Puede que el cambio de gabinete le permita a la Presidenta Bachelet revertir en parte el costo que ha pagado su popularidad y la proyección electoral de la Nueva Mayoría en el último año. Pero el costo de las reformas ya aprobadas lo están pagando los chilenos y, según nos ha notificado el Gobierno, no tendrá reversa.
Publicado el 15.05.2015
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Nada de fondo va a cambiar en el “segundo tiempo” del gobierno de Michelle Bachelet. La partitura es la misma, cambian algunos músicos y el ritmo, para pasar del sabor de la salsa y el tambor a una versión orquestada, suavecita, pero persistente hasta el final.

Es cierto que el lunes la Presidenta concretó el cambio más profundo que haya tenido lugar en un gabinete presidencial desde 1990 a la fecha, removiendo al Comité Político de La Moneda en pleno y, por primera vez en 25 años, al ministro de Hacienda. Y que no hay dos lecturas sobre el origen de su decisión: el fracaso de la conducción del gobierno, el déficit severo en la gestión de áreas muy sensibles para las personas y una profunda crisis de confianza.

Es cierto también que, probablemente a regañadientes, Bachelet entregó los ministerios de Interior y Hacienda a dos representantes del mundo conservador de la centro izquierda, ambos fans de la gradualidad y los “grandes acuerdos”, del entendimiento entre el sector público y el privado y de todo aquello de lo que ha renegado con furia la Nueva Mayoría desde que pasó a la oposición el 11 de marzo de 2010.

Y es cierto que, antes de cumplir 48 horas en el cargo, el flamante ministro del Interior se despachó dos perlas que exasperaron al corazón de los parlamentarios “leales” del PC y la CUT, guardianes oficiales de El Programa: “A mí no me gustan las retroexcavadoras, andan para atrás y creo que este país necesita ir para adelante”; para agregar al día siguiente, “(Asamblea Constituyente) No creo que sea el camino, no me gusta ese mecanismo”.

A partir de esta semana se respira la voluntad de una conducción política con mayor diálogo y la búsqueda de acuerdos, dos palabras que el oficialismo detesta, pero que le permiten a la Presidenta Bachelet ganar tiempo y revertir, al menos en parte, el costo que pagó durante más de un año, impulsando una batería de reformas contra el tiempo (y el sentido común), sin apoyo popular, pero con las aplastantes mayorías oficialistas en el Congreso.

Si Ud. es de aquellas personas que piensan siempre bien, lo pongo al día: en política piense mal y acertará. El gobierno se ha encargado de despejar cualquier duda respecto de sus propósitos tras el cambio del elenco. No solo no dará ni un paso atrás en las reformas, sino que en el sumun del voluntarismo, para explicar el masivo rechazo a las reformas, ha vuelto a reflotar la tesis del déficit comunicacional y de la natural resistencia que despiertan por su profundidad. Esa tesis, además de ofender profundamente la capacidad de entendimiento de los chilenos, evidencia un fondo todavía más amenazante: El Programa se aplica, guste o no, porque con los años los chilenos agradecerán sus beneficios, aunque ahora carezcan de la capacidad para comprenderlo.

La realidad que La Moneda se niega a reconocer es que las reformas tributaria, educacional y sindical (entre otras), persistentemente rechazadas en las encuestas y en la calle desde hace al menos seis meses, son entendidas por una mayoría de chilenos, infinitamente mejor informados y empoderados hoy que hace 10 años.

Puede que el cambio de gabinete le permita a la Presidenta Bachelet revertir en parte el costo que ha pagado su popularidad y la proyección electoral de la Nueva Mayoría en el último año. Pero el costo de las reformas ya aprobadas lo están pagando los chilenos y, según nos ha notificado el Gobierno, no tendrá reversa.

En 14 meses el país ha decaído en todas las áreas: el deterioro ostensible de la gestión y, por tanto, de la calidad de vida de una mayoría que depende de servicios públicos; el deterioro en las oportunidades y calidad de los empleos, gracias a la peor caída del crecimiento económico en 30 años; y el deterioro del mérito, el esfuerzo y la libertad, cuando sus cercos se corren hacia una muralla cada semana un poco más. Y, tal vez lo más delicado, el deterioro de la democracia, cuando se intenta deslegitimar todo lo avanzado hasta ahora y se divide al mundo entre un Estado bien intencionado y honesto versus ciudadanos embaucadores y sospechosos.

En la primera fiesta de matrimonio a la que mis padres me llevaron cuando tenía ocho años se desmayó un señor mayor en medio de la pista de baile. Mi temor, mientras observaba desde una esquina, no era que el afectado se agravara, sino que la fiesta se terminara. Pocos minutos después, una vez retirado el enfermo de la pista, el vocalista de la orquesta gritó “¡Qué siga el mambo!”.

Y la música y el baile se reanudaron.

 

Isabel Plá, Fundación Avanza Chile.

 

 

FOTO: RODRIGO SAENZ/AGENCIAUNO

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