Estamos a las puertas de una derrota de la izquierda gobernante que, de producirse, ratificará que el camino elegido por la Nueva Mayoría conducía a su propia anulación.
Publicado el 08.11.2017
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Es probable que el progresismo de centroizquierda —que tan descollante papel jugó en Chile durante las últimas tres décadas— sea derrotado en las próximas elecciones por las fuerzas agrupadas desde el centro hacia la derecha. El triunfo de éstas no servirá, sin embargo, para explicar la derrota de aquel.

 

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Entonces, ¿cómo tendríamos que entender la derrota del progresismo?

Ante todo, como el resultado de un daño voluntariamente auto-infligido. Efectivamente, el progresismo destruyó su propia identidad nacida en la lucha contra la dictadura y plasmada, después, como una amplia concertación de fuerzas durante la transición y consolidación de la democracia. No fue una agrupación de toda la izquierda, sino del sector hegemónico de ésta (PS-PPD) con la principal fuerza de centro, la DC, y con diversas expresiones liberales, socialdemócratas, laicas y cristianas.

Nació con una vocación de transición pacífica, con explícito rechazo al uso de las armas, búsqueda de consensos, un programa de crecimiento y equidad, y una impronta que combinaba pluralismo, gradualismo, anti-refundacionalismo y reformismo.

Además, esa Concertación de partidos por la democracia asumió de frente la recuperación de la memoria y el imperativo de verdad y justicia frente a la violación de los derechos humanos. Asimismo, impulsó las tareas de modernización del capitalismo, de regulación de los mercados, de apertura al comercio internacional y a las corrientes de la globalización, de fortalecimiento de una cultura liberal, junto con la creación de una versión latinoamericana de “tercera vía” socialdemócrata. Todo esto “en la media de los posible”, dentro de una ética de la responsabilidad, incluso frente a los propios ideales.

El país avanzó como nunca antes bajo los primeros cuatro gobiernos de la coalición de centroizquierda —con Aylwin, Frei, Lagos y Bachelet I—, desencadenando comprensivos procesos de transformación de la sociedad chilena que perduran hasta hoy, habiéndose prolongado, en lo grueso, también a lo largo de los gobiernos de Piñera y Bachelet II.

Hubo un fuerte desarrollo de las condiciones materiales de vida de las masas, una transformación de la cultura económica de la población, un cambio en la estructura social que dejó atrás la pobreza más abyecta y creó una sociedad de amplios y diversificados estratos medios.

Se modernizó la vida en general: aumentó significativamente el consumo de bienes y servicios, disminuyó la desigualdad y se redujo dramáticamente la pobreza, se elevó el nivel educacional de la población, hubo una revolución en los modos de comunicación y relacionamiento, se expandió el ámbito de las decisiones individuales, la esfera personal se liberalizó y continúa haciéndolo, la gestión estatal se tecnificó y, por doquier, se multiplicaron las expectativas de bienestar, seguridad, derechos y movilidad.

Todo lo anterior contribuyó a forjar una robusta identidad de centroizquierda que permitió a la Concertación generar para sí una identidad gobernante con perfil progresista, solidez técnica en el campo de las políticas públicas (a pesar del Transantiago), imagen constructiva y dialogante, orientación cosmopolita y arraigo local.

 

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Al mismo tiempo, esta exitosa empresa política —ya desde 1997, en pleno gobierno Frei— empezó a ser cuestionada desde dentro en sus fundamentos y resultados, convirtiéndose algunos de sus propios miembros en críticos principales de la coalición. Lentamente, los llamados autoflagelantes comenzaron así a carcomer la legitimidad de la centroizquierda, debilitando su apoyo en la sociedad y tensionando, al interior de la coalición, las relaciones entre centro e izquierda.

Los intentos por soldar las fracturas emergentes con gabinetes ciudadanos o reforzando el presidencialismo desordenaron aún más a la Concertación, justo en el momento —durante el primer gobierno Bachelet— cuando los cambios sociales introducidos empezaban a aumentar el peso de los grupos mesocráticos y de sus expectativas y demandas.

En vez de adaptarse a estas circunstancias y de responder a las nuevas orientaciones culturales de la sociedad, la Concertación, confundida y debilitada por sus propias querellas internas y con desmembramientos por su lado izquierdo, pierde la elección de 2010, resultando elegido Sebastián Piñera, candidato de la centroderecha.

Sin hacer una evaluación política seria de su desencuentro con la sociedad civil, que le significó perder el gobierno, la centroizquierda se volvió contra sí misma e inició el proceso de su autodestrucción.

Efectivamente, con posterioridad a su derrota electoral, aumentan en la Concertación las interrogantes respecto de su propia identidad, trayectoria y obra, al mismo tiempo que el poder dentro de la coalición se desplaza hacia las tendencias autoflagelantes y críticas de la transición, el gradualismo, los consensos y la orientación socialdemócrata de tipo tercera vía.

Va imponiéndose así una crítica demoledora de la Concertación que culmina con la desaparición (por abandono) de su propio nombre, para dar paso a una nueva coalición. Ésta, bajo la designación de Nueva Mayoría (NM), cuenta desde su origen con un predominio de las izquierdas a las que ahora se suma el PC, que actúa como una suerte de superego programático del conglomerado. A su turno, éste manifiesta abiertamente su disgusto (creciente) con el centro DC, al que percibe como un lastre conservador para el proyecto de la NM. Dirige sus críticas no ya hacia la derecha, debilitada tras años de gobierno, sino hacia la antigua (fenecida ya) Concertación, que ahora aparece representada —por sus propios padres e hijos— como una rémora del pasado.

¿De qué se la acusa?

De haber continuado con el modelo económico y las políticas macroeconómicas neoliberales de la dictadura, lo que habría profundizado las desigualdades y la concentración del ingreso. De haber mantenido por demasiado tiempo la institucionalidad y la Constitución Política generadas por la dictadura. De haber impulsado una modernización consumista, individualista, egoísta y competitiva que a la postre habría dado origen a una cultura capitalista de la desconfianza, la segmentación, las brechas y la frustración de expectativas.

En breve, se sostenía que la sociedad chilena se hallaba sumida en un explosivo estado de malestares: frente a los abusos, las concentraciones de poder, la insoportable pesadez de las elites, la performatividad de los desempeños, las exigencias estresantes, las condiciones patógenas de vida, el endeudamiento galopante y la tentación del crédito de consumo.

 

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La razón última de una probable derrota de la NM se halla en aquel diagnóstico completamente equivocado, fácil de impugnar como esencialmente mitológico (en el sentido de los ídolos de Bacon). Sin embargo, asumido por la centroizquierda flagelante como base de su nueva identidad, dicho diagnóstico sirvió para alimentar la ideología de la NM (su “otro modelo” de desarrollo), expresándose en un programa (intransable) y en una conducción política que aun hoy aspira a ser reconocida por su “legado” histórico, cuando está a punto, probablemente, de ser repudiada por una mayoría en las urnas.

Cada uno de aquellos elementos —errado diagnóstico de base, modelo refundacional, un exaltado programa y una equivocada conducción e inefectiva gestión, todo esto—, tan pronto comienzan a exhibir sus debilidades, favorece también una posible derrota. Y, tomados en su conjunto, podrían ayudar a explicarla.

Así, por ejemplo, el hecho de salir al encuentro del país con un diagnóstico errado llevó a que el gobierno y la NM impulsaran reformas que no se hacen cargo de las demandas y expectativas reales de la sociedad, especialmente sus sectores medios, defraudándolos y debilitando su apoyo.

Por su lado, la enredada gestión, la inestabilidad de los equipos, la baja capacidad de coordinación, orientación y comunicación de las políticas, convergen multiplicando los efectos negativos y generando la imagen de un gobierno desorientado e inefectivo.

A su turno, la temprana eclosión de lo que luego devendría en una ola de escándalos relativos al cortocircuito entre política y negocios, foro público y dinero, aspiraciones ideales y transacciones del poder, golpea al gobierno en su núcleo, hace saltar al equipo político inicial, daña el carisma presidencial y desata un proceso corrosivo que dura hasta hoy. Ingenua y malamente manejado desde el comienzo, este proceso entraba al gobierno, desprestigia a las élites (viejas y nuevas), desalienta a la polis y crea un clima de acusaciones y desconfianzas, empujando hacia la judicialización de la política.

La misma democracia arduamente recuperada se vuelve sospechosa; el carisma de la Presidenta cede y se degrada, arrastrando hacia abajo la popularidad presidencial; la marca de la NM, de suyo ambigua y borrosa, se torna contradictoria y revela fisuras y tensiones por todos lados.

En casi todos los frentes, la acción del gobierno es negativamente evaluada por la opinión pública encuestada y, cuando mejora, apenas asciende a mediocre. Su estilo confrontacional, gráficamente bautizado como de retroexcavadora por uno de sus adalides, enajena a los aliados y dificulta la gobernabilidad. Todos estos son motivos que empujan también hacia la posible derrota y ponen en riesgo la sobrevivencia de la NM.

 

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El relato construido por el gobierno para justificarse a sí mismo, exaltar su obra y motivar su comunicación, es parte asimismo del final que se aproxima. En efecto, la sistemática negación de la Concertación y su flagelación por parte de la NM dejó a ésta sin pasado, sin memoria, sin densidad histórica. Atada al mástil del carisma inicial de la Presidenta Bachelet II, tan pronto éste entró en el ocaso (¡y esto ocurrió temprano!) declinó la NM también, pues no tenía de qué aferrarse más que de la figura presidencial que le servía de cemento.

Esto obligó a los creativos y comunicadores del gobierno a exagerar el relato programático. Se intentó crear una narrativa dramática de grandes cambios estructurales, una verdadera epopeya transformadora destinada a superar las desigualdades en la sociedad. Incluso, se anunció el surgimiento de un nuevo paradigma de política.

Tales exageraciones académicas pronto cobraron su precio. La inflación de expectativas generada en función de cambios imaginarios y beneficios prometidos, pero impalpables en la vida cotidiana de las masas, llevó rápidamente al “fin de una ilusión”, aquella encarnada por la NM, proceso que narré semanalmente desde esta columna y después en un libro, publicado en mayo de 2016. La probable derrota de la NM habrá sido causada en parte por ese extraviado relato.

Tanto más si, como se anticipa, el triunfo electoral, programático, social y político en la elección del 19 de noviembre corresponde a las fuerzas de centroderecha. Pues en las condiciones ideológico-comunicacionales y culturales en que la NM planteó su propuesta para el gobierno Bachelet II —esto es, como una superación de la Concertación para impedir el retorno de la derecha al poder—, su derrota precisamente a manos de una coalición de centroderecha vendría a confirmar lo descaminado de ese relato. Habría servido, en efecto, para allanar su regreso al gobierno, quizá con mejores condiciones de gobernabilidad.

Adicionalmente, por el lado izquierdo, la NM creó un espacio para la formación del Frente Amplio, al provocar una inflación de expectativas, luego un derrumbe de ilusiones y, en general, un entorno ideológico favorable a la proliferación de fantasías políticas.

En suma, es probable que la NM camine hacia una derrota en las urnas, en los sentimientos de la gente, en la opinión pública y en el espacio de los relatos. De ocurrir, será el resultado de haber: (i) destruido su propio pasado; (ii) desplazado su eje hacia la izquierda tradicional PS-PC (bastante anacrónica por lo demás, pero eso es tema de otro capítulo); (iii) perdido su centro de gravedad en torno a la articulación con la DC; (iv) abandonado su presencia en una franja del voto liberal de centroderecha; (v) cercenado su vínculo con la sociedad civil, particularmente las nuevas mayorías de clase media; y (vi) facilitado la aparición de una izquierda alternativa en condiciones de superarla en (aparente) idealismo, promoción de ilusiones, ausencia de pasado, críticas a la Concertación y disposición a competir por la hegemonía del progresismo.

Estamos, pues, a las puertas de una derrota de la izquierda gobernante que, de producirse, ratificará que el camino elegido por la NM conducía a su propia anulación.

 

José Joaquín Brunner, #ForoLíbero

 

 

FOTO: PEDRO CERDA/AGENCIAUNO

 

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