Imposibilitar a las unidades académicas que se conformen alrededor de algún ideario en específico, y más aún cuando aquel es granítico, es un claro atentado a la libertad de enseñanza. No respetar aquello, además, hace muy complejo concretar una real comunidad escolar donde exista sintonía entre las familias y las escuelas.
Publicado el 22.01.2017
Comparte:

Con gran expectativa se ha tratado el anuncio de los senadores Walker, Rossi y Allamand de entregarles mayores posibilidades a los colegios emblemáticos para seleccionar a sus alumnos, respecto a las que actualmente contempla la ley de Inclusión. Dicho cuerpo legal les permite seleccionar a un 30% de sus alumnos a partir de 7° año básico. Recordemos que, además, la Ley General de Educación, en su artículo 12, prohíbe la selección académica desde Pre Kínder hasta 6° Básico.

La obsesión por permitir la selección en este tipo de unidades académicas ha sido algo constante. En algún momento el ministro de Educación Nicolás Eyzaguirre indicó que el Gobierno se abría a discutir respecto al rol que tienen los liceos emblemáticos dentro de nuestro sistema escolar, lo cual significa, entre otros, dialogar respecto a la posibilidad de la selección. Testimonio de aquello fue que el proyecto de ley que crea el Sistema de Educación Pública, el cual le permite a este tipo de colegios seleccionar hasta un 50% de sus alumnos bajo determinados criterios.

¿Por qué solo los emblemáticos? ¿Por qué un funcionario del Ministerio de Educación, en atención a una ley aprobada por un grupo de personas que accidentalmente ocupan una posición de poder, debe determinar qué proyecto educativo es de excelencia o no, o qué proyecto educativo necesariamente requiere una especialización temprana? Y además evaluar los antecedentes para acreditar lo anterior, siendo uno de los elementos a considerar según la ley tan ambiguo como contar con una demanda considerablemente mayor que sus vacantes. Así, por ejemplo, al Instituto Nacional el año pasado postularon para ingresar a 7° básico un poco más de 1.000 alumnos, siendo las vacantes 600. Dos décadas atrás, quien escribe esta columna fue uno de los 5.000 postulantes para la misma cantidad de vacantes. ¿Para el funcionario de turno del Ministerio de Educación la demanda que tuvo el Instituto Nacional el año pasado es o no considerable respecto de sus vacantes?

Claramente, existe una arbitrariedad en la ley al permitir que únicamente determinados proyectos educativos puedan seleccionar a sus alumnos. Una escuela que quiera fomentar habilidades deportivas debe contar con alumnos que, por lo menos, se encuentren interesados en aquello; lo mismo ocurre con las unidades académicas que deseen potenciar las habilidades de sus alumnos en idiomas, artes, culturas extranjeras, idearios religiosos o el proyecto educativo institucional que establezcan, lo cual es lo distintivo de cada comunidad educativa.

No hay dudas de que se debe evitar cualquier tipo de discriminación arbitraria, pero eso es algo muy específico. Otra situación muy distinta es evitar toda opción de que una escuela le entregue prioridad a las familias en atención a si se apegan o no al proyecto educativo que se les ofrece. Imposibilitar a las unidades académicas que se conformen alrededor de algún ideario en específico, y más aún cuando aquel es granítico, es un claro atentado a la libertad de enseñanza. No respetar aquello, además, hace muy complejo concretar una real comunidad escolar donde exista sintonía entre las familias y las escuelas.

Ahora, más allá de la tradición de los colegios emblemáticos y de las claras evidencias que han entregado los Liceos Bicentenario, al momento de argumentar a favor o en contra de la selección debemos preguntarnos por el impacto que tiene en el sistema escolar. ¿Aumentará acaso la calidad del resto de los colegios si le prohibimos seleccionar sus alumnos al Instituto Nacional?

Si bien, principalmente en el extranjero, son profusas las investigaciones respecto al impacto de la selección en los sistemas escolares, no son concluyentes. No existe evidencia teórica ni empírica respecto de si es conveniente para el conjunto de un sistema escolar que un docente cuente con educandos homogéneos o no.  De igual manera, no hay antecedentes definitorios de que un sistema escolar mejorará o empeorará su calidad en atención a si aplica o no la selección. Ni siquiera hay evidencias satisfactorias que apoyen los beneficios del efecto par al interior de las salas de clases. Tampoco se sabe si alumnos aventajados en sus conocimientos se verán beneficiados o perjudicados al compartir su aula con alumnos con menores conocimientos o habilidades. Por ejemplo, al respecto, José Joaquín Brunner en el libro “La reforma al sistema escolar: aportes para el debate”, señala que de hecho, en Chile, a pesar de la homogeneidad segmentada de su sistema escolar, prevalece una alta variación de resultados dentro de las escuelas.

En otro aspecto de la discusión, debemos consultarnos si se incrementarán las oportunidades para nuestros jóvenes si prescindimos de la selección en nuestras escuelas. Como sabemos, en nuestro país hay cupos escolares de calidad muy escasos, por lo tanto muy valiosos. Si nuestro sistema escolar fuera homogéneo en la  calidad de la educación que entrega, el tema de la selección no se presentaría con la fuerza con lo cual lo hace hoy en día. Dado lo anterior, lo que actualmente se discute es la forma en cómo se deben distribuir las oportunidades de éxito, asunto sumamente triste. Y esta definición debe quedar, al igual que muchas otras, en las mismas comunidades escolares. Por lo tanto, deben ser ellas las que determinen si la selección por motivos académicos —es decir, premiar a quienes se han esforzado por ser los mejores— corresponde o no.

Si el Gobierno y nuestros legisladores van a intervenir en el debate educacional, que lo hagan fomentando políticas probadas y que efectivamente aporten a mejorar la calidad de los sistemas escolares, para que nuestros niños y niñas tengan opciones de desplegar todas sus capacidades, potenciándolas al máximo con posibilidades de éxito para todos, permitiendo que cada uno de ellos haga de su vida lo que desee.

 

Iván M. Garay Pagliai, director ejecutivo de Cheque Escolar

 

 

FOTO: SEBASTIAN BELTRAN GAETE / AGENCIAUNO