El ex Presidente y el ex ministro tienen bastante en común en el contexto de esta polémica.
Publicado el 18.03.2018
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En algunas tardes de otoño, desde Constitución, entre Lagos y Campos, puede observarse un paisaje muy interesante. Pero no se trata aquí de una postal costumbrista ni de un folleto turístico, sino de una breve crónica, sobre algunos episodios que terminan hablando muy bien de Chile y de sus instituciones.

Veamos.

Nuestra ya ex Presidenta Bachelet, en sus últimos días en el cargo, advirtió que en su mesa de trabajo quedaban demasiados asuntos pendientes, carpetas no cerradas y promesas incumplidas. Tomó entonces una decisión radical: trató de limpiar su mesa, enviando para diversas partes todo lo que estaba sobre su escritorio.

Ya sabemos la suerte del proyecto con que se cerraba la etapa inicial del proceso constituyente. Lo envió al Senado en el estado en que se encontraba, sin darse el tiempo de escuchar a sus partidos, ni al Consejo de Observadores que ella misma había creado. Ni siquiera alcanzó a revisar la coherencia, el estilo y la ortografía de los textos. Gracias a la fortaleza de nuestras instituciones, este proyecto llegará sólo hasta aquí o, en el peor de los casos, continuará con una rigurosa discusión y reescritura parlamentarias.

¿Nada había hecho la Presidenta con esto del cierre de Punta Peuco? Entonces decidió improvisar, en los pocos minutos que le quedaban, un decretito de algo así como “cambio del uso del suelo” del recinto, con lo cual el penal tendría que descontinuar su actual función.

Claro, había que obtener la firma del ministro de Justicia. Pero el hombre de los Campos se puso firme.

Aquí entra esto de la vista desde Constitución.

El inciso primero del artículo 35 de nuestra Carta Fundamental establece que:

“Los reglamentos y decretos del Presidente de la República deberán firmarse por el  Ministro respectivo y no serán obedecidos sin este requisito.”

Esta aparentemente insignificante disposición ha demostrado, al menos en dos oportunidades —ambas relacionadas con Punta Peuco—, tener la capacidad de poner paños fríos a iniciativas presidenciales eventualmente apresuradas.

En verdad, el ministro tieso de mecha puede ser removido por el Presidente, o inventarse algún artificio ingenioso, pero sea cual fuere la solución que se adopte, ella tomará algún tiempo que podrá aprovecharse para reflexionar.

Pero ¿qué pelos pintan los Lagos en este cuento?

Corría el gobierno de don Eduardo Frei Ruiz-Tagle. En esos días había una “papa caliente” en manos del Gobierno: qué se podía hacer con los miembros de las Fuerzas Armadas que estaban siendo acusados y procesados por eventuales violaciones de los derechos humanos.  Ellos también eran sujetos de sus propios derechos humanos, en resguardo de sus vidas e integridad. Las autoridades de esa época concibieron la idea de construir la prisión especial de Punta Peuco.

Aquí aparece, en el medio del paisaje, el Lagos a que se refiere el título de esta crónica. Tan aplomado es él, que detuvo la tramitación del decreto de Obras Públicas que ponía en marcha la mencionada medida. En ese caso, después de superar tensas negociaciones, se concedió al sólido ministro una licencia para ausentarse transitoriamente de su cargo. Correspondió al ministro subrogante firmar el decreto de marras y destrabar la crisis.

Todo ello tomó algún tiempo, que sirvió para reflexionar y confirmar la decisión.

En verdad, qué hermoso es el paisaje que se contempla desde Constitución, entre Lagos y Campos de distintos colores, que dan armonía y consistencia a las instituciones republicanas de nuestro país.

 

José Alberto Bravo Lyon, ingeniero civil y abogado

 

 

FOTO: FELIPE LOPEZ/ AGENCIA UNO