Más allá de las contradicciones del Frente Amplio, cuyo desprecio a Pinochet contrasta con un comportamiento propio de ciudadanos en sociedades post industriales capitalistas, la ex Concertación ahora se tiene que tomar una cucharada de su propio chocolate de superioridad moral.
Publicado el 31.03.2017
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La irrupción de Augusto Pinochet en la campaña presidencial de 2017 refleja tanto la importancia del legado que dejó el Presidente más influyente en Chile en la segunda mitad del siglo XX, como la utilización que ha hecho la izquierda del rechazo generalizado a las violaciones a los derechos humanos ocurridas en dictadura. Después de que la Concertación aprovechara por más de dos décadas su oposición a Pinochet para reclamar una superioridad moral sobre la Alianza (hoy Chile Vamos), el Frente Amplio ahora acusa a la Nueva Mayoría de haber aceptado parte de la herencia de la dictadura para intentar adquirir una superioridad moral sobre la coalición de centroizquierda.

Si bien murió en 2006 y perdió su influencia política después de su arresto en Londres en 1998, Augusto Pinochet sigue presente. Habiendo sido el gran transformador de Chile con la adopción de políticas neoliberales, Pinochet es —para bien y para mal— el padre del Chile actual. El modelo económico se parece más a lo que él quiso implementar que a los sueños que motivaron a la izquierda de Salvador Allende y a la coalición de centroizquierda que se formó antes del plebiscito de 1988. Si bien Chile hoy es democrático —condición que Pinochet ciertamente nunca tuvo—, nuestra estructura económica y social se basa en el modelo neoliberal implementado en su Gobierno.

Aunque sea el padre del Chile actual, los chilenos no ven a Pinochet como un buen padre. Aquellos que apoyaron a la dictadura —y que guardaron cómplice silencio ante las violaciones a los derechos humanos cometidas en el período— todavía pagan altos costos electorales por su falta de coraje moral. Desde 1990, ningún candidato presidencial que haya apoyado abiertamente al régimen militar logró recibir una mayoría de los votos.

La impopularidad de Pinochet llevó a la Concertación a intentar convertir cada elección en un referéndum sobre la dictadura, para repetir la victoria que permitió el retorno a la democracia en 1988.  Si bien la muerte de Pinochet hace menos efectivo el esfuerzo de retrotraer al país al plebiscito, la Nueva Mayoría ha buscado resucitar al dictador en la forma de la Constitución de Pinochet (que ha sido modificada varias veces y de forma sustancial, de tal forma que ya no hay objeciones válidas que la pueden catalogar como antidemocrática) o en la reforma del sistema educacional de Pinochet, o en el sistema de pensiones de Pinochet.

Esa estrategia descansaba en el hecho de que al llevar el debate a la dimensión Pinochet, la Concertación siempre lograba consolidar una suerte de superioridad moral sobre la derecha. Con la repetida —pero efectiva— frase de “pudimos cometer errores, pero no cometimos horrores”, la centroizquierda ha buscado justificar sus fallas y falencias comparándose con una derecha que apoyó a una dictadura que violó los derechos humanos.

Pero como el paso del tiempo siempre permite reinterpretaciones de la historia, ahora la Concertación está siendo acusada de haber legitimado el modelo de la dictadura y de haber sido cómplice de la dictadura, no en violaciones a los derechos humanos, pero sí en la implementación y consolidación del modelo económico que impera en el país. El Frente Amplio acusa a la Concertación porque presumiblemente a muchos en la coalición de centroizquierda “no les molesta el legado de Pinochet”.

Después de haber reclamado superioridad moral por casi tres décadas, la centroizquierda ahora enfrenta acusaciones que la ponen a la par de esa derecha moralmente impugnable por haber apoyado a la dictadura. Los acusadores son una nueva generación de políticos que nació después del fin de la dictadura o que no tenían edad para votar en 1988.  Ellos no participaron de los procesos de negociación y compromiso que implicó una transición pacífica a la democracia.

Pero los críticos de la Nueva Mayoría son hijos del modelo. El Frente Amplio parece más un business startup que un partido político tradicional, lo que confirma que incluso sus detractores funcionan con las lógicas de brutal competencia mercantil que se impusieron en el Chile de la dictadura. Aunque nieguen a Pinochet y demanden más Estado, aunque defiendan lo público y sueñen con una sociedad más solidaria, al final construyen sus demandas con un discurso de derechos de consumidores en una sociedad capitalista desarrollada (y OECD), que puede aspirar a calidad de vida propia de países donde el mercado es el principal motor de desarrollo.

Con todo, más allá de las contradicciones del Frente Amplio, cuyo desprecio a Pinochet contrasta con un comportamiento propio de ciudadanos en sociedades post industriales capitalistas, la ex Concertación ahora se tiene que tomar una cucharada de su propio chocolate de superioridad moral. Después de reclamar por casi tres décadas una superioridad moral sobre la derecha, ahora la Nueva Mayoría es acusada de aceptar —y tácitamente defender— el modelo socio-económico de la dictadura.

 

Patricio Navia, #ForoLíbero

 

 

FOTO: SEBASTIAN RODRIGUEZ/AGENCIAUNO

 

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