Está comprobado que el impacto que genera un buen (o mal) profesor es mucho más determinante que el currículum, el presupuesto invertido, la estructura del sistema o su fiscalización.
Publicado el 14.10.2016
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John Keating, de “La Sociedad de los Poetas Muertos”, es el pedagogo soñado. El que todos quisiéramos haber tenido en el colegio. La encarnación de la verdadera manera de instruir y de potenciar el conocimiento. Prototipo de lo que sucede cuando un profesor cuestiona y desafía los socavones en el sistema. Un maestro a la hora de humanizar la educación.

En el minuto que pisa su sala de clases el compromiso que adquiere con sus alumnos es enorme, porque está consciente de la titánica labor que recae sobre sus hombros: despertar la conciencia individual en cada uno de ellos, hacerlos creer en sí mismos, desarrollar sus talentos y prepararlos para que sean un real aporte para la sociedad.

Recurro a la genial figura de Keating para reflejar por qué el trabajo que realiza un profesor de excelencia podría considerarse más importante que la de un primer ministro, un médico, un ingeniero, un abogado o un político en general. Cuyas improntas sin duda de que afectan la vida de las personas, pero nunca de la manera como lo consigue un buen profesor; quien goza de un inmenso poder a la hora de inducir el pensamiento y de transmitir que el verdadero conocimiento humano es aquel que permite trascender, de manera profunda, hacia la vida de los demás.

Existen muchos Keatings en el mundo. Muchos testimonios heroicos de profesores que trabajan silenciosamente en medio de situaciones precarias. En lugares apartados, con niños vulnerables, niños maltratados, con padres ausentes e, incluso, en situaciones tan adversas como las que provocan la persecución, la guerra o la pobreza. Cisjordania combina casi todas las características anteriores. Sin embargo, ahí existe un grupo de niños que hoy pueden afirmar orgullosos que su profesora, Hanan Al Hroub, es “la mejor del mundo”, tras ser la ganadora del Global Teacher Prize 2016, considerado el Nobel de la Enseñanza.

El personaje ficticio de Keating y la real Al Hroub son caras de una misma moneda. Ambos confieren que enseñar es un proceso de aprendizaje en sí mismo. En donde el educador no se siente el protagonista, y porque logra retroalimentar a sus estudiantes con muestras de sinceridad, confianza, respeto y cariño.

Las 10 naciones que ostentan los sistemas de educación más competitivos del planeta invierten mucho tiempo y dedicación para atraer a los mejores talentos y transformarlos en verdaderos maestros. El proceso es liderado por políticas de Estado (que no se alteran según el color político del gobierno), logrando la inexorable continuidad que se requiere para obtener cambios positivos en educación.

Lo que para algunos es un asunto demasiado largo, lento y caro, para países como Corea del Sur, Polonia o Gran Bretaña las ventajas de integrar reformas de largo plazo, que se adscriben a parámetros de alta exigencia para la formación de sus profesores, es algo que valoran enormemente y que están dispuestos a asumir como sociedad. Es por eso que ser educador en otros lugares como Finlandia, Australia, Singapur o Canadá es considerado un honor, ya que fueron muchas las etapas y las pruebas que debieron sortear antes de siquiera entrar a un colegio para enseñar.

Las comparaciones son odiosas y en términos relativos nosotros estamos a años luz, pero los noruegos, los japoneses o los irlandeses, quienes se adhieren a la lista de los mejores, no son súper hombres ni mujeres que se alejen demasiado de las características humanas y el potencial que poseen muchos de nuestros profesores. Lo que los diferencia es, en gran parte, el constante apoyo de sus pares, quienes desean trabajar en equipo, y que no se sienten amenazados cuando ingresa un nuevo integrante a la comunidad escolar. A esto se suman el nivel de compromiso social (transversal) que perciben hacia su labor y una multiplicidad de incentivos que provienen del Estado, universidades e instituciones académicas de sus países que les permite ascender profesionalmente e ir asumiendo cargos cada vez más desafiantes e interesantes dentro del escalafón educacional.

Todo esto los motiva a querer ser mejores profesionales porque, a nivel global, se entiende que una parte sustantiva de la prosperidad de una nación es gracias al esfuerzo de sus profesores. Este es un mensaje constante que no pasa inadvertido y que se enaltece a través de iniciativas que sitúan al educador en una posición de privilegio.

En el proceso de aprendizaje, está comprobado que el impacto que genera un buen (o mal) profesor es mucho más determinante que el currículum, el presupuesto invertido, la estructura del sistema o su fiscalización.

Es que, al final del día, un niño querrá ser exigido por alguien creativo que le irradie pasión por lo que hace, que le ceda libertad para pensar, que le transmita esperanza y seguridad frente a los errores y, por último, lo más sustantivo: que le conceda una relación de lealtad.

Un profesor de esta naturaleza convierte a la educación en algo relevante que engendra emoción y le hace sentido a los estudiantes pero, sobre todo, que la transformará en una experiencia vital que resultará memorable y muy significativa, tal como ocurrió con los alumnos del profesor Keating o como está sucediendo hoy en Palestina. Dos magníficas muestras que ejemplifican cómo un maestro alcanza su valor cuando está más enfocado en dar que en recibir.

 

Paula Schmidt, Periodista e Historiadora Fundación Voces Católicas.

 

 

 

FOTO:RAFA MARTINEZ/AGENCIAUNO