Chile vive hoy un momento de fuerte incertidumbre. La economía está estancada, el ánimo de los chilenos está por los suelos (un 65% cree que vamos por mal camino), y el ministro de Hacienda está haciendo lo imposible por controlar el gasto fiscal. Además, la Presidenta no da muestras de tener el liderazgo político para reencontrar el rumbo.
Publicado el 27.02.2016
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En junio de 2011, habiéndose cumplido poco más de un año del gobierno del Presidente Sebastián Piñera, el país estaba altamente convulsionado. A esa fecha, se habían registrado 117 marchas en las calles de Santiago por diversas causas, siendo las más importantes las convocadas por estudiantes. La Intendencia Metropolitana llegó a registrar 6.240 manifestaciones masivas en 2011, con una asistencia estimada de más de 2 millones de personas.

En parte, las marchas del 2011 se daban dentro de un contexto global. En mayo del mismo año surgía en España el movimiento 15-M o “movimiento de los indignados” que también convocaba a multitudes en España y otros países de Europa. También ese año, luego de la inmolación de Mohamed Bouazizi, comienza en Túnez lo que después se conoció como “la primavera árabe”, un movimiento por el fin de los autoritarismos en el medio oriente.

Las redes sociales y la globalización permitían que los costos de coordinarse se redujeran al mínimo y las consecuencias de la crisis financiera de 2008 dieron lugar a un impulso movilizador de sectores insatisfechos de la sociedad.

Muchos de los movimientos alrededor del mundo siguieron activos, ya sea a través de Podemos en España o desembocando en conflictos internos como en medio oriente. En Chile, en cambio, las demandas de los movimientos estudiantiles, ambientales y anti-establishment se acallaron.

Pese a que las demandas que los estudiantes enarbolaban en su momento siguen vigentes, no vemos hoy manifestaciones masivas ni exigentes demandas al gobierno. Así los líderes estudiantiles que exigían un acceso más equitativo y heterogéneo a la educación superior, principalmente rechazando la PSU como mecanismo de selección universitaria, hoy no dicen nada sobre una promesa de gratuidad que no se cumplirá y una PSU que sigue aplicándose año a año. Pedían aumentar el financiamiento público a la educación superior como porcentaje del PIB, pero no se escandalizan porque gran parte de la reforma tributaria que contribuiría a ese fin se haya gastado en otras iniciativas.

Lo mismo pasa con las demandas medioambientales que ayer convocaban a los jóvenes a marchar. Los que marchaban contra Barrancones, Castilla e Hidroaysen, hoy no marchan contra los 1.364 MW de centrales térmicas que se encuentran en construcción, ni contra la Central Nueva Era que levantará  ENAP en una zona saturada contra la opinión de la comunidad de Con-Con.

Increíblemente, hoy podrían haber mayores razones para encausar las demandas a las calles: El programa de gobierno de Michelle Bachelet y el espíritu refundacional que la rodeaba en marzo de 2014, generó expectativas en los “indignados” que todo cambiaría y que se “echarían abajo los fundamentos del modelo neoliberal”. Nada de eso ha pasado.

Las reformas impulsadas por el Gobierno no han dejado a nadie satisfecho, ya sea porque han sido mal pensadas, mal implementadas o por ser consideradas insuficientes. La reforma laboral es rechazada por los dirigentes sindicales, incluso, hay voces que dicen que empeora la situación de los trabajadores. La reforma educacional no ha generado cambio alguno en la calidad de la educación (nunca lo pretendió) pero tampoco ha tenido efecto en un acceso más igualitario a ella. Finalmente, la Nueva Constitución seguirá siendo nada más que una promesa. Ya la Presidenta asumió que no tiene ni el respaldo ni la capacidad política para llevar adelante tal tarea.

Adicionalmente, Chile vive hoy un momento de fuerte incertidumbre. La economía está estancada, el ánimo de los chilenos está por los suelos (un 65% cree que vamos por mal camino), y el ministro de Hacienda está haciendo lo imposible por controlar el gasto fiscal. Además, la Presidenta no da muestras de tener el liderazgo político para reencontrar el rumbo.

¿Cuál es entonces la diferencia?

La primera es que el gobierno de aquella época era el primero de centroderecha en los últimos 40 años. Y como lo describiera Max Colodro en La Tercera, la derrotada Concertación en 2010 comenzaba “una operación suicida de convencer a la gente de que buena parte de los avances conseguidos por el país en sus 20 años de gobierno eran un espejismo”. Es decir, con tal de derrotar a la derecha que había ganado legítimamente en las urnas, estaban dispuestos a destruir lo que ellos mismos habían construido.

En segundo lugar, los principales articuladores de las manifestaciones están ahora en el gobierno. El Partido Comunista y los movimientos emergentes como Revolución Democrática, la Izquierda Autónoma o MarcaAC, cuyos dirigentes estudiantiles, sindicales y sociales, habían agitado las aguas de los movimientos sociales, asumían orgullosos en 2014 como diputados, asesores ministeriales, agregados laborales en el extranjero y directores de servicios públicos.

Finalmente, y creo que lo más importante, los chilenos de clase media, que ayer se mostraban insatisfechos, miran hoy con desconfianza las promesas refundacionales y los cambios radicales. Siguen exigiendo más modernidad, pero quieren que el camino a recorrer no signifique sacrificar lo que ya hemos avanzado.

 

Juan Francisco Galli, Fundación Avanza Chile.

 

 

FOTO:PABLO ROJAS MADARIAGA/AGENCIAUNO