Las candidaturas presidenciales de Alejandro Guillier y Beatriz Sánchez comparten una misma fuente de legitimidad: ninguno es visto como un político tradicional. Ambos se ganaron un espacio desde los medios de comunicación, construyendo credibilidad a partir del desempeño de su profesión. Aunque Sánchez posiblemente ha tomado posiciones más definidas políticamente que Guillier, ambos comparten esa saludable ventaja que da el poder llamar las cosas por su nombre cuando se analiza la política desde fuera.
Publicado el 04.04.2017
Comparte:

Las candidaturas presidenciales de los reconocidos y respetados periodistas televisivos Alejandro Guillier y Beatriz Sánchez confirman tanto la crisis por la que atraviesa la clase política tradicional como la personalización de las elecciones. Porque Sánchez y Guillier basan su popularidad en la confianza que en ellos deposita la gente, más que en una demostrada capacidad para administrar el país o liderar alianzas políticas, sus atributos funcionan mejor para una campaña que para ser autoridad de Gobierno. Peor aún, su legitimidad descansa en la percepción de que, al no ser políticos tradicionales, no van a estar contaminados por las prácticas de negociaciones y acuerdos imperfectos propios de la política.

Aunque Guillier entró al Senado en marzo de 2014 y Sánchez busca pasar directamente desde el privilegiado puesto de lector y comentarista de noticias a la Primera Magistratura, las candidaturas presidenciales de estos dos reconocidos periodistas, de 63 y 46 años respectivamente, comparten una misma fuente de legitimidad; ni Guillier si Sánchez son vistos como políticos tradicionales. Ambos se ganaron un espacio desde los medios de comunicación, construyendo credibilidad a partir del desempeño de su profesión. Aunque Sánchez posiblemente ha tomado posiciones más definidas políticamente que Guillier, ambos comparten esa saludable ventaja que da el poder llamar las cosas por su nombre cuando se analiza la política desde fuera.

A su vez, porque no han participado activamente de la vida política en sus carreras, ninguno de los dos debe dar explicaciones por sus acciones y omisiones del pasado. Como siempre estuvieron comentando desde una posición de privilegio, ninguno se ensució en el barro que inevitablemente existe en la arena política. A diferencia de políticos de carrera, como los ex Presidentes Lagos y Piñera, ni Sánchez ni Guillier deben dar explicaciones por la forma en que gobernaron o por sus desaciertos y errores del pasado.  Como automóviles recién salidos de fábrica, ambos parecen castos y puros.

Como su trayectoria ha estado asociada a la credibilidad que da leer las noticias —en vez de las dudas que generan aquellos que han sido la noticia—, Guillier y Sánchez gozan de un aire de cercanía y honestidad que es profundamente atractivo en campaña. En eso se parecen a la candidatura de Michelle Bachelet en 2005 o a la de Marco Enriquez-Ominami en 2009, ya que ambos eran rostros nuevos, frescos y que prometían cambios profundos en la forma en que se haría política en el país.  Como demuestra el caso de Bachelet, y en cierto modo el 20% obtenido por ME-O en 2009, esos mensajes de renovación en la forma de hacer política calan hondo en la ciudadanía.

Lamentablemente, esas promesas de campaña no se condicen con la realidad de cómo se hace política hoy, cómo se ha hecho siempre y cómo se seguirá haciendo. Porque la democracia representativa supone que las visiones de millones de personas se reducen a las posturas de un número sustancialmente reducido de legisladores y autoridades del Ejecutivo, resulta inevitable que la política se convierta en un proceso de negociación de intereses divergentes. Ilusamente, algunos creen que basta con el diálogo para que todos nos pongamos de acuerdo. Pero incluso en grupos menores, como una familia, el diálogo es insuficiente para llegar a un acuerdo. Después de dialogar, se deben hacer concesiones para alcanzar un acuerdo y poder avanzar. En política, esas concesiones se convierten en heridas de guerra que los políticos tradicionales cargan con orgullo, pero que los electores parecen despreciar. Ni Guillier ni Sánchez tienen esas heridas de guerra.

La pureza y presumible incorruptibilidad sobre las que construyen sus apoyos Guillier y Sánchez no solo parecen atributos imposibles en la política, sino que anticipan que, apenas quede en evidencia que los dos periodistas son también seres humanos que cometen errores —y, de ser exitosos, políticos que deben hacer concesiones dolorosas para poder llegar a acuerdos que les permitan avanzar en la dirección que han prometido—, su apoyo se disipará rápidamente y crecerá con igual velocidad la decepción entre sus simpatizantes. En cierto modo, eso le pasó a Bachelet cuando, después de ganar la elección prometiendo terminar con los abusos, apareció protegiendo a su hijo y a su nuera que abusaron de su posición de privilegio. Desde entonces, Bachelet perdió todo su encanto y su Gobierno ha sido un dolor de cabeza y un sufrimiento para ella y para el país.

Al buscar construir sus carreras políticas sobre sus atributos de cercanía y probidad y no sobre sus capacidades de gestión, su liderazgo para construir acuerdos con gente que piensa distinto o una visión atractiva de país y una hoja de ruta razonable para llegar a destino, Guillier y Sánchez están leyendo bien lo que busca la gente en una campaña, pero preparándose muy mal para lo que se requiere para tener éxito en La Moneda.

 

Patricio Navia, #ForoLíbero

 

 

FOTO: YVO SALINAS/AGENCIAUNO

 

Ingresa tu correo para recibir la columna de Patricio Navia