La experiencia reciente debería ser suficiente para comprender que con Presidentes “buenos” no vamos a llegar a ninguna parte. Sería hora de preferir simplemente buenos Presidentes, aunque no sean tan sensibles y se preocupen de los números, porque igual que con los buenos profesores, a la larga es lo que se agradece.
Publicado el 08.08.2016
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Una experiencia relativamente compartida es la evolución que tiene en nuestra memoria el recuerdo de los distintos tipos de profesores que nos tocó tener en nuestra educación. Hay dos prototipos más o menos comunes: primero, el “profe” exigente, que sabe mucho, hace buenas clases, pero sus pruebas son difíciles, con él la única manera de salir bien es trabajar duro y dormir poco; además, generalmente insensibles a los halagos, sus evaluaciones son objetivas. Insoportables, uno espera con ansias el fin del año y anhela que se vayan a otro colegio.

El otro prototipo es el del “profe buena onda”, este es sensible, comprende a sus alumnos, así es que sus pruebas se hacen en grupo y con los cuadernos abiertos. Son profesores que no discriminan, nada de tratar bien a los “mateos” y ser más duros con los que tienen menos oportunidades de aprender, son profes “humanos” que no rajan y acompañan a sus alumnos a los “carretes”, porque se preocupan de ellos y los escuchan. Estos son los favoritos de los estudiantes, todos quieren estar con ellos, son “más un amigo que un profe”.

Pero con el paso de los años empieza a ocurrir algo curioso, en la medida que la vida a uno lo hace madurar y se miran las cosas con la distancia y la experiencia del mundo real, el recuerdo empieza a cambiar. Ese “viejo” exigente e insoportable nos deja algunas enseñanzas de las que no teníamos conciencia, pero en los momentos más inesperados nos sirven. Recordamos lecciones que, en su momento, no les dimos valor y resulta que por Dios que servían. Para qué decir de esas horas memorizando cosas que pensábamos que olvidaríamos en una semana y, para nuestra sorpresa, terminamos descubriendo que seguimos recordándolas y nos sentimos orgullosos de ello.

¡Puchas que era buen profe! Cómo me gustaría verlo ahora para decírselo, es un pensamiento frecuente.

¿Y el buena onda? Bueno, en realidad era bastante irresponsable, ahora que uno lo piensa bien. No aprendimos nada con él, nos mostró una manera de hacer las cosas que, en el mundo real, no funciona, así es que empieza a crecer una sensación de fraude. En cierto momento dejamos de pensar en él como buena onda y lo empezamos a asociar con la mediocridad, hasta que algún día en una conversación de ex compañeros, con unas pocas cervezas en el cuerpo alguien, por fin, lo dice: “era harto chanta”.

Así el exigente, que no hace demagogia académica, planta una semilla de afecto y gratitud que tarda algunos años en germinar, pero casi nunca se pierde; el otro, en cambio, siembra la semilla de la desilusión, una semilla que invariablemente se desarrolla, haciendo realidad ese viejo aforismo que dice: “para verdades el tiempo”.

Los gobiernos son bastante parecidos, también están los gobernantes “buena onda” que, “sensibles” a las desigualdades y las dificultades de las personas, nos ofrecen cambios rápidos, nos dicen que podemos vivir mejor sólo con cambios a las leyes. Son los que nos dicen que nuestros problemas no se solucionarán trabajando o ahorrando más –para tener mejor pensión, por ejemplo-, sino todo lo contrario: tenemos derecho a trabajar menos, a ahorrar menos, que nuestros empleadores tienen que pagarnos más, porque eso es lo justo. Cómo es posible que no tengamos todos una casa digna, educación gratuita y de calidad, salud asegurada, buenas pensiones. ¡Inaceptable!

Son los gobernantes que nos dicen que tenemos derechos, pero no nos recuerdan que tenemos deberes que hacer primero. Son los gobernantes que la mayoría quiere tener.

Cada cierto tiempo aparece un gobernante que, como el profesor exigente, no es simpático, tampoco sabe bailar, es trabajólico, nos dice que no podemos gastar más de lo que tenemos. Dice que los recursos públicos hay que gastarlos bien, porque cada peso que gasta el Estado es un peso que no recibe una persona que lo necesita mucho.

Son los Presidentes que se ponen objetivos medibles, cuantificables, y por eso nos parecen insensibles; más de alguien les dice que gobernar no es coleccionar estadísticas, que las cosas importantes no se registran en una calculadora.

¿Podemos vivir mejor? Claro, pero nos recuerdan que para eso hay que trabajar, ahorrar, ser más eficientes. Es gente majadera que no puede evitar recordarnos que hay que hacer los deberes primero, para ejercer después los derechos.

Son los presidentes que la mayoría no quiere tener. Salvo en los países desarrollados, ahí los suelen preferir, no siempre tampoco, pero tienen más opciones que por acá.

En el caso de los estudiantes bastan unos pocos años para distinguir los profesores buenos de los malos; con los gobernantes, desgraciadamente, las experiencias se registran por generaciones y sólo en la perspectiva de algunas décadas se aprecia la diferencia entre unos y otros.

En fin, la experiencia reciente debería ser suficiente para comprender que con Presidentes “buenos” no vamos a llegar a ninguna parte. Sería hora de preferir simplemente buenos Presidentes, aunque no sean tan sensibles y se preocupen de los números, porque igual que con los buenos profesores, a la larga es lo que se agradece.

 

Gonzalo Cordero, Foro Líbero.

 

 

 

FOTO : PABLO OVALLE ISASMENDI/ AGENCIAUNO

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