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Publicado el 21 de marzo, 2018

Política de los consensos, ¿qué significa hoy?

El segundo gobierno de Piñera debería ser realista. La política de los consensos no se retomará por arte de magia ni por mero voluntarismo. Es necesario generar ciertas condiciones de posibilidad.
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Durante el segundo gobierno de Michelle Bachelet, tanto importantes sectores de la Nueva Mayoría como el Frente Amplio —prácticamente en pleno— criticaron con fuerza la denominada “política de los consensos” que posibilitó la transición post dictadura militar.

Lo hicieron, básicamente, porque ella ha sido la fuente de la construcción del “modelo neoliberal” que rechazan de plano. Para ellos, la democracia —en particular, el Congreso— no debería ser el espacio para consensos y transacciones, sino simplemente para que la voluntad de la mayoría (del 51 %) se imponga sobre la minoría (del 49 % restante). Es la tesis, por ejemplo, de Fernando Atria al criticar el papel “contra-mayoritario” del Tribunal Constitucional.

Por otra parte, y oponiéndose a dicha visión, el nuevo gobierno de Sebastián Piñera ha dicho que su acción política se centrará, en buena medida, en recuperar la política de los consensos para llevar al país a una segunda transición; ya no hacia la democracia, como ocurrió en la década de los 90, sino ahora hacia el desarrollo.

¿Es posible afirmar, como sostiene la izquierda, que los consensos y transacciones son ajenos a la democracia?

Parece dudosa una afirmación semejante desde el momento en que toda democracia, para subsistir y ser la base de los cambios que se quieren realizar, necesita, ante todo, de un gran consenso sobre lo que ella es. Y esto no resulta tan claro hoy, cuando no pocos sectores políticos rechazan de plano la democracia representativa que nos rige. Un ejemplo de esta visión puede verse en quienes reducen su acción política a asambleas, marchas, tomas y paros, oponiéndose radicalmente al voto individual y a la política que se hace en el Parlamento. Es la posición, por ejemplo, del historiador Gabriel Salazar, quien ha influido bastante en el movimiento estudiantil, que viene del 2011.

Por otra parte, algunos estudiosos del quiebre democrático de 1973 sostienen que la principal causa de dicha ruptura fue la pérdida del sentido transaccional que la democracia supone, como instancia de deliberación política. Dicho sentido, luego de dar cuenta de un consenso fundamental sobre el significado de la democracia, se abre a pequeños consensos, por ejemplo, en materia de políticas públicas o proyectos de ley determinados.

Arturo Valenzuela —en su libro El quiebre de la democracia en Chile (1978)— sostiene que la principal causa de la ruptura institucional en Chile de 1973 se debió a la polarización del país como consecuencia de la transformación de un centro político pragmático en uno ideológico, impidiendo, así, el acomodo y la transacción, y, finalmente, el respeto mayoritario por las reglas del juego democrático.

¿Qué significa lo anterior? Entre otras cosas, que desde los años 60 la democracia dejó de ser un espacio —el espacio por excelencia— para la construcción del país entre todos, especialmente desde los sectores moderados, capaces de neutralizar tanto a la derecha como a la izquierda extremas.

A lo largo del siglo XX, como bien nos recuerda Valenzuela, los partidos de centro siempre habían sido pragmáticos o transaccionales. En 1938, el Partido Radical llegó al poder acompañado de los partidos Socialista y Comunista. Se partía de la base que, si se conquistaba el gobierno con el apoyo de partidos extremos, se gobernaba con éstos, no se les excluía, no se pretendía gobernar como partido único. Pero el partido de centro constituía una fuerza moderadora de los extremos y hacía las veces de puente entre ellos.

Esa regla se rompió en 1964. Eduardo Frei Montalva asumió con mayoría absoluta (56,09%) gracias al apoyo de la derecha, que quería evitar a toda costa la llegada al poder de Salvador Allende. Sin embargo, el gobierno como tal fue de minoría, de partido único. En otras palabras, Frei gobernó sólo con la DC, sin integrar a la derecha que lo apoyó electoralmente. Gobernar exclusivamente con su partido fue la primera y gran decisión ideológica (y ya no sólo pragmática) de Frei.

Si bien no resulta fácil sostener que la situación actual que vive Chile sea la misma que la de esos tiempos, los cuatro años de Bachelet II llevaron al país a una creciente polarización. Por de pronto, la idea de que la política se construye sobre la base de consensos —lo que, por cierto, no excluye el juego de mayorías y minorías— fue notoriamente cuestionada, en particular desde el hito de ruptura que implicó el movimiento estudiantil del año 2011. Lo peor de todo es que este cuestionamiento no surgió sólo de cabezas calientes, sino de la mayoría de quienes antes —durante los veinte años de Concertación— no tuvieron problema en pensar que el país no es una guerrilla de unos contra otros, sino una gran casa que se construye entre todos.

Dado lo anterior, el segundo gobierno de Piñera debería ser realista. La política de los consensos no se retomará por arte de magia ni por mero voluntarismo. Es necesario generar ciertas condiciones de posibilidad. ¿Cuáles? Al menos, las siguientes dos.

En primer lugar, el nuevo gobierno no debería renunciar a un relato ideológico de carácter identitario: la defensa de una sociedad de oportunidades para el ejercicio de la libertad, más bien que de seguridades para una supuesta igualdad. No quiere decir que no haya que buscar ciertas seguridades, pero sólo para quienes realmente las necesitan, y no ya bajo el paradigma (universalista) de los derechos sociales.

Lo segundo, ahora de orden estratégico, es tender puentes, ante todo, con los sectores moderados de la otrora Concertación o Nueva Mayoría (es de esperar que prime la primera, en vez de la segunda, en los años que vienen). Gracias a estos puentes, y al limitar las mayorías del Frente Amplio, podría ser posible pensar en un retorno a la política de los consensos. No basados en un pragmatismo excesivo, pero tampoco descartables desde un dogmatismo innecesario. Entre ambos existe un justo medio, y éste puede darse desde una política de los consensos bien entendida, como es la que se ha intentado describir en esta columna.

 

Valentina Verbal, historiadora y consejera Horizontal

 

 

FOTO: YVO SALINAS/AGENCIAUNO

 

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