Recuperar la confianza perdida es difícil. Ser ejemplo para sus compatriotas lo es aún más, pero la historia demuestra que se puede.
Publicado el 22.07.2015
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Para nadie es un secreto que Chile vive un momento político especialmente delicado, generado por una serie de reformas ampliamente rechazadas por la ciudadanía y que han polarizado al país, frenado la economía y creado un clima de incertidumbre pocas veces visto en los últimos 20 años.

La evaluación del Congreso Nacional y de los partidos políticos es particularmente negativa. En la encuesta Adimark correspondiente a junio de este año, el Senado logra una aprobación del 16% y la Cámara de Diputados de apenas 14%, mientras ambas cámaras tienen un rechazo del 78%. Las dos grandes coaliciones políticas tienen una desaprobación mayor a un 70%, y su aprobación es de 18% en el caso de la Nueva Mayoría (cuyo nombre se convierte en una paradoja) y del 13% en el caso de la Alianza. Los resultados de la Presidenta de la República y de su gabinete también son muy pobres. Se ha llegado a una tradicional falta de confianza en los políticos, especialmente en aquellos que se dedican a la labor parlamentaria, lo que se ve agravado por una serie de escándalos que son inaceptables.

Por ejemplo, solo esta semana han estado en el ojo del huracán por el pago de viáticos de transporte a Valparaíso de diputados y senadores que se encontraban fuera del país (y por el que recibían también viáticos de representación). Algunos diputados han devuelto el sobrepago, reconociendo “el error”, pero otros parlamentarios no se han pronunciado, o bien se han quedado con el dinero. En otro tema, este mismo lunes la sesión de la Comisión de Salud debió suspenderse porque se encontraban presentes solo 3 de los 13 parlamentarios que la componían, lo que impidió escuchar importantes voces a favor y en contra del proyecto de ley de aborto promovido por la Presidenta. Incluso en momentos en que un sector del oficialismo ha propuesto un plebiscito para que la gente decida si quiere una asamblea constituyente o no, quizás una buena oportunidad para preguntar a los chilenos si quieren más parlamentarios, los mismos o menos, o si quieren reajustar, mantener o disminuir la dieta parlamentaria. Sería interesante saber qué opinan los congresistas de esta posibilidad.

El tema de fondo es que recuperar la confianza ciudadana por parte de los políticos no solo es necesario, sino que en este clima es también urgente. Se debe partir por reconocer que necesitamos mejores hombres y mujeres en política. Si bien no le podemos pedir a cada político que sea un intelectual o un jurista, sí podemos pedirles a lo menos tres cosas: primero, que sean hombres honestos y respetables, que actúen decentemente, cuidando en sus fines políticos la nobleza de sus intenciones, pero también los medios que utilizan. Segundo, que tengan los pies en la tierra, en una verdadera cultura de cercanía con sus representados, empapados de la sensatez del chileno común y corriente –algunos le llaman realismo- que les permita huir de los ideologismos y preocuparse de los verdaderos problemas que aquejan a los ciudadanos, a nuestros vecinos y a nuestras familias. Por último, que tengan una devoción por las instituciones, de las cuales son los primeros responsables, que no se sirvan de su función pública, que no utilicen el Estado como un feudo personal, que no se enriquezcan en el servicio público ni pongan sus múltiples recursos al servicio de intereses partidistas o personales.

Los políticos estarán siempre bajo la lupa de la ciudadanía, al igual que médicos, carabineros, sacerdotes o los padres de familia. Aunque no lo quieran –aun si ni lo creen- son ejemplos para sus compatriotas y contribuyen a moldear el espíritu cívico del país. Constantemente les pediremos más y es justo que así sea. En ellos no basta no robar, sino que deben ser ejemplo de probidad; no basta que no dilapiden los recursos públicos, sino que deben ser ejemplos de austeridad e incluso si fallan y caen –como cualquier ser humano- deben ser ejemplares en levantarse.

Una verdadera cultura cívica, especialmente en las sociedades democráticas, exige tanto a representantes y a representados, políticos y ciudadanos. ¿Qué podemos en justicia exigirle a cualquier chileno? De buenas a primeras, podemos pedirle que sean personas informadas, conocedoras de lo que pasa en su país; podemos pedirles que participen, que sean activos miembros de la sociedad civil, que sean fiscalizadores de sus representantes y, por último, que sean responsables en su actuar, poniendo fin al círculo vicioso de ciudadanos que piden a parlamentarios lo que estos no pueden darle. Tan dañino para la República es un diputado que promete lo que no puede cumplir como un ciudadano que pide a un legislador que pavimente su calle, por mencionar un ejemplo.

Recuperar la confianza perdida es difícil. Ser ejemplo para sus compatriotas lo es aún más, pero la historia demuestra que se puede. La honestidad de Lincoln, la coherencia entre doctrina y vida de Tomás Moro, la renuncia al poder total de un Cincinato en Roma o de O’Higgins entre nosotros, el respeto por las instituciones de Washington o de Portales, la preparación intelectual al mejor nivel posible de Edmund Burke, Eduardo Frei Montalva o Jaime Guzmán y la entrega y patriotismo de tantos otros que guiaron a sus pueblos, puede servir de ejemplo también para nuestros políticos. Lo que ha pasado hasta ahora no se puede modificar, la construcción del futuro felizmente está en nuestras manos.

 

Julio Isamit, Presidente ChileSiempre.

 

 

FOTO: PABLO OVALLE ISASMENDI /AGENCIAUNO

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