Velasco y Allende harían bien en imitar un progresismo a la postre inclusivo, alejado de definiciones y prácticas desechables.
Publicado el 21.11.2014
Comparte:

Parece evidente en Chile la consolidación de un proceso de modernización reflexiva (Beck et al., 1997), donde las personas minan sus patrones de pertenencia tradicionales y, a medida que mejora el acceso a la educación e información, aumentan sus demandas de movilidad social, progreso laboral e igualdad de derechos.

El chileno se convierte en centro de los cambios. Las relaciones sociales y políticas se sustentan sobre términos de intercambio individualistas, mercantiles, y ya no colectivos e ideológicos. Se produce una progresiva volatilidad del electorado, como resultado de un proceso de desideologización y erosión de la credibilidad de valores e instituciones hasta hace poco incuestionables. En síntesis, disminuyen los “mercados cautivos” de votantes, y los líderes y partidos tradicionales deben buscar nuevas herramientas para calzar la percepción pública con atributos e intereses propios y contemporáneos.

Se instala la llamada “campaña permanente”, la dependencia de los sondeos para reducir niveles de incertidumbre en torno al comportamiento electoral y apoyo ciudadano, y la cooptación del proceso político por una cultura de las relaciones públicas (PR) o una “PRización” de la política mal entendida.

Consultores políticos y “lobbistas” como Enrique Correa se convierten en actores clave a la hora de inventar y “vender” a la política y los políticos-clientes como productos de consumo apetecibles (en el corto plazo), pero a la postre desechables. Para ello recurren a una serie de herramientas y acciones como conferencias de prensa, cuñas polémicas, publicidad masiva, sondeos “fantasma”, eventos telegénicos y un creciente lobby carente de cualquier sutileza.

El fin último de este “PR” es el engaño, la obstrucción y predominio de un proceso político sumido en el oscurantismo, lejano a la concepción de líderes y partidos-marca construidos sobre una reputación sólida. Los ejecutores de este particular “PR” olvidan que los nuevos votantes son públicos objetivos segmentados, pragmáticos, consumistas y en ocasiones amigos del ofertón conveniente; pero también críticos, demandantes, y deben ser convencidos y fidelizados con un sentido de largo plazo. Olvidan a su vez que la reputación, como finalidad última de una comunicación estratégica, es una representación mental duradera que tienen estos nuevos ciudadanos respecto de las acciones pasadas y futuras esperadas de una organización o un personaje político, y que tiene como prerequisitos la legitimidad y la transparencia. Ambos atributos se van constuyendo en el tiempo a partir de un foco discursivo claro, atingente, clarificador y de futuro. En definitiva, de una consistencia sólida entre lo que se proclama y lo que se hace, y de una política que en lo posible tenga la verdad como valor fundamental de su gestión y posicionamiento. Todo lo contrario a la comunicación conducida actualmente por algunos presidenciables del denominado “progresismo”, como Andrés Velasco e Isabel Allende.

Velasco, por una parte se ha instalado como un producto construido sobre el slogan artificioso y endeble de las “buenas prácticas”. Un producto inicialmente creíble, con fundamentos fuertes avalados en una historia y experiencia exitosas, que hoy no es otra cosa más que un lácteo que pasó del blanco al amarillo rancio, con mal olor, que una vez abierto es incapaz de cumplir con atributos y calidad prometidos. Más aún, un producto que trata infructuosamente de reinventarse bajo un nuevo etiquetado, en supermercados de nicho ABC1 y centro derecha, pero que sólo profundiza una identidad oportunista, desechable, alejada de su público objetivo originario de centro izquierda.

El caso de Isabel Allende es similar. Su autoproclamada candidatura a la presidencia del PS y del país, labrada estratégicamente por Correa, es el fiel reflejo de un producto donde la ambición y efectismo superan a los principios y definiciones de fondo y a las necesidades de sobrevivencia y éxito de su propia coalición. Mientras las reformas de Bachelet naufragan, la autoproclamada “facilitadora” del programa oficialista en el Senado opta por candidatearse, encabezar su gran reforma “dialogante” enfocada en el destierro definitivo del escalonismo, y (tal como señalaba Nicanor Parra al referirse a Allende padre) probarse “chaquetitas/¿chaquetitas? ¡Toca! Son de gamuza legítima”. Desde la frivolidad de su discurso y apuesta de relaciones públicas despreocupada de una agenda país, Allende no sólo contribuye a sepultar por anticipado el liderazgo de Bachelet. Se suma además a una camada de líderes de la Nueva Mayoría como Andrade, Quintana o Teillier, empecinados en cultivar una política telegénica y desechable, antes que una estratégica, solidaria y alineada con las expectativas de sus representados.

Un posicionamiento distinto es el que ofrece el progresismo de Marco Enríquez-Ominami, que hoy encabeza las preferencias ciudadanas. A pesar de un discolismo e infantilismo revolucionario inicial con fecha de vencimiento, hoy despliega una maquinaria de relaciones públicas al servicio de ciertos enunciados reformistas ventilados desde 2009, y que en estos días buscan ser concretados por la propia alianza política que lo excluyó. No sólo llama a apoyar el grueso de la agenda legislativa de la Presidenta en el período menos popular del oficialismo. También, y lejano a todo populismo de retroexcavadora, invita a incorporar y respetar a las voces más críticas del sacrosanto programa gubernamental. En definitiva, no sólo favorece los principios rectores reformistas, también el valor de la estabilidad al señalar que la legitimidad en el tiempo de las reformas en debate depende de la capacidad de generar consensos amplios.

Mismo progresismo desplegado de forma coherente por líderes de la Nueva Mayoría no presidenciables (por ahora) como Carlos Montes o Ignacio Walker. Todos ellos, a pesar de sus matices doctrinarios, hoy parecen acercarse a una definición estratégica de comunicación política cercana a los enunciados de Ketan Patel (fundador y líder del Grupo Estratégico en Goldman Sachs). Es decir, productos-líderes políticos que se definen y difunden en sintonía con un país más informado, menos susceptible al engaño, amigo de la consecuencia, reacio a caricaturas ideológicas y ansioso de superar desigualdades desde el encuentro, no la atomización. Donde, si bien se entiende que la ambición provee el contexto para acceder a los altos mandos, ésta no puede prevalecer por sobre ciertos propósitos y principios éticos que a la larga sostienen una anhelada fuente de poder. Un progresismo a la postre inclusivo, alejado de definiciones y prácticas desechables. Un progresismo que Velasco y Allende harían bien en imitar.

 

Juan Cristóbal Portales, Investigador Escuela de Periodismo Universidad Mayor, Doctor en Comunicación Política Estratégica.

 

 

FOTO: FRANCISCO SAAVEDRA/AGENCIAUNO