El escándalo por el financiamiento de campañas evidencia un problema de alto riesgo: la prominencia de partidos máquinas, es decir, organizaciones clientelares centradas en distribuir cargos estatales, recompensas y favores.
Publicado el 31.01.2015
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Ante el caso Penta surgen muchas dudas. ¿Qué mueve realmente a los políticos de hoy? ¿El futuro del país? ¿Sus ansias de poder, riqueza y prestigio personal? ¿La satisfacción de su voluntarismo obtuso? ¿Actúan bajo una ética de principios o de simples resultados?

El escándalo por el financiamiento de campañas evidencia un problema de alto riesgo para el sistema democrático chileno: la prominencia de partidos máquinas, es decir, organizaciones clientelares centradas en distribuir cargos estatales, recompensas y favores, tanto para sus miembros como para otros grupos asociados en los ámbitos estatal y privado. Aquí prima el simple negociado. Por ejemplo, favores políticos a cambio de dinero para campañas.

El partido máquina antepone el negociado clientelar a la necesidad de convencer y con ello ganarse el apoyo de los electores. Cualquier demócrata debería preocuparse al constatar que en los partidos políticos chilenos, sus líderes actúan más en función de conseguir mucho dinero para las próximas campañas, que de promover alguna doctrina o ideario en el largo plazo entre sus miembros y en la opinión pública.

Esto explicaría el enorme realce de operadores políticos con cariz de honorables en prácticamente todos los partidos, la mala calidad de nuestros legisladores y su dudoso criterio para medir su buen desempeño, que se traduce en hiperinflación legislativa y -¡sorpresa!- termina entregando excesiva discrecionalidad al Estado en diversos ámbitos. Todo esto genera crecientes incentivos para que las organizaciones partidarias se conviertan en máquinas captadoras de renta privada a cambio de favores políticos, rompiendo la necesaria independencia de los representantes al convertir a los financistas en mandantes directos. Esto es lo que también deben determinar los tribunales en el caso Penta. Todo mientras el prestigio de los partidos y la política decae de manera preocupante.

El riesgo populista parece aflorar con fuerza en el horizonte político chileno, pues lo anterior contribuye a otro fenómeno, que es el surgimiento de los llamados partidos de estrellas, que no son más que organizaciones o plataformas que existen en función de alguna personalidad, caudillo o grupo de figuras que “generan más confianza” ante el desprestigio de los partidos políticos, que errónea y maliciosamente es interpretado como el agotamiento del sistema democrático representativo liberal. Esta es la base del populismo y el caudillismo. Incluso la propuesta de un partido único parece responder a esa tendencia populista. ¿Un gobierno de partido único? ¿Qué sería aquello?

No hay que olvidar que un elemento clave de interés público es la existencia de un sistema de partidos que incluya una oposición política cuya legitimidad y pluralidad democrática no esté en duda. Penta ha dinamitado la legitimidad de aquello. Para cualquier demócrata, no sólo debe ser preocupante la eventual transversalidad del fenómeno de financiamiento irregular, sino el debilitamiento de las bases de un sistema democrático representativo.

Es mejor actuar ahora, asumiendo los costos que sean necesarios, expulsando o pidiendo renuncias de quien sea, proponiendo reglas claras y más transparencias en la relación entre dinero y política, en vez de terminar lamentando la instauración de un populismo caudillista con cariz democrático, por nuestra falta de convicción democrática y liberal.

 

Jorge Gómez, Investigador Fundación para el Progreso.

 

 

FOTO: PABLO OVALLE ISSASMENDI/ AGENCIAUNO