Entre los centenares de propuestas de gente de la cultura, el equipo del programa cultural de Piñera estudió, seleccionó y sistematizó muchas de ellas teniendo presentes cuatro criterios centrales: responsabilidad, inclusión, pluralismo y diversidad. La riqueza cultural de Chile depende de muchos aportes, y proponerse silenciar o ignorar a algunos de ellos sólo nos empobrece en términos de cultura, identidad y sensibilidad.
Publicado el 29.11.2017
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Fue un encuentro alegre y multicolor frente a la fachada del MAC en el Parque Forestal de Santiago. Me refiero al punto de prensa en que Sebastián Piñera dio a conocer esta semana aspectos de su programa cultural. Se trató de una actividad organizada por un grupo de artistas jóvenes que, días antes, invitaron a otros para crear el marco propicio en que se anunciaran las medidas. Y la entusiasta respuesta sorprendió a todos. Seamos francos: hace diez años sectores políticos que no eran de izquierda no lograban convocar a tantos artistas y gestores culturales como hoy. Algo ha cambiado y está cambiando. Así como en el deporte, también hay cambios en cultura. Ya la izquierda no monopoliza ese mundo.

Supongo que el cambio gradual en cultura se debe, en gran medida, a los logros en ese ámbito del gobierno de Piñera. ¿Cuándo antes la centroderecha y los liberales habían tenido la oportunidad de conducir la principal institución cultural del país? Los resultados de ese trabajo son indiscutibles: se logró poner en orden los compromisos con los proveedores del Consejo Nacional de la Cultura y las Artes (CNCA) —que bajo el anterior gobierno de Bachelet terminó en DICOM—, y éste fue reconocido como mejor servicio público en cuanto al tiempo de pago a sus proveedores y en materia de transparencia activa.

Pero la administración anterior no sólo puso la casa cultural en orden, sino que también promovió la cultura en forma amplia, no centralista y no sectaria. Impulsó la construcción de teatros regionales y centros culturales en regiones, creó el Fondo del Patrimonio, modificó y mejoró la Ley de Donaciones Culturales y presentó el proyecto para la creación del Ministerio de Cultura, finalmente promulgado en el actual gobierno como un logro compartido para todo el sector cultural.

La administración de Piñera exhibió también su alma republicana: respetó las grandes líneas culturales que Chile se ha dado, no pecó del adanismo —es decir, de creer que la historia comienza con uno—, y se inspiró en una visión amplia y no partidista de la cultura.

Mirando a futuro, quizás una de las medidas de mayor peso simbólico en el nuevo proyecto cultural de Piñera lo constituye la entrega del “Pase Cultura Joven” a todos los jóvenes del país cuando cumplan 18 años, para que puedan acceder a programación  y bienes culturales con un descuento de 50%. El “vale cultura” se da por una vez al joven y tiene un monto limitado, aproximadamente de $ 45.000, lo que es un atractivo punto de partida. Es un saludo al joven que cumple la mayoría de edad, una invitación de la sociedad a participar y disfrutar de la cultura, y una nueva forma de trabajar en la tan necesaria creación de públicos y formación de audiencias. Y es una política cultural que, con distintas modalidades, ha mostrado éxitos o se está iniciando en Italia, Francia, España, Brasil y México. Otorga al joven la posibilidad de escoger lo que desea en materia cultural, y son los creadores y artistas quienes pueden mostrar su capacidad de convocatoria con lo que realizan y brindan. Sin duda un nuevo desafío que habrá que trabajar a fondo  para cumplir con los objetivos de acercar a los jóvenes a la cultura, utilizar infraestructura cultural pública subutilizada y potenciar las posibilidades de compartir las creaciones de nuestros artistas.

Hay otra medida que es, a mi juicio, importante en el programa cultural de Piñera: la de conectar a los espacios culturales públicos por fibra óptica, de modo que muchos de aquellos espectáculos, que por lo general se quedan en Santiago, lleguen también a regiones. Esta medida incluye varias visiones, es decir, democratiza el acceso a la cultura derribando asimetrías determinadas por el centralismo. Pero no se trata de establecer una relación jerárquica entre Santiago y el resto de Chile. No, la interconexión por fibra óptica permitirá también que circulen nacionalmente los espectáculos y contenidos que se generan en el sur, el norte, el centro o las zonas extremas, de modo que nos conozcamos mejor y los artistas no metropolitanos también puedan ver sus obras circulando por Chile.

Y una tercera medida, a mi juicio importante (hay muchas más, pero la columna tiene sus límites): la simplificación de los procesos de postulación a los fondos para la creación. ¡No podemos seguir como vamos! Miles de creadores jóvenes se sienten desanimados porque los procedimientos de postulación se han convertido en textos indescifrables.

La burocracia existente desanima a muchos creadores jóvenes, que ven con desaliento cómo algunos se repiten el plato con una frecuencia que los llena de suspicacia. Desburocratizar y simplificar las postulaciones a los fondos concursables es una tarea urgente y necesaria e integra el programa cultural de Sebastián Piñera. Se trata, además, de que los creadores confíen en nuestra institucionalidad cultural y esta no caiga en el nivel de descrédito en que se halla gran parte de las instituciones del país.

Entre los centenares de propuestas de gente de la cultura, el equipo del programa cultural de Piñera estudió, seleccionó y sistematizó muchas de ellas teniendo presentes cuatro criterios centrales: responsabilidad (prometer sólo aquello que efectivamente se puede cumplir y financiar); inclusión (Santiago no es Chile); pluralismo (el Estado debe promover la cultura atendiendo a la pluralidad de concepciones, visiones, valores, culturas y sensibilidades del país); y diversidad (se debe reconocer, sin exclusiones, que Chile está integrado por sus pueblos originarios, los españoles, los afro-descendientes históricos, y también las inmigraciones históricas y las recientes). La riqueza cultural de Chile depende de todos estos aportes, y proponerse silenciar o ignorar a algunos de ellos sólo nos empobrece en términos de cultura, identidad y sensibilidad.

Y algo más: no es el ministerio o el Estado el que “hace la cultura”, sino los creadores y la ciudadanía, que están por doquier. El Estado debe poner a disposición de forma efectiva y sin condicionamientos ideológicos ni trabas burocráticas las condiciones para que en Chile florezcan las artes y la cultura. Sujeto y protagonista de ellas son los creadores, no el Estado, y los destinatarios son los chilenos y quienes, no siéndolo, dentro y fuera de nuestra fronteras, deseen conocer nuestra identidad y cultura, nuestra capacidad de vivir la unidad en la diversidad.

 

Roberto Ampuero, #ForoLíbero. El autor integra el grupo de cultura de la campaña de Sebastián Piñera.

 

 

FOTO: LUIS HIDALGO

 

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