Las políticas públicas y económicas cortoplacistas —se ha demostrado— no funcionan. Es hora entonces de sincerar las cosas y de anticiparse a los problemas para que no revienten en la cara. De lo contrario, se seguirán tomando decisiones que lo único que logran es calmar los ánimos de forma transitoria, u obtener votos para una que otra elección, transformándose en meros placebos para paliar los síntomas de una enfermedad grave.
Publicado el 27.10.2016
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Hace pocos días se aprobó en el Senado el inciso de una ley que consagró la figura del Intendente (desde ahora, Gobernador ) como una institución de elección popular. ¿Por qué? Porque Alejandro Guillier se había perfilado como un candidato competitivo para las elecciones presidenciales y ha tenido éxito con el discurso de la descentralización.

Lo insólito es que con los votos de los mismos que se habían opuesto a la idea (por la improvisación con que se habían definido sus eventuales responsabilidades), la cosa salió. Con pasión italiana la cuestionaron, con disciplina prusiana la aprobaron. Eso de que “uno no tiene por qué estar de acuerdo con lo que piensa” parece que es cierto.

La urgencia de los problemas, o la búsqueda desesperada de aprobación, induce entonces a tomar decisiones apresuradas, y por lo mismo, poco o mal desarrolladas. Decisiones que a la larga se convierten en políticas públicas o económicas parche, o en respuestas mediocres para las exigencias circunstanciales de la ciudadanía.

Sobran ejemplos de esta actitud que oscila entre lo reaccionario y lo frívolo. La reforma educacional tuvo su origen en un movimiento en las calles, y hace unas semanas el Contralor ha dicho que la posibilidad de fiscalizar los recursos destinados a ella será más reducida incluso que antes. Eso, por obra y gracia de la reforma en cuestión. La reforma tributaria, por su parte, tuvo una dosis tal de improvisación que debió ser modificada al poco tiempo de implementarla, dando paso a la conocida “reforma de la reforma”. Y los cambios en materia previsional, lo mismo: bastó que la ciudadanía alzara la voz para que el Gobierno le diera prioridad al asunto, aunque los resultados de un informe encomendado por el mismo Ejecutivo se hubieran mantenido bajo secreto por varios meses. Las decisiones son, por tanto, siempre reactivas, y no como se podría esperar de nuestros líderes, mínimamente preventivas.

¿Existe alguien que se juegue por un proyecto serio? ¿Alguien que implemente políticas públicas y económicas de largo plazo, y cuyas decisiones no respondan a la necesidad de satisfacer al primero que reclama, o al que más ruido hace? ¿Auguran un cambio en ese sentido los resultados de la elección municipal?

Parece que no. El triunfo de la derecha- bastante relativo por la abstención- no fue un triunfo de las ideas o de un proyecto. Tampoco fue una victoria de Piñera, aunque los resultados le sean funcionales para la presidencial. Nada hay en su discurso que represente un cambio en el eje de la discusión, sino solo la promesa de hacer lo mismo, pero con algo de seriedad. Cosa que, de hecho, puede garantizar mejor que Bachelet.

Las políticas públicas y económicas cortoplacistas —se ha demostrado— no funcionan. Es hora entonces de sincerar las cosas y de anticiparse a los problemas para que no revienten en la cara. De lo contrario, se seguirán tomando decisiones que lo único que logran es calmar los ánimos de forma transitoria, u obtener votos para una que otra elección, transformándose en meros placebos para paliar los síntomas de una enfermedad grave.

Estamos a tiempo, ¿pero hay expectativas fundadas de un cambio real? Quizás, pero si las hay, no se ven por ahora.

 

Martín Vilajuana, Abogado