Este intento de modificar la Constitución, de la forma como se plantea, borra cualquier buena intención. Escasea la voz y experiencia y la dedicación que un trabajo serio y pausado amerita.
Publicado el 14.04.2016
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Seguimos de mal en peor y las buenas intenciones siguen ahogándose en la mala administración y gestión del gobierno de turno.

Al involucrar a la ciudadanía en la construcción de una Nueva Constitución, de la forma en la que el actual gobierno lo está haciendo, necesariamente  llevará a ésta a buscar responder la pregunta que titula esta columna.

Como el debate inicial, respecto del piso de lo que pretende ser el nuevo texto constitucional no está en manos de expertos, no puede pretenderse que su centro sea la definición conceptual o filosófica de lo que debe inspirar y conformar el nuevo orden constitucional. La Ciudadanía buscará solo resolver temas concretos, los problemas que enfrenta día a día: el empleo, la educación, la salud, la seguridad pública, el transporte público, etc., y anhelos de reivindicaciones que se traducirán en meras declaraciones.

Fruto de lo anterior, inevitablemente, llegará la frustración, porque una Constitución no resuelve problemas ni soluciona lo que no funciona.

Toda Constitución expresa un orden institucional. La idea de Constitución viene de una analogía con el cuerpo humano, que tiene distintas partes que lo constituyen y que funcionan como un todo.

Pero las cosas siguen haciéndose mal, a esta altura es claro que este gobierno no se ha caracterizado por hacer que las cosas funcionen bien.

Una clara muestra de esta falta de aptitud es el desconcierto que ha sostenido el Consejo de Observadores frente a la publicidad televisiva del gobierno en horario prime, de la cual no fueron lo suficientemente informados. No bastó la experiencia pasada de una publicidad televisiva de otra política pública, también fracasada, que incluso llevó a un reconocido deportista -que la encabezaba- a no querer escuchar ni hablar más del tema.

Es por esto que este intento de modificar la Constitución, de la forma como se plantea, borra cualquier buena intención. Escasea la voz y experiencia y  la dedicación que un trabajo serio y pausado amerita. La historia nos demuestra que toma años realizar un trabajo acabado en estas materias, ya que mientras más “cundidor” sea el trabajo, más efímero será su resultado.

Si no se pretende descabezar o mutilar nuestra institucionalidad y, por ende, nuestro devenir como país y de nuestro futuro próximo, no puede tomarse tan a la ligera este tema.

Extrapolemos las nefastas consecuencias que la reforma tributaria trajo a la inversión en el país y sus efectos en el empleo, a la inestabilidad que podría generar un cambio aún más profundo y radical en las instituciones.

Nada cuesta partir con un umbral mínimo preparado por expertos, fruto de un trabajo dedicado y exclusivo, luego transmitirlo a todos los sectores de la sociedad.

No nos engañemos, hacer una Constitución no es una actividad que puede ser dejada a los asiduos de los 140 caracteres o a un grupo de vecinos bien intencionados. Esa delicada labor debe hacerse por especialistas. Lo demás es populismo.

De seguirse el camino actual, terminaremos con un texto de escasa viabilidad, con participantes que verán frustrados sus deseos cívicos y con un nuevo retroceso institucional que nadie quiere experimentar.

 

Rodrigo Riquelme Yáñez, Abogado, Magíster en Derecho.

#TribunaLíbero

 

 

FOTO: PABLO OVALLE ISASMENDI / AGENCIAUNO