Tal vez ya no nos interesa ser representados. No veríamos en el actuar colectivo un lugar de realización humana, no habría en la esfera pública un horizonte de sentido de la propia existencia. Quizás es en nuestro entorno más cercano donde está esa fuente, pero no más lejos que eso. Habría una especie de fragmentación social: mucho interés por el bienestar propio y de nuestros cercanos, pero poco por el sentir colectivo o nacional.
Publicado el 12.12.2017
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¿Es pura desafección hacia la política? ¿Desconfianza hacia la charlatanería? ¿O una reacción contra los políticos “desconectados de la ciudadanía” o “cooptados por el capital” (las empresas), como sostiene Oscar Landerretche en Chamullo, su reciente libro? ¿Perdió legitimidad la transición? ¿Es sólo un tema de renovación generacional? ¿O también de ideas? ¿O formas? ¿O una combinación de todas ellas?

Todas estas hipótesis son muy posibles y seguramente bastante ciertas. Las manchas de corrupción afectaron las reelecciones de varios parlamentarios y el Frente Amplio parece estar rentando de la novedad de sus caras. Pero puede haber algo más que nos obliga a hacer una reflexión anterior, a volver a las bases, a la idea que sostiene cómo entendemos la actividad política: la representación.

Eric Voegelin distinguió dos niveles en la idea de representación política. La “elemental”, por un lado, y la “existencial”, por otro. La primera consiste en la mera descripción de los rasgos más bien externos. Es decir, cuando hay votos, elecciones, y asambleas legislativas, decimos que se trata de una instancia representativa. La segunda tiene un sentido más profundo: apunta a un actuar como conjunto. Hay un representante cuando nos movemos no como la simple agregación de ciudadanos, sino como una realidad diferente: un pueblo o una comunidad política. Esto exige una suerte de articulación entre sus distintos miembros, una especie de aglutinación de un sentir común. Ahí está la clave del sentido profundo de la idea de representación.

Ahora bien, usando estas categorías, aparecen al menos dos alternativas que podrían servir para desentrañar por qué un 54% del padrón no vota. Uno podría pensar, primero, que en realidad son otros los que están ejerciendo la función articuladora, aunque sea en forma imparcial (¿la calle? ¿el lobby? ¿los grupos de presión? ¿las empresas? ¿los jueces? ¿los “intelectuales”?). Ya no serían “los políticos”, en el sentido más tradicional del término, quienes estén cumpliendo la tarea política más fundamental: mediar, guiar y liderar la acción colectiva. Habría aquí una pérdida de poder, aunque no explícita –nuestro diseño institucional sigue igual–, bastante significativa.

Una segunda alternativa es que ya no nos interesa ser representados. No veríamos en el actuar colectivo un lugar de realización humana, no habría en la esfera pública un horizonte de sentido de la propia existencia. Quizás es en nuestro entorno más cercano donde está esa fuente, pero no más lejos que eso. Habría una especie de fragmentación social: mucho interés por el bienestar propio y de nuestros cercanos, pero poco por el sentir colectivo o nacional. Con todo, aquí no resulta suficiente echar mano al fácil y siempre conveniente recurso del individualismo. Sin duda podría haber algo de eso, pero como demuestra un reciente estudio sobre las organizaciones de la sociedad civil, la asociatividad se ha fortalecido en Chile. Como sea, parece existir una barrera importante entre la política y las comunidades locales.

Si cualquiera de las dos hipótesis es plausible –o una mezcla de ambas: no son excluyentes– “salir a buscar los votos” puede ser bastante más complejo que ir a hacer puerta a puerta o enviar mensajes spam a grupos masivos de whatsapp (incluyendo los ridículos videos calculadores de votos). Estaríamos, entonces, ante un problema profundo de representación. Y aquí surgen nuevas preguntas: si le hemos perdido sentido al actuar colectivo, a la articulación común, ¿se ha vuelto nuestra comunidad un puro nombre? ¿Por qué? O si nuestras estructuras de representación estuvieran desalineadas, ¿implica eso el desplome de la deliberación colectiva en el sentido en que la hemos entendido hasta ahora? ¿Qué significa exactamente legislar?

Si algo positivo ha tenido el voto voluntario es que ha develado una realidad que se estaba incubando hace años. El sabor amargo que ha dejado esta lamentable carrera presidencial es un tiempo propicio para volver la mirada a los fundamentos y buscar ahí las respuestas a estas preguntas.

 

Fernando Contreras, investigador Instituto de Estudios de la Sociedad

 

 

FOTO: SEBASTIAN BROGCA/AGENCIAUNO