De una u otra manera, muchos votantes consideran que Hillary Clinton arrastra un historial de opacidad y que, por lo mismo, bien podrían surgir otros antecedentes que llegaran a poner en peligro su candidatura.
Publicado el 18.09.2016
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El cuasi desmayo que sufrió Hillary Clinton al término de un homenaje a las víctimas del atentado del 11 de septiembre de 2001 instaló de manera irreversible el tema de la salud de los candidatos presidenciales en lo que queda de campaña.

A casi siete semanas de la votación que definirá al sucesor de Barack Obama, la neumonía que afectó a Clinton podría tener un impacto mayor del esperado. Sobre todo considerando que su contendor, Donald Trump, hace meses que viene insistiendo en que ella no tiene la condición física para tomar las riendas de la Casa Blanca.

En rigor, no existe ninguna ley que obligue a los candidatos a hacer público su historial médico. Sin embargo, desde que en 1972 Thomas Eagleton —entonces candidato demócrata a la vicepresidencia— dimitiera al revelarse que había ocultado su hospitalización tras sufrir un cuadro depresivo, los votantes han puesto el tema de salud como uno de los más importantes. Sobre todo si se trata de la presidencia de Estados Unidos.

La candidata demócrata entendió claramente lo que estaba en juego y por eso no demoró en entregar más antecedentes de lo que su doctora de cabecera, Lisa Bardack, diagnosticó solo como una “neumonía bacteriana leve, no contagiosa”. Y que la pérdida de equilibrio era atribuible a una deshidratación.

A pesar de eso, su historial médico volvió a la palestra: el ingreso de urgencia en 1998 producto un coágulo detrás de una rodilla, una trombosis en 2009 y un coágulo cerebral en 2012 —cuando aún era secretaria de Estado de Obama— luego de desmayarse y golpearse la cabeza.

Por su parte, el candidato republicano, muy en su estilo, asistió al programa de televisión del controvertido doctor Mehmet Oz, donde presentó un informe de dos hojas en el que detallaba que su índice de colesterol era de 169 (por lo cual toma un fármaco para reducir ese índice), que no fuma ni bebe y que a los 10 años fue operado de apendicitis.

En tiempos en que los exámenes médicos permiten un alto grado de detalle, pero sobre todo la posibilidad de prevenir algún cuadro futuro (tumores, dolencias cardíacas, etc.), este tipo de información —sin lugar a dudas— puede ser clave para un contendor político o incluso para el mismo partido de un candidato.

¿Estados Unidos hoy habría elegido a un candidato en silla de ruedas como Franklin D. Roosevelt? ¿O a John F. Kennedy, que sufría de agudos dolores de espalda, por lo que tomaba de manera frecuente analgésicos, antidepresivos y pastillas para dormir? ¿Ronald Reagan habría ganado su reelección presidencial si hubiese habido sospechas de que podía sufrir de Alzheimer? (Su hijo Ron afirmó en la biografía que escribió sobre su padre que los primeros síntomas surgieron durante su segundo mandato, entre 1985 y 1989).

El tema de la salud también se ha vuelto importante en estas elecciones por la edad de ambos candidatos: Hillary tiene 68 y Trump 70.

Hasta ahora, el Presidente de EE.UU. con mayor edad al asumir el cargo ha sido precisamente Reagan, quien llegó a la Casa Blanca con 69 años. Muy por delante de la edad de otros mandatarios: Bill Clinton lo hizo con 46, George W. Bush a los 54 y Barack Obama a los 47.

Pero en la medida que año tras año aumenta la expectativa de vida de hombres y mujeres en todo el planeta, hoy a nadie le debiera extrañar que surjan candidatos de 70 o más años. Ni causar mayor preocupación, considerando los avances de la medicina.

El punto es que el historial médico de figuras que compiten por cargos públicos tan importantes como la presidencia de Estados Unidos tiene otro ángulo: la transparencia.

No son pocos los que criticaron a la candidata demócrata por no informar que se encontraba con neumonía al momento de asistir a la ceremonia. Y, además, muchas voces republicanas se apresuraron a conectar este episodio con el uso de un mail no oficial mientras era secretaria de Estado, o a los poco claros aportes que ha recibido la Fundación Clinton.

De una u otra manera, muchos votantes consideran que Hillary Clinton arrastra un historial de opacidad y que, por lo mismo, bien podrían surgir otros antecedentes que llegaran a poner en peligro su candidatura.

¿Y Trump? Precisamente por su estilo incombustible, nada pareciera sorprender de él. Se ha peleado con los mexicanos, las mujeres, los veteranos de guerra e incluso con el Papa Francisco. Afirma una cosa y se desdice al día siguiente. Incluso el hecho de que no sea un exitoso millonario —ha quebrado varias veces— parece no importar (ni importarle). Ha sido un candidato sorprendente, en la medida que —contra todo pronóstico— logró obtener la nominación del Partido Republicano y sigue adelante.

El punto es que quien tiene reales posibilidades de llegar a la Casa Blanca es Clinton. Por eso cobra tanta importancia el tema de su salud y la transparencia de su campaña, porque si en las semanas que restan surge alguna nueva revelación que pudiera torpedear su candidatura, sería entregarle la Casa Blanca en bandeja a Donald Trump.

 

Alberto Rojas M., Director Observatorio de Asuntos Internacionales Universidad Finis Terrae.

 

 

FOTO: BRETT WEINSTEIN / FLICKR.