Lo que se debiera perseguir es tratar de aumentar los recursos disponibles en poder de las personas antes que incrementar los que se transfieren al Estado.
Publicado el 25.09.2016
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De un tiempo a esta parte, algunos expertos han venido sosteniendo que la recaudación tributaria va a terminar siendo menor de lo que se había estimado, y que, en consecuencia, es necesario prepararse para afrontar un escenario fiscal complejo en el futuro cercano.

Aunque aún no se ha conocido un planteamiento formal al respecto, sí se ha insinuado que se requerirá una nueva alza de tributos para evitar que se produzcan desequilibrios mayores en las cuentas públicas. No deja de parecer extraño que, precisamente cuando se hacen realidad los temores que se expresaron durante la discusión de la reciente reforma tributaria, se proponga insistir en lo que causó el problema (el alza de los tributos), antes que intentar corregirlo.

Lo que se podría hacer es dejar sin efecto la reforma y volver a la situación anterior a ella, de manera de reducir la presión tributaria sobre la economía. La idea dista de ser nueva y, de hecho, ha rondado la discusión, aunque no se la ha planteado públicamente aún. Parece estrellarse, por el momento, contra las complejidades asociadas a una eventual reducción del gasto del Estado.

El punto, no obstante, es que si se entiende que al Estado le corresponden por naturaleza sólo algunas tareas (tales como la defensa, las relaciones exteriores, la policía, el sistema de administración de justicia, y unas pocas más), entonces tiene mucho sentido revisar las demás actividades que él desarrolla, para analizar tanto la pertinencia de su intervención en dichos ámbitos, como la eficiencia en el uso de los recursos que se destinan al efecto. Una revisión como la descrita evitaría que algunos programas públicos se puedan mantener vigentes en el tiempo, simplemente porque han terminado por convertirse en parte del paisaje institucional.

En todo caso, y si resulta necesario retomar la discusión tributaria, parece conveniente tener en cuenta algunas ideas adicionales a las que se han expuesto.

Reformar para rebajar.

Se ha vuelto un cierto lugar común en nuestro país entender que la realización de una reforma tributaria tiene necesariamente que traducirse en un aumento de los tributos. Ello resulta curioso, pues si entendemos que los dueños de los recursos tienen derecho a emplearlos (y ese es, por lo demás, uno de sus derechos fundamentales), y tenemos en cuenta que según muestra la evidencia histórica, en general, ellos los emplean mejor que el Estado, lo que se debiera perseguir es tratar de aumentar los recursos disponibles en poder de las personas antes que incrementar los que se transfieren al Estado. Por ende, se debiera tratar de rebajar los tributos, no de aumentarlos.

No castigar el éxito.

Nuestro sistema tributario contiene algunos elementos que se traducen en un cierto castigo al éxito, perjudicando la posibilidad de surgir de los individuos. Así, por ejemplo, que el impuesto a la renta contemple esquemas progresivos (los que operan en el impuesto de segunda categoría y en el impuesto global complementario), se traduce en que la persona que logra tener éxito y crecer, descubre que el sistema se lo retribuye aplicándole una tasa más alta de impuestos, lo que resulta un contrasentido, especialmente si se ha declarado que se quiere impulsar el emprendimiento. La solución es conocida: reemplazar los esquemas progresivos por impuestos planos.

Castigan el éxito, además, algunos tributos que están configurados como gravámenes patrimoniales (por ejemplo, las contribuciones de bienes raíces, los permisos de circulación, el impuesto a las donaciones y las herencias), pues afectan negativamente a quienes han logrado construir un patrimonio. Se trata, además, de un gravamen injusto, pues se aplica dos veces a los mismos recursos (primero se los grava cuando se generan, y luego se grava el bien que se adquiere con ellos).

Un sistema tributario que no distorsione.

Tradicionalmente se sostuvo que un buen sistema tributario era aquel que distorsionaba en la menor medida posible las decisiones económicas, de manera que ellas se pudieran adoptar en su propio mérito. Adicionalmente, se consideraba positivo un esquema de esa naturaleza, pues reducía el riesgo de discriminación arbitraria por parte de la autoridad pública.

En este sentido, y por citar sólo un ejemplo, llama la atención que todavía existan tributos cuyo objetivo sea aumentar la carga sobre ciertos bienes que se consideran de lujo, lo que los encarece artificialmente y restringe, también artificialmente, su consumo.

Si el país se va a ver obligado a entrar nuevamente en una discusión tributaria parece útil tener presente estas consideraciones, de manera de instar por una reforma que sea distinta y que favorezca el desarrollo, es decir, por una reforma que se oriente decididamente a rebajar los tributos.

 

Germán Concha.

 

 

FOTO: SEBASTIÁN RODRÍGUEZ/AGENCIAUNO.