Una de las mayores pobrezas que aquejan al Chile de hoy tienen relación directa con el vacío moral y espiritual como un fenómeno transversal.
Publicado el 07.12.2014
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Para nadie han pasado desapercibidos los actos de violencia que se han gestado últimamente en Chile. No es de extrañar pasear por las más diversas ciudades y leer eslóganes como “aborto libre” o “la única iglesia que ilumina es la que arde”. Así se repiten escritos y expresiones de odiosidad e intolerancia —basta mirar el grado de agresividad de las pancartas— en paredes o frontis escolares y universitarios.

Estas acciones, que intentan encasillar como justas reivindicaciones, han proliferado, pero si bien son minorías bulliciosas, no pueden quedar al margen de una condena absoluta por parte de la sociedad civil y las autoridades gobernantes. Así como señaló el ex Presidente Ricardo Lagos, “el daño que se le hace al país con este tipo de actitudes –respecto a bomba en Escuela Militar- es enorme, y yo les rogaría que algunos piensen un poquito más en Chile”. Un asunto que no queda únicamente en discursos para la galería, como se suele llamar, sino que es un verdadero problema que se está arraigando en sujetos de colectivos que promueven la violencia y que no creen en ninguna manifestación o característica tradicional del lugar que los ha visto crecer. Por tal motivo, la repudian con firmeza, asumiendo que la sociedad es la causante de todos sus males, por ello hay que combatir cada flanco —con todos los medios posibles—.

Jürgen Habermas concibe que “la espiral de violencia comienza con una espiral de la comunicación perturbada que —a través de la desconfianza recíproca no dominada— conduce a la interrupción de la comunicación”.

Pues bien, es necesario preguntarnos: ¿Qué situación ha llevado a que proliferen los grupos que promueven la violencia, tanto individual como de forma colectiva? Al parecer es la alienación del ser humano que ha perdido el orden moral, como señala el filósofo George Steiner, expresando que “este desecamiento, este agotamiento, que hasta tal punto llegó a afectar al centro mismo de la existencia intelectual y moral de Occidente, dejó un inmenso vacío. Y donde existe un vacío, surgen nuevas energías y realidades que sustituyen a las antiguas”.

Una de las cosas de gran relevancia es lograr comprender que el poder debe ser estrictamente limitado y conseguir que, como individuos, asumamos que una sociedad no debe idealizar los mayoritarismos. No olvidemos que muchos tiranos llegaron al poder mediante votación popular, como el caso del Nacional Socialismo en Alemania. De modo tal que, se hace imperativo que al individuo, su dignidad y sus derechos inalienables, se les pueda entregar valores fundamentales para concebir la actividad política en forma responsable para generar una sociedad empoderada, y con plena conciencia de lo riesgoso que implica concebir la actividad humana en base a sesgos ideológicos.

En razón de todo lo precedente, para la construcción de una sociedad unida debemos lograr transmitir a las futuras generaciones que la pobreza no está dada exclusivamente por el plano material —que ha disminuido en Chile desde un 50% a un 11% desde que se comenzó a creer en las personas—, sino que una de las mayores pobrezas que aquejan al Chile de hoy tienen relación directa con el vacío moral y espiritual como un fenómeno transversal. Como señaló Gonzalo Rojas en un seminario organizado por Foro Republicano: “No hay mayor pobreza que el odio fundado en el corazón humano”. Manteniendo eso en nuestras conciencias podremos contribuir en alcanzar una convivencia en plena libertad de modo responsable.

 

Andrés Barrientos, Director Ciudadano Austral.

 

 

FOTO: MARIO DAVILA/AGENCIAUNO