Uno de los mayores desafíos para el estado chileno en los años que se avecinan es el desarrollo de sistemas no tan sólo digitales, sino que compatibles. Sistemas que tienen la capacidad de comunicarse entre sí y protocolos que simplifican y facilitan al máximo este proceso.
Publicado el 28.06.2018
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Hace algún tiempo quise inscribir una marca comercial en el instituto de propiedad intelectual. En principio parecía que este trámite podía ser realizado 100% por internet, mediante el ingreso al sistema de registro con la clave única. Realizado el trámite, fui sorprendido una semana después con una notificación oficial en la que se me pedía proveer una certificación de mi identidad (escaneando y enviando algún documento). Lo irónico del caso es que, para hacer la solicitud, ya había tenido que identificarme con el método más concluyente posible: mi clave única.

Este proceso, a medias entre lo digital y lo físico, refleja uno de los mayores desafíos para el estado chileno en los años que se avecinan: el desarrollo de sistemas no tan sólo digitales, sino que compatibles. Sistemas que tienen la capacidad de comunicarse entre sí y protocolos que simplifican y facilitan al máximo este proceso.

Este desafío no es inédito. Ha sido enfrentado (y resuelto) una y mil veces por los servicios que vemos a nuestro alrededor. Tomemos el caso de Twitter, por ejemplo. La cuenta de la red social es fácil de conectar con Gmail para seguir a los contactos de forma inmediata. O el caso de Spotify: nos registramos con una cuenta de Facebook y tenemos acceso a las canciones que están escuchando nuestros amigos. En el aparato estatal, este tipo de integraciones, tiene todavía un largo camino por recorrer.

El Estado interoperable permitirá que la información pueda fluir libremente entre los organismos públicos cuando sea necesario.

En términos tecnológicos, estos procesos son llevados a cabo de manera óptima a través de las llamadas API’s (Application Programming Interface). Son protocolos o estándares mediante los cuales un sistema se comunica de manera simple con el “mundo exterior” (es decir, con los servicios de otras empresas, organismos, etc.). Su utilidad surge del hecho de que sería extremadamente difícil, sino imposible, desarrollar un sólo sistema para todo el Estado o todas las empresas. El camino a seguir, más bien, es intentar esconder o encapsular todo lo que ocurre de manera interna al sistema y comunicarse con el exterior con un esquema simple pero bien definido y estructurado. Esto permite, con un mínimo de desarrollo, interoperabilizar los sistemas; si ocurrieran cambios internos en los mismos, la comunicación no quedaría obsoleta.

El Estado interoperable permitirá que la información pueda fluir libremente entre los organismos públicos cuando sea necesario. Contribuirá a agilizar los procesos en los que intervienen múltiples organismos públicos (subsidios, por ejemplo). Pero también abrirá el camino para usos que hoy, debido a la dispersión y fragmentación de la información, son imposibles. En efecto, el desarrollo de analítica avanzada, mayor colaboración público-privada, y la mayor transparencia requieren un sistema estructurado y estandarizado para desarrollarse.

Max González, ingeniero civil industrial