Todos tenemos una alta cuota de responsabilidad asociada no sólo a lo que hacemos, sino también por lo que dejamos de hacer en menoscabo de una mente ética a la hora de tomar decisiones.
Publicado el 22.01.2016
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Bronwyn Fryer, colaborador y editor de la prestigiosa Harvard Business Review, escribió tiempo atrás el provocador artículo “The ethical mind” (La mente ética).

El texto de Fryer, si bien simpatiza con quienes tienen la delicada misión de administrar el equilibrio entre las necesidades de la empresa, de los colaboradores, de los clientes y también de la comunidad; también es muy claro en precisar que el trabajo mal hecho, que además traspasa los límites de una conducción ética, atrae graves consecuencias y provoca cuantiosas pérdidas que son complejas de recomponer, tales como la reputación y la credibilidad empresarial.

El autor utiliza el concepto “mente ética” para desglosar las preguntas que debiese hacerse todo líder empresarial antes de tomar una decisión y responde, además, a la interrogante sobre si el comportamiento ético es algo inherente a las personas o, más bien, es un estado que se desarrolla durante las diversas etapas de “ensayo-error” que nos ofrece la vida.

Pragmático y riguroso, Fryer sintetiza la verdadera psicología que encierra el actuar éticamente y proporciona algunas luces sobre lo que ocurre en una empresa cuando sus líderes se ven presionados a tomar “atajos” para lograr ciertos objetivos que terminan por desgastar a la institución y a sus miembros.

Es así como realza la importancia de una “mente ética” entregando el ejemplo de un ex presidente de Harvard, quien al ser elegido para encabezar dicha universidad, propuso, como única condición, que todos los miércoles fuesen libres, porque ese día “él debía viajar a Washington D.C.”. A pesar de que nunca viajaría un día a la semana a la capital norteamericana, esa fue la manera de transmitir su necesidad de tener tiempo suficiente para leer, reflexionar sobre su labor y el tipo de liderazgo que quería ejercer y cuáles podrían ser las diversas alternativas para desarrollar nuevos proyectos y resolver problemas.

Fryer utiliza esta anécdota para enfatizar la necesidad de todo líder empresarial de hacer una constante introspección y revisión sobre cuál es su misión y determinar la forma en cómo la está llevando a cabo. Para aquello, dice, se requiere de transparencia, firmeza y consistencia en el actuar.

En resumen, si bien Fryer reconoce la dificultad de administrar negocios, llama a no dejar de mirar la sustentabilidad del mismo en el sentido de realizar un trabajo bien hecho, basado en consideraciones éticas y de respeto profundas, las que deben ser revisadas de manera permanente.

A pesar del éxito de muchas empresas, también han surgido juicios (prejuicios) y desconfianzas derivadas de malas prácticas asociadas al qué hacer empresarial. Se trata de un fenómeno a nivel global, pero también a nivel local y que requiere recomponer las confianzas.

¿Cómo lograr este objetivo? La respuesta claramente no es simple y es una tarea de largo aliento, pero la base de cualquier solución será hacer y parecer actuar de acuerdo a principios ético-sociales, además de vencer el orgullo y posponer los egos cuando se ha cometido errores.

Emprender y dirigir una empresa (sin importar su tamaño) no es tarea fácil. Sobre todo en momentos actuales, en donde el mundo económico pareciera privilegiar la maximización de la riqueza en un mínimo de tiempo, mercantilizar el trabajo, exacerbar el individualismo y que la medida del éxito provenga de un mal entendido estatus económico.

Sin embargo, hoy sí existen muchos que logran desarrollar una “mente ética” y poseen conciencia de que la empresa es una entidad social que puede potenciar o menoscabar ciertos ámbitos de la sociedad, y es por eso que privilegian una cultura organizacional basada en el respeto, el compromiso con la verdad y ejercen un liderazgo propositivo cuya esencia es el servicio.

Son esos empresarios y ejecutivos a quienes la sociedad debe privilegiar y empoderar, ya que sus acciones son ejemplo de valores tales como el respeto a la dignidad humana, el servicio al bien común y la visión de que la empresa está compuesta por una comunidad de personas.

“Por sus frutos (en el largo plazo) los conoceréis…” No sólo en el mundo de los negocios los atajos para obtener el máximo de beneficios no son válidos. También es importante de que reconozcamos que todos tenemos una alta cuota de responsabilidad asociada no sólo a lo que hacemos, sino también por lo que dejamos de hacer en menoscabo de una mente ética a la hora de tomar decisiones.

 

Paula Schmidt, periodista e historiadora, Fundación Voces Católicas.

 

FOTO: PABLO VERA LISPERGUER/AGENCIAUNO