Un proyecto político de centroderecha consecuente debe asumir como propia una agenda contra la corrupción que sea seria y efectiva, que saque a la política del escarnio público y la sitúe verdaderamente al servicio de la ciudadanía y de los más desprotegidos.
Publicado el 13.03.2017
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De un tiempo a esta fecha, hemos sido testigos del surgimiento de nuevas fuerzas políticas que exigen más y mejor democracia, reclamando la apertura de nuevos espacios de diálogo y participación. Ese interés, por cierto, es positivo y responde a una característica humana decisiva para el desarrollo de cada persona: la sociabilidad y el interés por los asuntos comunes. Sin embargo, la agresividad en el lenguaje y la manera de aproximarse están, precisamente, lejos del diálogo y del consenso. Los ánimos refundacionales colman el discurso y encienden las alarmas de quienes velan por un equilibrio en el sistema político. Este clima de polarización es un problema social que reclama ser enfrentado con fuerza y decisión. Así, la centroderecha deberá encontrar allí una oportunidad para comprometerse con tres conceptos elementales: probidad, confianza y solidaridad.

Un proyecto político de centroderecha consecuente debe asumir como propia una agenda contra la corrupción que sea seria y efectiva, que saque a la política del escarnio público y la sitúe verdaderamente al servicio de la ciudadanía y de los más desprotegidos. Se requiere mayor probidad en el ejercicio de los cargos públicos -ya sea de la Alta Dirección Pública o no-, que evite las sospechas, que cree un clima de colaboración y no de corrupción, y que abra espacios a nuevos actores sociales en las definiciones de nuestros destinos comunes.

Urge evitar la incertidumbre en nuestras relaciones y en la posibilidad de desplegar nuestras energías y creatividad en un clima de confianza. Para ello, es necesario que la competencia se dé en un ambiente de reglas claras, en donde la igualdad ante la ley no sea un mero formalismo, sino la base de una igualdad real. Necesitamos confianza en el libre surgimiento de nuestra fuerza emprendedora, sin demonizar el lucro y el legítimo interés por la ganancia económica en un contexto de justicia social.

Por último, la solidaridad debe transformarse en el elemento central del discurso político. Bajo la idea de que todos somos responsables de todos, ella nos propone situar el motor del progreso en la sociedad civil, con un Estado presente, pero sin protagonismo. Junto a ello, la solidaridad nos permitirá hacer frente a un individualismo con el que ha triunfado el “yo” y ha situado al “nosotros” en una profunda crisis. La solidaridad permitirá elevar a la libertad hacia el bien común, incluyendo en nuestras decisiones criterios sociales que complementan al bien propio.

Este desafío es profundo. Requiere fuerza para enfrentar a un Gobierno en el que ha aumentado la incertidumbre y en el que se ha generado un clima de desconfianza en la política que pone en jaque nuestras propias instituciones. Hemos olvidado que la política no es de los políticos, sino de todos.

Chile sigue esperando el desarrollo y no ha logrado abrir su puerta. En 2017 nos plantea un punto de inflexión interesante y decidor, en el que esperamos que este Gobierno sea solo un paréntesis en el camino por la construcción de un Chile que esté a la altura de sus desafíos.

 

Pablo Valderrama, director de Formación de IdeaPaís

 

 

FOTO: FRANCISCO LONGA/AGENCIAUNO