La inmadurez que afecta a los partidos —ese “actuar como niños” que se materializa en la falta de respuestas, en caminar con una brújula descalibrada— es el reflejo del abandono de las ideas y la identidad, de optar más bien por una metamorfosis en verdaderas máquinas distribuidoras de poder. Tal vez conscientemente, han optado por la inmadurez, por una tranquilidad para no enfrentar la realidad, para esquivar el mundo de hoy y optar, sin más, por el infantilismo.
Publicado el 04.12.2017
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Si los partidos políticos tuvieran que salir a la pizarra a dar cuentas no sólo de su gestión, sino de coherencia con su identidad y sus principios, probablemente pocos pasarían la prueba. No sería extraño que muchos de sus dirigentes quedasen impávidos ante la solicitud del profesor de resolver alguna de sus preguntas y serían como aquel alumno que, sin estudiar durante todo el año, busca en otros compañeros las respuestas.

Algunos dirán que los tiempos han cambiado y que los partidos están en un proceso de “adaptación a la modernización”, sin notar que padecen de un mismo síndrome que afecta a muchas personas de avanzada edad: se han vuelto como niños. Con todo, este fenómeno, a diferencia de la biología, responde a actos voluntarios y permitidos por los partidos. En consecuencia, han optado por la inmadurez, ya no saben lo que son, favoreciendo la idea de que son prescindibles, de que no sirven, relegando la política a un asunto de menor importancia.

Para explicar este fenómeno es aceptable considerar, a lo menos, tres causas.

Por una parte, los escándalos de la política, la relación con el dinero y la judicialización de una serie de conductas cuestionables, empoderan a una ciudadanía que considera que las reglas del juego no se respetan, que los dados están cargados y que algunos están haciendo trampa. En otras palabras, actuar sin conciencia de los demás, igual que un infante, ha consolidado la idea de que el único interés que prima es el propio y no el de todos.

Por otra, en 2011 se abrió la posibilidad de hacer política de una manera distinta. Los movimientos sociales se constituyeron como una alternativa real frente a los partidos políticos. ¿Para qué cargar con los costos de formar uno si basta con ir contra el sistema? El rol de mediar las necesidades de la ciudadanía, que alguna vez sí cumplieron los partidos, hoy se ha diluido. Se enfrascaron en el roce con el de al lado -tal como los hermanos que pelean por un juguete- y perdieron de vista su función articuladora.

Finalmente, el proceso de modernización capitalista en el que nos encontramos eleva a tal nivel el estándar de vida y la satisfacción individual, que promueve la desafección hacia lo colectivo y lo nacional. Este proceso incentiva, en su peor faceta, el desprecio por lo “desechable”, exacerba la inmediatez y va minando la dimensión colectiva de la vida humana, aspecto fundamental para el ejercicio de la política, dejando a sus dirigentes sin herramientas para comprender el mundo actual, al igual que un recién nacido.

En definitiva, la inmadurez que afecta a los partidos —ese “actuar como niños” que se materializa en la falta de respuestas, en caminar con una brújula descalibrada— es el reflejo del abandono de las ideas y la identidad, de optar más bien por una metamorfosis en verdaderas máquinas distribuidoras de poder. Tal vez conscientemente, han optado por la inmadurez, por una tranquilidad para no enfrentar la realidad, para esquivar el mundo de hoy y optar, sin más, por el infantilismo.

Nos guste o no, la manera en que hemos decidido vivir en conjunto nos exige organizaciones intermedias capaces de articular y canalizar ideológicamente necesidades, malestares y pretensiones de desarrollo individual. Nuestra política necesita madurar y comprender el mundo de hoy. Tal vez por eso se explica el fenómeno del Frente Amplio: alejado de los escándalos del dinero y la política, su aproximación a los movimientos sociales y su capacidad para articular a varios de ellos le permitió canalizar ideológicamente un malestar general hacia su reclamo por más Estado y menos mercado. Mal que nos pese, al parecer les han dado una lección a los viejos que actúan como niños.

 

Pablo Valderrama, subdirector ejecutivo de IdeaPaís

 

 

FOTO: MARIO DAVILA HERNANDEZ/AGENCIAUNO