Sus preferencias valóricas y la forma en que visualiza que funcionan las economías, son compartidas con las principales autoridades de gobierno, que estiman necesario privilegiar en esta etapa del desarrollo de Chile la búsqueda de la igualdad por sobre el crecimiento, aún a costa de pérdidas de grados de libertad.
Publicado el 17.01.2015
Comparte:

El miércoles asistí a la conferencia del profesor Thomas Piketty en la Universidad Diego Portales. En un auditorio repleto pude, gracias a la gentileza de los organizadores, escuchar desde una ubicación privilegiada la interesante exposición de Piketty sobre su libro “El Capital en el Siglo XXI”. Si bien dicho libro se basa en la experiencia de una veintena de otros países, el autor hizo constantes referencias a Chile, precedidas siempre de la advertencia de que no conocía realmente nuestra economía y dejando en claro, para mí al menos, que sus puntos de vista son funcionales al proceso de transformación que está impulsando el actual gobierno.

Piketty ha vendido quizás unos dos millones o más de ejemplares de su voluminoso libro, que contiene una recopilación muy valiosa de cifras –basadas en diferentes conceptos- sobre la distribución del ingreso y de la riqueza en las principales economías del mundo. Sin embargo, logró notoriedad por su ilustración y explicación de la reciente y clara tendencia observada hacia una mayor desigualdad en las distribuciones del ingreso y de la riqueza -medidas por los tradicionales coeficientes Gini y/o de proporciones- en las economías estudiadas, pero muy especialmente en los EE.UU., Canadá y el Reino Unido. Explica el fenómeno como consecuencia de la existencia de retornos al capital mayores que la tasa de crecimiento del producto. La consecuente acumulación de capital, transmitida de generación en generación por el proceso de herencia, estaría entonces produciendo una concentración cada vez mayor de la riqueza. Según Piketty, este proceso adquiriría proporciones alarmantes en algunas décadas más, a menos que se apliquen medidas redistributivas. Proyecciones catastrofistas parecidas ya las hicieron antes Thomas Malthus y Karl Marx.

No obstante, a lo largo de su conferencia y de diversas entrevistas, Piketty ha dejado en claro que es partidario del capitalismo y de una economía de mercado, que favorece el crecimiento y que no objeta la existencia de desigualdades en la distribución de la riqueza y del ingreso, siempre que sean moderadas o razonables. Cree en la intervención del Estado para corregir desigualdades exageradas, siempre que el Estado actúe en forma eficiente. Uno se queda con la impresión que Piketty estima –al contrario de las principales lecciones de la Teoría de las Decisiones Públicas- que lo último es la norma. En resumen, tiene en mente un modelo de capitalismo diferente al nuestro, más parecido a aquél que prevalecía en Europa algunas décadas atrás, que probablemente sea semejante al que quisieran tener nuestras actuales autoridades. Para ellos –a pesar de la contundente evidencia en contrario, tanto en nuestro país, como en otros de la región y fuera de ella- no existe ninguna contraposición entre crecimiento e igualdad; todo lo contrario, un alto grado de igualdad económica es una condición necesaria para crecer económicamente.

Esto nos lleva a una crítica que se le puede hacer desde la ética a la posición de Piketty. En un país todavía relativamente pobre como el nuestro y si existe en el corto y mediano plazo algún grado de contraposición entre crecimiento y búsqueda de la igualdad ¿cabe privilegiar la lucha contra la pobreza o, alternativamente, la búsqueda de la igualdad en la distribución de ingresos? Si es lo primero, el crecimiento es el instrumento apropiado. En los últimos tiempos, que corresponden a la liberalización económica y al aumento de la tasa promedio de crecimiento económico a nivel mundial, la pobreza se ha reducido como nunca antes en la historia. Interesantemente -si bien Picketty tiene razón en que la distribución del ingreso y de la riqueza personal se han hecho más desiguales al interior de los países- estas mismas distribuciones, a nivel mundial, se han hecho menos desiguales. Es decir, al contrario de lo que postulan Piketty y nuestro actual gobierno, el mayor crecimiento ha –como en Chile desde el año 2000 también- conducido a una menor desigualdad.

En su conferencia pública y entrevistas, Piketty se ha referido a diversos aspectos de nuestra economía. Desde luego, ha mencionado continuamente a la extrema desigualdad en la distribución de los ingresos en Chile. Lo ha hecho sin tomar en cuenta que ella ha sido siempre desigual y que obedece en gran medida a condiciones de tamaño y dotación de recursos prácticamente inalterables, a que tenemos niveles de movilidad inter e intrageneracionales relativamente elevados, y a que la economía existente ha reducido la pobreza en forma muy exitosa.

Piketty también ha destacado que el nivel de tributación en Chile es muy bajo –aproximadamente la mitad de aquél de los demás países de la Ocde- pero se le olvida que es muy similar a aquél que esos países tuvieron cuando sus PIB per cápita eran iguales a los de Chile en la actualidad, que es lo pertinente. En general –y eso habla muy bien de nuestro país- Piketty parecía olvidarse totalmente de que Chile, en términos de desarrollo, está en una liga distinta de aquella de países como, por ejemplo, Francia, su patria. Pero también apoyó la reforma tributaria en Chile y sostuvo que no afectaría la inversión. Eso es definitivamente erróneo, especialmente en el caso de mayor tributación sobre las rentas del capital en un país pequeño como Chile, por motivos teóricos y empíricos, incluyendo la reciente experiencia francesa. Incluso es contrario a lo que el mismo Piketty sostiene en su libro y a los principios en que basa su recomendación de política de impuestos sobre la riqueza.

Finalmente, se refirió, entre otros temas, en varias ocasiones a nuestro sistema educacional y a su reforma, que por los motivos arriba señalados, apoyó. Como todo economista que se precia de tal, señaló que los recursos tributarios escasos destinados a la educación debieran privilegiar la educación escolar y no la superior. Pero también dijo, al mismo tiempo que sonreía socarronamente, que el sistema de subsidios estatales a la educación privada era único en el mundo, como si eso fuera un argumento para modificarlo, en vez de un buen análisis de costos-beneficios. Pero también está errado en su aseveración. Suecia, entre otros países y estados dentro de los EE.UU., lo tiene y con mucho éxito.

Piketty tiene un buen libro y una interesante tesis. Ella ha sido cuestionada por especialistas nacionales e internacionales desde los más diversos ángulos –éticos, teóricos, y empíricos- y no es este el momento en entrar a debatirlos en detalle. Sus preferencias valóricas y la forma en que visualiza que funcionan las economías, son compartidas con las principales autoridades de gobierno, que estiman necesario privilegiar en esta etapa del desarrollo de Chile la búsqueda de la igualdad por sobre el crecimiento, aún a costa de pérdidas de grados de libertad. Lo hacen en el convencimiento –no sostenido empíricamente- que, incluso en plazos cortos, la búsqueda de la igualdad y del crecimiento no solamente no se contraponen, sino que se potencian. En ese sentido, Piketty –equivocado en muchos de sus juicios- es el apóstol ideal para el gobierno.

 

Rolf Lüders, economista.

 

 

FOTO: UNIVERSIDAD DIEGO PORTALES