Es seguro que la marea está cambiando. Es demasiado visible con Trump y los nacionalistas Viktor Orbán y Jaroslaw Kaczynski en Hungría y Polonia; con las imágenes de Aleppo y el Brexit; con el capitalismo autoritario (cada uno a su manera) de China y Ecuador; con los muros imaginarios que algunos comienzan a construir después de derribado el de Berlín; con el PSOE, el Podemos y el PP en una España invertebrada; con la socialdemocracia europea en retirada y el populismo que viene; con los líderes instantáneos que pueblan la escena apenas terminan de ser fabricados por los medios.
Publicado el 12.10.2016
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Si se observa cierta orfandad política del gobierno, y una continua tensión dentro de la Nueva Mayoría de cara a la próxima elección presidencial, la razón -hay que volver a repetirlo- tiene menos que ver con desconfianza en las autoridades políticas y la clase dirigencial que con la crisis de ideologías que experimentan las sociedades democráticas contemporáneas. De allí también la ausencia de argumentos, explicaciones, discursos y relatos que caracteriza al momento actual de nuestra competición política.

Los más convencionales, pragmáticos y desaprensivos entre los líderes políticos de la plaza -del oficialismo y de la oposición- alegan que este momento es uno de votos y no de ideas; de responder a las necesidades y urgencias de la gente y no de proyectos y de futuro; de preocuparse por aquello que semanalmente muestran las encuestas y no por el intercambio de ideas en la esfera pública; de identificar candidatos presidenciales y no encrucijadas de país. Más a la izquierda de la izquierda reina similar confusión: progresismo sin alma, revolucionarios sin teoría, anti-sistémicos sin alternativas, utópicos sin ilustración, autónomos presos de sus propias negaciones.

Al lado opuesto del espectro, figuras supuestamente de oposición apenas ofrecen un contraste de colores grises en medio de la generalizada falta de ideas e ideales. ¿Qué dicen, qué ofrecen? Un poco más o menos de los mismos productos que circulan por la vereda del frente. Estos son asuntos, suelen decir equivocadamente, de matices y de énfasis, ¡nada más! Así pues: un poco más mercado y un poco menos Estado. Más tonos de libertad y seguridad que de igualdad e integración. Naturaleza humana y valores morales a un lado; razón crítica y pluralismo ético al otro.

¿Resultado?

Una escena política con protagonistas que semejan fantasmas de sí mismos, recitando estrofas desgastadas de un poema mil veces repetido; personajes sin ánimo ni tensión; luces y sombras que ya no causan efecto ninguno; voces que parecen alejarse o hablar un idioma desconocido; muchedumbres esperando a Godot.

Dícese con insistencia: en esto consiste precisamente la postpolítica, la muerte de las ideologías, la superación de los “grandes relatos”, la victoria del capitalismo democrático, el fin de la historia. Se habrían apagado los fuegos de la pasión política, los dioses con sus nuevos cielos, las búsquedas de trascendencia y la rebeldía frente a los males de la historia.

Todos seríamos “post” algo: posmodernos, poscomunistas, posliberales. O bien extrañas mezclas de elementos tales como: socialistas liberales, izquierda anticomunista, democristianos secularizados, agnósticos intolerantes. De allí vendría aparentemente la incomodidad con las ideas, con la propia historia, con las identidades fijas y con las apelaciones a alguna solidaridad moral en términos de Durkheim. Esto es, a una conciencia colectiva asentada en tradiciones y costumbres comunes, en códigos de comportamiento compartidos, en ideas e interpretaciones continuamente renovadas con los ritos del grupo.

Esto explicaría, asimismo, que las iglesias se vacíen de fieles, los partidos se tornen líquidos y permeables, que las ideas fluyan de un lado al otro del espectro político, que la clase obrera (la de Engels y Marx, en ese orden) parezca haber desaparecido y, en su reemplazo, emerjan ahora grupos weberianos de status y estamentos, heterogéneas clases medias, colectivos políticos que duran lo que un discurso en las asambleas estudiantiles, sectas de todo orden, situaciones de mercado, organismos no-gubernamentales, asociaciones civiles, movimientos sociales, stakeholders, actores de género, opiniones públicas compuestas ya nada más que por individuos privados que se expresan a través de encuestas o se manifiestan no-discursivamente en las redes sociales.

En todo esto que se dice (y yo mismo he dicho) hay, sin duda, expresiones de época. Pero, más al fondo, hay esa crisis de las ideologías que menciono al comienzo.

¿Acaso con el arribo del nuevo milenio y el desahucio del comunismo petrificado de la URSS y de la parte del mundo que soñaba con su propio homo sovieticus (aquel de Svetlana Aleksiévich), no ha quedado al descubierto la cada vez más abierta contradicción entre democracia y capitalismo? ¿Acaso la globalización no ha revelado dramáticamente la falta de un orden mundial y puesto en la agenda el desgobierno de los asuntos humanos, a los Estados fallidos o mafiosos, a los pueblos obligados padecer y emigrar y elevado a la categoría de peligro inminente la destrucción de la naturaleza que sostiene nuestra humanidad? ¿No son evidentes ahora los malestares del mercado, la brecha de riqueza y pobreza, el avance de las máquinas y la automatización que amenazan masivamente el trabajo humano? ¿No es patente el desasosiego provocado por el desencantamiento del mundo y la racionalización científico-técnica de nuestros deseos y temores? ¿Es posible evitar la trizadura entre civilizaciones ahora que proclamamos nuestra adhesión al multiculturalismo y nos aferramos a la memoria de nuestros muertos?

Me dirán ustedes, con algo de razón: estas interrogantes no son apropiadas para columnas de opinión. Sobre ellas es mejor callar o dejar que hablen los académicos en sus torres de marfil.

Por el contrario, un columnista debe opinar sobre la marcha de los acontecimientos, salir a la calle, fundirse con los ruidos de la ciudad, cultivar el arte de la interpretación efímera, tomar la temperatura a los mercados, ilustrar sobre el estado de la opinión pública encuestada, organizar focus groups con los amigo y surfear sobre las olas que recorren nuestra sociedad líquida, contribuyendo así al coro de una obra donde simulamos participar. Tienen algo, pero no toda la razón.

Pues es seguro que la marea está cambiando. Es demasiado visible con Trump y los nacionalistas Viktor Orbán y Jaroslaw Kaczynski en Hungría y Polonia; con las imágenes de Aleppo y el Brexit; con el capitalismo autoritario (cada uno a su manera) de China y Ecuador; con los muros imaginarios que algunos comienzan a construir después de derribado el de Berlín; con el PSOE, el Podemos y el PP en una España invertebrada; con la socialdemocracia europea en retirada y el populismo que viene; con los líderes instantáneos que pueblan la escena apenas terminan de ser fabricados por los medios.

Justamente por todo esto es necesario que la reflexión y sus objetos comiencen también a transformarse y nos hagamos las preguntas de fondo.

 

José Joaquín Brunner, Foro Líbero.

 

 

FOTO:FRANCISCO FLORES SEGUEL/AGENCIAUNO

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