus vaivenes, conteníamos la respiración cada fin de semana, cuando abríamos las páginas de los principales matutinos y nos encontrábamos con los titulares de la discordia (Ud. tal vez sea un apasionado del fútbol, imagínese sensaciones parecidas, pero en vez de DT, jugadores, pelotas y goles, acá hay líderes, convicciones, votos y poder).

Ignacio Walker, Andrés Zaldívar y Gutenberg Martínez, notificaban a la Nueva Mayoría que la DC impediría que el “progresismo infantil que creyó que gobernar era tomar las banderas de la calle”, como acusó su presidente en septiembre, desmantelara lo que, producto de décadas de acuerdos entre sus máximos líderes y del esfuerzo de millones de emprendedores y trabajadores, había conseguido Chile: la consolidación de su democracia, una institucionalidad sólida y reconocida por el mundo entero, un modelo de desarrollo que estaba permitiendo a vastos sectores sociales avanzar hacia mejores condiciones de vida y alcanzar los sueños de generaciones.

Probablemente miles de padres de colegios particulares subvencionados respiraron aliviados cuando el senador Walker respondió en El Mercurio, a la carta “De sostenedor a delincuente”, en la que José Luis Velasco, dueño de un colegio en La Araucanía, reclamaba el trato vejatorio que estaban recibiendo del Gobierno:

A don José Luis Velasco, emprendedor y sostenedor privado, le quiero decir que lo felicito, y le puedo asegurar a él y a quienes como él se la juegan por la educación como sostenedores privados, que van a seguir haciendo lo mismo, e incluso mejor. Habemos quienes en el Parlamento nos vamos a asegurar de que así ocurra.”

Ya no había dudas. La DC estaba dispuesta a pasar del “vamos a colocar un matiz en las reformas”, a impedir que la retroexcavadora terminara con el sueño de miles de familias de clase media.

Hasta que, repentinamente, se prendieron las luces y el telón cayó.

Después de meses de transmitirnos su arrojo y convicción, esta semana la DC ha actuado con la incondicionalidad y obsecuencia de la que persistentemente renegó durante los últimos 10 meses. Y, subiéndose a la retroexcavadora, ha puesto cada uno de sus votos en el Congreso para que el Gobierno aprobara una serie de reformas, prácticamente sin objeciones.

¿Cuál es la más decepcionante de las claudicaciones de la DC? El respaldo incondicional a la reforma educacional. De la noche a la mañana desapareció la promesa de defender a los padres de clase media, la existencia de un Instituto Nacional que formara a los estudiantes aventajados de las familias más vulnerables y la honestidad que el senador Walker decía reconocer en cientos de sostenedores que han dedicado su vida a enseñar.

O el Gobierno logró aplastar sin delicadeza alguna la voluntad de la DC de ser fiel a sus raíces, para aspirar legítimamente a recuperar adhesión de un importante sector de la clase media. O la DC, más que defender convicciones, diseñó una estrategia para desentenderse del rechazo ciudadano a las reformas, poniéndose de su lado en la calle y en los medios; y, al mismo tiempo, asegurar sus cuotas de poder en la Nueva Mayoría, poniéndose del lado de El Programa y la Presidenta en el Congreso.

Sí. Habemos algunos mal pensados.

 

Isabel Plá, Fundación Avanza Chile.

 

 

FOTO: JOSE FRANCISCO ZU„IGA/ AGENCIAUNO

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