Teniendo en cuenta la tendencia a la sobreinterpretación de escenarios negativos, cabría ser más cuidadosos en muchos aspectos comunicacionales.
Publicado el 15.10.2014
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La llegada al Hospital Barros Luco de un paciente con cuadro respiratorio severo no habría  sido noticia si no hubiese sido acompañada por el dato de que este paciente había estado el último mes en Guinea Ecuatorial, África (a unos 2.000 kms. de Sierra Leona y Liberia, donde se concentran los casos de ébola). Las reacciones de temor generalizado y la atención de los medios no tardaron en aparecer. Era, por decir lo menos, esperable: en un contexto de globalización y comunicaciones instantáneas entre continentes, lo que sucede con el ébola al otro lado del mundo se percibe como próximo. Las noticias, muchas veces poco prolijas, sobre la expansión del virus generan la sensación de inminencia y de que sencillamente es cosa de tiempo para que la enfermedad llegue a nuestro país. Al mismo tiempo, nos hemos acostumbrado a los cinematográficos escenarios apocalípticos infestados de zombies, por lo que tenemos una peculiar sensación de familiaridad con situaciones pandémicas y de riesgo global.

Psicólogos han mostrado sistemáticamente que la percepción de incertidumbre y riesgo vital, aunque no tenga fundamento real, incita a la interpretación excesiva de escenarios negativos por sobre positivos. Dicho de otra forma, en un estado de alerta tendemos a sobre-interpretar las claves o señales que indicarían la presencia del riesgo. De forma instintiva, preferimos alterarnos por una falsa alarma que arriesgarnos a no considerar una amenaza existente. La explicación más profunda de esta tendencia la podríamos encontrar en nuestro proceso evolutivo: es probable que nuestras reacciones preventivas, incluso las absurdamente proteccionistas, hayan sido mejores preservadores de la especie que aquellas que subestiman el riesgo. Asimismo, la percepción del riesgo está sujeta a la percepción del control: nos parece más riesgoso volar en avión que conducir un auto, cuando es exactamente al revés. La noción de que no podemos controlar una situación, nos hace pensar que somos más vulnerables a ella.

En el caso de la emergencia del domingo, hay varios rasgos que la hacen particularmente llamativa: emergencias sanitarias o pandémicas, como la del ébola, tienen por característica fundamental que la amenaza es incontrolable e invisible. Su presencia sólo podría ser inferida mediante una interpretación de la información disponible. Si viésemos a un africano en las calles de Santiago vomitando, no dudaremos por un segundo en tomar distancia y avisar a las autoridades como un posible caso de ébola, habiendo cientos de explicaciones alternativas y más probables para ese hecho. Que alguien venga llegando de África y esté enfermo se convierte, a nuestros ojos, inmediatamente en una amenaza de infección con ébola.

Por lo demás, hay evidencia en la literatura especializada que la percepción de las medidas preventivas puede ser tanto o más estresante que las amenazas mismas. Estudios de John Drury, de la Universidad de Sussex, muestran el rol ansiógeno que puede jugar la intensidad de medidas preventivas, cuando éstas no van acompañadas de información suficientemente aclaratoria. Quizás el principal problema del domingo fueron algunas decisiones tomadas: avisar por altoparlantes la evacuación de la zona de urgencias, repartir mascarillas (siendo que el virus no se transmite por vías respiratorias), personal con equipos de aislamiento y protección, reunión interministerial de emergencia en La Moneda, etc. Si hay una explicación a las reacciones observadas, estarían vinculadas a ese tipo de medidas más que a la amenaza real. Probablemente tiene razón la ministra de Salud al afirmar que “es mejor ser hiperreactivo que subreactivo cuando está en riesgo la salud de personas”, pero también debe tenerse en cuenta que esa hiperreacción puede traer consecuencias sociales indeseadas, que deben ser adecuadamente gestionadas.

La tarea de las autoridades ante situaciones de estas características es fundamentalmente comunicacional. Es decir, articular de forma inteligente la información de modo tal que se muestre con toda claridad, sin ambigüedades, cuál es el escenario que se enfrenta. Teniendo en cuenta la tendencia a la sobreinterpretación de escenarios negativos, cabría ser más cuidadosos en muchos aspectos comunicacionales. Quizás las expresiones “no lo consideramos un caso sospechoso (…) pero es un probable caso sospechoso” de la ministra no fueron las más afortunadas. Mas los comunicados de prensa y las intervenciones de las demás autoridades comunicaron efectivamente lo que había que comunicar. Es de esperar que las autoridades trabajen adecuadamente en la confección de protocolos que también puedan hacerse cargo de las dificultades psicológicas y sociales que trae consigo la comunicación de este tipo de información.

 

Cristián Rodríguez, Psicólogo y Académico Universidad de los Andes.

 

 

FOTO : FRANCISCO SAAVEDRA/ AGENCIAUNO