Todos buscan su narrativa para reubicarse e influir en el escenario político.
Publicado el 03.09.2014
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En tiempos de comunicación instantánea, donde la política fluye por los medios y las opiniones se forman y circulan por múltiples redes, el poder, la identidad y la proyección de los actores se construyen (y deconstruyen) continuamente a través de narraciones. Como bien señala un autor, vivimos la mayor parte de nuestras vidas en un mundo construido “según las normas y los mecanismos de la narración”; no sólo razonamos y argumentamos en el modo lógico de las ciencias, sino que hacemos sentido de las situaciones y compartimos experiencias y creamos posibilidades a través de relatos. Y en esos términos decimos que la política es más relato que argumentación.

En buena medida, el escaso éxito del gobierno Piñera -su falta de trascendencia, bajo reconocimiento y el pobre nivel de afectos que lo rodeaba o con que se recuerda- se debió a una carencia de relato. Era una administración que pretendía vivir de evidencias, estadísticas, razones; argumentaba con base en los saberes técnicos. Pero no persuadía. No transmitía una narración que hiciera sentido. No ofrecía una comprensión de sí mismo y su acción que la gente pudiera compartir. Era más bien un fenómeno mecánico, no orgánico. No provocaba adhesiones. Le faltaba carisma, capacidad de narración, producción de un sentido colectivo. En vez de orientar, sus maneras de comunicarse irritaban.

Todo lo contrario del gobierno Bachelet, que se halla atrapado en los excesos del relato. Desde los primeros momentos, la campaña narró a la (futura) Presidenta -y esa narración fue leída e interpretada por los medios y los sondeos de opinión- como un personaje de ficción, máximamente querida, imbatible, sin errores, portadora de las esperanzas de su pueblo. Sí: “Estamos hechos de la misma materia que los sueños. Nuestro pequeño mundo está rodeado de sueños” (dixit Shakespeare), que es lo mismo que decir rodeado de relatos.

Y ya una vez instalada en La Moneda, el discurso de la nueva administración se amplificó y hasta hoy busca -aunque últimamente de manera más débil- transmitir y proyectar la idea de un nuevo ciclo o época, un cambio de modelo o estructural, transformaciones paradigmáticas, una refundación, todo esto acompañado con relatos sobre una nueva identidad, un proceso de renovación generacional, un auténtico comienzo de algo distinto, una ruptura con lo previo, con los viejos relatos; en fin, sobre un mundo alterativo que resultaría de tres grandes reformas. Una historia bien completa.

Ahora estamos ante un interesante escenario. Por un lado, la oposición busca desesperadamente, sin encontrar aún, una narración que la eleve por sobre la intrascendencia discursiva, la mudez narrativa, la falta de identidad y de sueños, la trivialidad de los meros argumentos; mientras, al otro lado, el Gobierno busca lo contrario: cómo reducir las expectativas creadas por su relato, acotar los sueños, recuperar para sí el plano de los razonamientos y la argumentación, bajar el tono de la retórica y sortear las disonancias cognitivas entre las promesas y la realidad.

Sin duda, el retorno de Piñera a los titulares forma parte de esta lógica narrativa. El suyo es un intento más, desde el centro hacia la derecha, por levantar y rearticular un relato. Limitado todavía, sin mucha imaginación, carente de la materia de la que están hechos los sueños. Atrapado aún dentro del vacío ideológico que caracterizó a su gobierno, el cual creyó -como cree la mayor parte de la elite de la derecha local- que las ideologías son inútiles, que lo único que vale es la gestión eficiente, la línea final del balance, los resultados, las mediciones del desempeño. Pero, a lo menos, es una señal de que Piñera ha comprendido que su gobierno no dejó el legado de un relato que pudiera hablar por él mientras prepara su retorno a la disputa presidencial. Si quiere llegar al final de esa carrera, él necesitará construir, esta vez sí, una narración ideológica, o quedará reducido a mero actor secundario (yes, it’s ideas, stupid).

También son un ingrediente de este mismo escenario dramático las recientes sucesivas intervenciones de la Presidenta Bachelet buscando calmar las expectativas, retrotraer la economía y su crecimiento (o frenazo) al primer plano del relato gubernamental y apuntar hacia la racionalización del discurso más que a los aspectos emocionales del enfrentamiento con los adversarios.

Igualmente, la reaparición de Lagos en su rol magisterial del estadista (Chile a 30 años plazo) procura reinstalar la narración de la infraestructura, el crecimiento y la economía, la energía y la empresa, la gestión y las decisiones de autoridad en medio de un discurso oficialista que hace rato viene desbordándose hacia la ciencia ficción más que al género realista. De allí el verdadero shock que generó dentro del mundo oficial de las ilusiones y las promesas, aquellas que suelen arrullar nuestros pequeños mundos cotidianos, pero sin transformarlos. En verdad, Lagos vino en ayuda de Bachelet y no, como se ha interpretado equivocadamente, para restarle tribuna.

Cada uno pues en su papel, justo cuando entramos a una encrucijada del relato.

 

FOTO: MARCELO SEGURA MILLAR / AGENCIAUNO

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