Es un hecho a sincerar que la Iglesia Católica en nuestro país enfrentó la discusión del aborto de manera torpe, con algunas individualidades y con un rol protagónico de los laicos, quienes aportaron de manera desorganizada desde sus distintos roles en la sociedad. Esto no es novedad, pues ya lo habíamos vivido años atrás en la discusión de la “píldora del día después”.
Publicado el 12.09.2017
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Hace ya tres semanas que el Tribunal Constitucional de Chile dio luz verde definitiva a la ley que aprueba el aborto en nuestro país. Un hito histórico que, después de años de reconstrucción y reconciliación social, ha vuelto a hacer que un grupo de compatriotas sea mirado en menos e incluso descartado por su origen o su condición.

Para los católicos, esta veintena de días ha sido de un silencio doloroso. Salvo un comunicado de prensa de la Conferencia Episcopal —y las declaraciones aisladas y variopintas de obispos como Juan Ignacio González, Fernando Chomalí y Francisco Javier Stegmeier—, la reacción de los pastores ha sido, por decirlo de algún modo, desconcertante para un pueblo que lleva al menos tres años de lucha de principios en el Congreso, los medios, las redes y las calles.

Y es que, con todo el respeto de una sencilla oveja columnista, no deja de llamar la atención que monseñor Ricardo Ezzati sencillamente no se pronuncie respecto del tema. Lleva tres semanas de silencio sobre el asunto.

El silencio escuece aún más porque desde el 1 de junio que el cardenal, invitado a la cuenta pública de la Presidenta Bachelet ante el Congreso Pleno, escuchó cómo ella se comprometió, entre vítores de los asistentes, a sacar esta ley durante lo que restaba de su gobierno. El pastor de la Iglesia de Santiago y la figura más relevante del catolicismo nacional ha tenido meses para preparar a sus ovejas para un golpe previsible y frente al cual aún no sabemos cómo conducirnos.

Por suerte, el Magisterio de la Iglesia es rico en documentación a este respecto, pero convengamos que las ovejas rara vez acceden a esa literatura, menos si quienes las guían no hacen ni el asomo de sugerir su lectura.

Es un hecho a sincerar que la Iglesia Católica en nuestro país enfrentó la discusión del aborto de manera torpe, con individualidades como las ya mencionadas y con un rol protagónico de los laicos, quienes aportaron de manera desorganizada desde sus distintos roles en la sociedad. Lo anterior no es novedad, pues ya lo habíamos vivido años atrás en la discusión de la “píldora del día después”.

El rebaño, al fin de cuentas y dentro de su rica diversidad, no sabe si encerrarse en su habitación a rezar el Santo Rosario o abrazar la idea de mostrar en las calles del país fotos sangrientas de fetos despedazados. La falta de pautas claras termina, como en cualquier organización, generando personajillos autoproclamados líderes que terminan siendo los únicos que dicen algo y, peor aún, vistos ante la opinión pública como la voz oficial del catolicismo.

Urge que Monseñor Ricardo Ezzati publique, por ejemplo, una carta pastoral para el pueblo chileno dando pautas –no órdenes, desde luego– sobre cómo enfrentar este nuevo escenario: una nación en la que, de la noche a la mañana, el vientre materno ha pasado a ser tan peligroso como el peor callejón oscuro del país.

Bien dice el Papa Francisco que los pastores tienen que oler a oveja; pero es también un hecho que las ovejas, de vez en cuando, deben sentir el olor de los pastores para sentirse protegidas y guiadas en buena dirección. Este no ha sido el caso.

 

Alberto López-Hermida, doctor en Comunicación Pública

 

 

FOTO: JUAN GONZALO GUERRERO/AGENCIAUNO