Una rápida radiografía a las familias chilenas comprueba que ellas están cada vez más fragmentadas, debilitadas e imposibilitadas de otorgar estabilidad y bienestar a sus miembros. ¿Qué pasó? ¿Desde cuándo los chilenos dejamos de empoderar a la familia?
Publicado el 08.07.2016
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Que la familia es “el grupo primario de la sociedad” es una frase que se repite incesantemente como una especie de mantra sagrado.  De tanto escucharla se podría deducir que existe verdadera conciencia nacional acerca de que, a través de ella, se perpetúa y trasciende la cultura de un país, que ésta genera costumbres, hábitos y actitudes sociales, transmite ideas, sentimientos y valores y que es el punto de partida para el desarrollo de ciudadanos comprometidos, solidarios y responsables.

Incluso, en las bases institucionales de nuestra Constitución, se afirma que ella es el núcleo fundamental de la sociedad, que el Estado está al servicio de la persona humana y su finalidad es promover el bien común;  además de dar protección a la población y a la familia.  Sin embargo, algo estamos haciendo mal, ya que una rápida radiografía a las familias chilenas comprueba que ellas están cada vez más fragmentadas, debilitadas e imposibilitadas de otorgar estabilidad y bienestar a sus miembros.  ¿Qué pasó? ¿Desde cuándo los chilenos dejamos de empoderar a la familia?

Existen responsabilidades compartidas, ya que así como se echan de menos políticas públicas que fomenten una cultura pro familia, también es cierto que el mundo privado se queda corto al momento de elaborar programas integrales que la fortalezcan.

Se requiere de una mayor coordinación y real preocupación, de los entes estatales y privados, para la implementación de proyectos, servicios y medidas que visibilicen y refuercen las virtudes de una familia estable, porque es ella la que logra ejercer, de manera positiva, las funciones económicas, educativas, psicológicas y sociales que influyen sobre el progreso de sus miembros.

Desde un transporte público eficiente, una legislación laboral flexible, una educación alejada de sesgos ideológicos, hasta empresas que promuevan conciliación, corresponsabilidad y procesos de innovación en sus prácticas laborales son necesarias para canalizar una estrategia exhaustiva que logre adaptarse a los cambios culturales y nuevas realidades que enfrentan las familias.  Sobre todo, de aquellas más vulnerables.

Sin embargo, en el ámbito de las políticas públicas, lo que persiste son esfuerzos asistencialistas, abocados a parchar, en vez de prevenir, los problemas por los cuales atraviesan estas familias.  Es así como el Estado invierte una gran cantidad de recursos en salud, educación y vivienda para aquellas familias más frágiles. No obstante, un alto porcentaje de éstas sigue sufriendo marginalidad social, empleo precario, altas tasas de embarazo adolescente, ausentismo paterno, deserción escolar e inestabilidad.  Esto no sólo les provoca una constante pérdida de oportunidades, sino que las mantiene en una posición de desventaja e incrementa los factores de riesgo asociados a una familia resquebrajada y en estado de precariedad.

En cambio, aquellas prácticas y políticas de familia verdaderamente sustentables, se enfocan en que los ideales propios de la familia son comunitarios, resaltan que la familia no es una mera convivencia afectiva, proveen de medios para contrarrestar los efectos de una cultura ambivalente respecto al compromiso matrimonial, ofrecen mediadores profesionales que intervienen previo a la desunión de la pareja para evitar los traumas de una separación y educan sobre las etapas y ventajas que se desprenden de la vida conyugal.

Todas estas medidas no sólo ofrecen incentivos para que las personas deseen consolidar una familia sino que, además, son costo efectivos, ya que reducen la carga impositiva que significa crear más programas públicos y privados concentrados sólo en proporcionar redes de apoyo tras la desintegración de la familia, la cual genera una serie de graves consecuencias sociales.

Por último, a pesar de que los niveles de confianza sobre nuestras instituciones van en picada y las dinámicas de convivencia se han visto alteradas por la exacerbación del individualismo, la familia permanece incólume para los chilenos.  La describen como su “refugio” frente a la adversidad y necesaria para afrontar el estrés, construir su autoestima, optimizar su potencial, resolver conflictos, cultivar habilidades sociales y planificar su proyecto de vida.  Por lo tanto, si ésta es tan trascendente y valorada como el núcleo fundamental de la sociedad, vale la pena que, de una vez por todas, se hagan los esfuerzos necesarios para situarla en el lugar que le corresponde: como la fuente de prosperidad que fortalece el bien común;  ya que no basta con repetir el mantra una y otra vez, porque las palabras vanas y a las frases vacías se las lleva el viento.

Paula Schmidt

Periodista – historiadora

Fundación Voces Católicas