Como dice Javier Cercas en "El punto ciego" (2016), “un libro no existe por sí mismo, sino sólo en la medida en que alguien lo lee; un libro sin lectores no pasa de ser un montón de letra muerta, y es cuando los lectores lo abrimos y empezamos a leerlo cuando se opera una magia cotidiana y la letra resucita, dotada de una vida nueva”.
Publicado el 29.04.2017
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Una de las cosas que llaman la atención en la cultura contemporánea es la aparente disminución del interés por la lectura, la ausencia de hábitos lectores o la preferencia por otras actividades o hobbies. En esta perspectiva, leer un libro -de literatura, de historia, de problemas actuales- aparece como una tarea ardua, cuesta arriba, a la que hay que dedicar muchas horas. La situación empeora si hay que leer un texto por obligación escolar o universitaria, que muchas veces es la forma que aparta a los jóvenes de la lectura.

Sin embargo, a pesar de esos sinsabores, es necesario reafirmar no sólo el valor de la lectura, sino también sus posibilidades y vigencia perenne. Este 23 de abril una vez más hemos celebrado el Día del Libro y la Lectura, para recordar la muerte de William Shakespeare y Miguel de Cervantes, dos autores fundamentales en la trayectoria occidental, que crearon con genialidad y que permanecen con sensación de eternidad. Por lo mismo, es un gran momento para volver a pensar en los escritores y sus obras, en las historias que nos han marcado y en las vidas que hemos vivido a través de ellas.

Hace muchos años -yo todavía no terminaba la enseñanza secundaria- un querido y recordado profesor me regaló un libro con una sencilla, pero elocuente dedicatoria: “Espero que este libro te haga crecer de la misma manera como lo hizo conmigo”. Lo guardé, lo miré, pero no lo leí de inmediato. Muchos años después lo encontré en una librería en Madrid: se trataba de La hora veinticinco, la magistral obra de Virgil Georghiou, el casi olvidado escritor rumano. Era mucho más de lo que yo había imaginado y solamente ahí logré entender las palabras del profesor Luis Flores, y quizá lamenté haber retrasado tanto tiempo esa lectura.

Pero cada día tiene su afán, cada vocación su momento y cada pasión su historia. Después de todo, leer no puede ser una obligación tediosa, sino que una actividad voluntaria y cautivante, una auténtica oportunidad de ser más y de vivir mejor. En la adversidad de su injusta condena en Siberia, la pequeña Esther Hautzig recordaba sus clases de historia, que le proporcionaban el placer de leer: “Leímos, leímos, leímos”, se regocijaba con la distancia del tiempo. Y después reflexionaba: “Fue en aquella cabaña por donde me escapé de Siberia, bien leyendo allí, o bien llevándome libros a casa” (en La estepa infinita, Barcelona, Salamandra, 2008).

Para leer con gusto no basta la mera intuición o el entusiasmo momentáneo, sino que se requieren al menos tres cosas. La primera es disponer de un buen libro, de aquellos que estimulan a seguir leyendo y no a abandonar el camino emprendido: una historia entretenida o conmovedora, un autor talentoso y estimulante, personajes inolvidables y “reales”. La segunda es tener el consejo oportuno, la recomendación adecuada: que un amigo, un profesor, una persona que ya ha leído algo, un librero de calidad o un comentario de prensa nos ayuden a elegir bien entre la gran diversidad de publicaciones que podrían ahogarnos de no contar con alguna sugerencia autorizada. Lo tercero es descubrir la pasión por la lectura, lo que lleva a una paradoja interesante: muchos no leen porque no tienen la pasión, pero probablemente no la tienen sencillamente porque no leen.

Por supuesto se trata de un proceso con todas sus complejidades, que no se da de un día para otro y presenta altibajos. A veces un libro es demasiado largo y nos cuesta siquiera pensar cuánto nos queda para concluirlo. Pero en estos casos es bueno elegir algún clásico, de esos que se pueden leer aunque sus obras bordeen o superen las mil páginas: ahí están Los hermanos Karamazov, de Dostoievski; Los miserables, de Victor Hugo; la saga de Tolkien, El señor de los anillos, y tantos otros más que podríamos disfrutar con provecho.

Sin embargo, eso será posible no sólo en la medida que alguien escriba una gran obra, sino que también debe existir quien se aproxime a ella y la lea. Como dice Javier Cercas en El punto ciego (Santiago de Chile, Random House, 2016), “un libro no existe por sí mismo, sino sólo en la medida en que alguien lo lee; un libro sin lectores no pasa de ser un montón de letra muerta, y es cuando los lectores lo abrimos y empezamos a leerlo cuando se opera una magia cotidiana y la letra resucita, dotada de una vida nueva”.

Es verdad que muchas veces hay poco tiempo, o la vida nos lleva por mil actividades distintas y, por ende, se hace muy difícil leer. Sin embargo, como dice Alejandro Llano, el ex rector de la Universidad de Navarra, “si te apasiona leer, acabas leyendo en las circunstancias y lugares más inesperados” (en Olor a hierba seca. Memorias, Madrid, Ediciones Encuentro, 2008).

De eso se trata finalmente. No de convencer a las personas para que lean, si es que realmente no quieren hacerlo: las lecciones sobre ello, en general, distan de ser eficaces. Mejor es contagiar a otros con la pasión por la lectura y los libros, los autores y sus historias. Cuando Mario Vargas Llosa dijo que leer Los miserables -un libro imprescindible- cuando joven ayudó a que su vida fuera “menos miserable”, en realidad hizo un comentario que podemos aplicar con justicia y agradecimiento a toda gran obra.

 

Alejandro San Francisco, historiador, columna publicada en El Imparcial, de España

 

 

FOTO: JUAN GONZALEZ/AGENCIAUNO