La obra de Mistral parte de una profunda vocación por una enseñanza que se escapa a la mera transmisión de conocimiento para trabajar por la formación de ciudadanos libres. La educación debe orientarse a formar al hombre en cuanto tal, y no puede ser de ninguna manera un instrumento al servicio del Gobierno de turno. Esta noción de libertad se recoge en su ensayo Sobre el oficio, que inicia de manera tajante diciendo “que el oficio no nos sea impuesto: primera condición para que sea amado”.
Publicado el 06.05.2017
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Hace tiempo que dejamos de discutir sobre educación. Luego de la vorágine legislativa iniciada en 2011, se llegó a un par de leyes que, en palabras de la ministra de Educación, nos tienen que dejar con el alma calentita. La discusión, tanto de izquierda como derecha, se concentró en los mecanismos de acceso a la educación, en quién es el dueño de los establecimientos y quién los financia. En definitiva, esta preocupación se resume en el cómo se provee. Sin embargo, en todo proceso educativo, y sobre todo en tiempos de reforma, parecen ser aún más relevantes las pregunta del “por” y “para qué” educar.

Frente a estas preguntas es pertinente rescatar el ejemplo de Gabriela Mistral, quien además de poetisa descollante tuvo una vida ligada a la pedagogía. Fue una intrusa en el campo de la educación que enseñó sin un cartón universitario, que reconocía que lo central al enseñar es la dignidad del alumno, inculcar amor por el saber y en especial por la lectura.

Sin tener la rimbombancia de Pablo Neruda, la mayor parte de los escritos de la Mistral giraron en torno a estos temas, dejando un legado al que podemos echar mano para orientar algunas de las respuestas sobre la médula de las reformas educacionales que han brillado por su ausencia.

La obra de Mistral parte de una profunda vocación por una enseñanza que se escapa a la mera transmisión de conocimiento para trabajar por la formación de ciudadanos libres. La educación debe orientarse a formar al hombre en cuanto tal, y no puede ser de ninguna manera un instrumento al servicio del Gobierno de turno. Esta noción de libertad se recoge en su ensayo Sobre el oficio, que inicia de manera tajante diciendo “que el oficio no nos sea impuesto: primera condición para que sea amado”.

Su vocación fue formar ciudadanos responsables de sus vidas y entornos. No podemos decir que se tratara de una búsqueda ideológica, pues Mistral fue una inclasificable: fue libre. Su mensaje es un llamado de alerta para señalar que la verdadera libertad es frágil y sufre bajo los continuos ataques de sus detractores. Una libertad que significa abrir los horizontes para que cada hombre y mujer pueda ampliar su vida hacia los caminos que decida. Así, la educación es el espacio clave donde se reúnen los individuos distintos, donde se conocen y buscan las respuestas a las preguntas más hondas del ser humano.

Toda esta filosofía de la libertad también responde al cómo. En su carta a Julio Barcos, decía Mistral: “…me parece a mí calamidad el Estado docente, especie de trust para la manufactura unánime de las conciencias. Algún día los Gobiernos no habrán sino de dar recursos a las instituciones y los particulares que prueben abundantemente su eficacia en la educación de los grupos”.

Queda abierto el camino para contrastar una mala reforma educacional con las ideas de Gabriela Mistral, cuyo ejemplo debe saber iluminar la discusión sobre educación actual, donde sobran los “cómo” y faltan los “por qué”.

 

Rodrigo Pérez de Arce, área de Cultura, Fundación Para el Progreso