Para el sector duro del bacheletismo, el escándalo del Banco Mundial se ha transformado en el mejor placebo contra la enfermedad de la derrota y un  estímulo a la ilusión de que todo se hizo bien y el mal resultado es, en buena parte, atribuible al aparente boicot.
Publicado el 15.01.2018
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El economista jefe del Banco Mundial, Paul Romer, en una entrevista al Wall Street Journal, reveló la supuesta manipulación de datos que habría perjudicado el posicionamiento de Chile en el indicador Doing Business durante el gobierno de Michelle Bachelet, y sobre estimado a nuestro país durante la administración de Sebastián Piñera.

Conocida la denuncia, vale la pena analizar las reacciones y posicionamientos de algunos sectores frente a la contingencia.

Para un sector duro del bacheletismo se trata de una canallesca operación de la derecha chilena para sabotear la imagen país, provocando un clima de alarmismo y pesimismo en torno a la economía doméstica durante la gestión de la Nueva Mayoría, con un claro fin político y electoral. Para este sector, el escándalo del Banco Mundial se ha transformado en el mejor placebo contra la enfermedad de la derrota y un  estímulo a la ilusión de que todo se hizo bien y el mal resultado es, en buena parte, atribuible al aparente boicot.

Hablamos de un placebo porque la noticia del escándalo se recibe como una dosis que, careciendo de efecto terapéutico alguno, sí logra producir una sintomatología favorable en quien padece una patología. Siempre que éste la consuma estando convencido de que producirá una mejora en los signos de la enfermedad, en este caso, la ausencia de una explicación plausible para la inapelable derrota electoral oficialista del pasado 17 de diciembre.

Una ilusión, porque no se necesitan estudios formales de economía para notar que el clima de estancamiento económico no tenía como fundamento al mentado estudio del Banco Mundial. De hecho, bastaba con las señales que emanaban desde nuestro instituto emisor, el  Banco Central. Pero tampoco se trata de eso, el asunto es mucho más trivial, bastaba con ir y documentar las miles de experiencias vitales de chilenos que comenzaron a experimental la falta de dinamismo y la desaceleración de la economía en primera persona, a raíz del estancamiento de sus salarios, la postergación de la decisión de consumo, el temor a la pérdida del empleo asalariado para caer en el creciente mundo del cuentapropismo, etc.

Pero para el mundo que busca la enajenación fácil, un aparente error metodológico del Banco Mundial, que tiene más de 1.000 series cronológicas de indicadores de desarrollo —sí, el error de uno de mil de esos indicadores— sería capaz determinar y alterar las voluntades de millones de chilenos que sintonizaron con un juicio crítico a la gestión de la Presidenta Bachelet.

Si ése será el tenor reflexivo que primará en la centroizquierda en Chile, quiere decir que su capacidad de comprensión política se ha reducido a la de un desahogo improductivo en la lógica del boicot que vemos en las flemáticas redes sociales. También en las coléricas vocerías del bacheletismo —tan tajantes como inverosímiles y tan ruidosas como efímeras—, que no son más que signos de la desesperación y el desconcierto por una derrota en la cual resulta más cómodo acusar complots ajenos que indagar en las falencias propias.

Chile no merece una izquierda que se recupere a costa de placebos.

 

Jorge Ramírez R., coordinador Programa Sociedad y Política, Libertad y Desarrollo