La clase media y sus segmentos emergentes quedaron así carentes de representación en el campo de debate de la política educacional, a pesar de tener allí su base social, su canal de movilidad y su futuro.
Publicado el 21.01.2015
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La estrecha relación entre concepciones de la educación, partidos políticos y clases sociales es una constante a lo largo de la historia. Relación compleja sin duda, no lineal, tejida por los hilos de la cultura y las mediaciones simbólicas más que por la posición estructural de los actores o sus intereses materiales.

Durante la segunda parte del siglo XIX y primera parte del siglo pasado, el vínculo de la educación privada católica con el partido conservador, la iglesia y la clase hacendada, nuestra oligarquía, marcó el desarrollo de ésta y explica su dificultad para entender la educación obligatoria y el Estado laico. En el lado opuesto, el Partido Laico, como lo llama Gonzalo Vial, congregaba en una estrecha relación a elementos liberal-racionalistas, la masonería y los políticos radicales, dando expresión a una clase media de mentalidad funcionaria y cuya identidad se articulaba en torno al ideal del Estado Docente.

El mismo Vial en su Historia de Chile (Vol.1, Tomo 1) asemeja el enfrentamiento entre ambos bloques a una forma criolla de la Kulturkampf alemana, una guerra cultural de base político-religiosa que, agreguemos nosotros, es también un choque de concepciones educacionales y una lucha de clases en el campo de la organización y transmisión de la cultura. Allí, en ese campo de batalla, se habrían encontrado frente a frente  la “cruzada del Estado Docente” con el “sectarismo clerical”, hasta quebrar la unidad nacional cavando -dice nuestro autor- un profundo abismo entre los chilenos. He ahí la tesis del historiador Vial.

Lo que hoy nos interesa de ella es recuperar para el análisis contemporáneo ese vínculo sociológico -tenso, complicado y cambiante- entre concepciones y políticas educativas, partidos, clases y función del Estado.

De hecho, el debate en torno al proyecto de reforma del gobierno Bachelet -fin del lucro, el copago y la selección académica- ofrece un mirador excepcional para explorar algunas dimensiones de este vínculo.

Lo primero que llama la atención es que desde el primer momento la propuesta oficial se plantea sin un claro beneficiario, una población objetivo, una conexión de clase. No busca favorecer a ningún sector social en especial ni tampoco a un colectivo en general (el pueblo, la gente, los jóvenes, la educación pública). Más bien, enuncia sus fines en términos tecnocráticos negativos: poner término a cierto tipo de sostenedores privados, concluir con las contribuciones privadas y eliminar la selección académica en los procesos de admisión. Todo esto al servicio de un objetivo tan abstruso como desmercantilizar o descomodificar la educación. Por esto mismo, las ventajas y beneficios del proyecto nunca pudieron transmitirse  con claridad.

Por el contrario, el propósito gubernamental fue percibido desde el comienzo como antagónico con las ideas, ideales, intereses y anhelos de la clase media. Especialmente de los nuevos segmentos profesionales y técnicos que son los grupos de mas rápido crecimiento (más de cien mil graduados anualmente).

Entre tanto, ¿qué pasa con los partidos de la NM y de oposición, con sus visiones educacionales y afinidades de clase social?
Dejando de lado la crisis de influencia de los partidos -gubernamentales y de oposición-, sucede que ninguno parece estar en posesión de una visión de mundo y de una filosofía formativa o idea de la educación.

Los partidos tradicionales de izquierda (PS Y PC), pálidos sucesores -en este ámbito- del antiguo Partido Radical, apenas vislumbran una doctrina estatal de la educación. Se entusiasman con un remedo de Estado Docente, cantan loas al sistema finlandés y apuestan a una anacrónica noción de educación pública entendida como aquella impartida por establecimientos estatales. Han perdido fuerza vital en el campo educacional, sustento y horizonte proletario, aunque no necesariamente influencia en franjas del movimiento estudiantil universitario y en el gremio magisterial.

En cuanto al partido radical, de su antiguo tamaño, densidad intelectual y doctrina educacional -la de Valentín Letelier que llegó a publicar una tan voluminosa como valiosa Filosofía de la Educación (1912)- no queda siquiera la sombra. Sólo el punzante deseo de algún día ocupar la Superintendencia de Educación.

La Democracia Cristiana, que pudo y debió liderar la reforma educacional otorgándole por visión doctrinaria y afinidad electiva un contenido de clase media emergente, nunca estuvo en posición ni tuvo la disposición de asumir ese rol. Fue excluida tempranamente del Mineduc, luego se integró allí en condición asesora y, cuando finalmente tuvo la oportunidad de mostrar sus ideas y ejercer su poder parlamentario, se enredó en querellas intestinas sin entender que “no era batalla de islas sino de encrucijadas”, como por ahí dice don Quijote.

La clase media y sus segmentos emergentes quedaron así carentes de representación en el campo de debate de la política educacional, a pesar de tener allí su base social, su canal de movilidad y su futuro.

¿Pudo la derecha hacer algo? Escasamente dado su actual estado de minusvalía. Pero, además, porque su visión y plataforma educacional se hallan investidas fuertemente en el circuito de los colegios de elites -particulares pagados del sector oriente de la capital-, circuito que, paradojalmente, como viene sucediendo desde el siglo XIX, nunca ha sido alterado por ninguna reforma política. Al contrario, ahora queda prácticamente sin competencia en el espacio formativo de las elites.

 

José Joaquín Brunner, Foro Líbero.

 
FOTO: PEDRO CERDA/AGENCIAUNO

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