La Presidenta prefirió la peor de las estrategias: centrarse en defender durante buena parte del discurso los supuestos logros en un año en el que las encuestas, los indicadores y la propia calle alrededor del Congreso han dicho todo lo contrario.
Publicado el 22.05.2015
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Cualquier entusiasmo que haya podido encender el cambio de gabinete de hace algunos días atrás fue extinto rápidamente por la propia Bachelet en casi dos horas de discurso ante el Congreso Pleno.

Y es que el ajuste en el equipo ministerial realizado por la Mandataria de verdad dio luces claras de que por fin se podría estar dando un giro al rumbo político del país, incluso a pesar de que a algunos nuevos ministros se le achacaran declaraciones torpes o vínculos con procesos confusos. Muchos hablaron de apuesta por la moderación, regreso al centro y apertura al diálogo.

Todo aquello quedó bastante opacado con la comparecencia dada ayer por la Presidenta ante el país. Si bien el ajuste ministerial fue una muestra clara del fin de un ciclo, la cuenta pública estuvo lejos de ser el inicio de una nueva etapa, sino más bien no deja de ser la confirmación de que quien encabeza el país parece sumida en un estado de shock que de verdad es preocupante.

Bachelet invitó al comienzo de su discurso a mirar con perspectiva y apuntar hacia el futuro, pero luego se revolcó en el fango del un año que ni la exposición más brillante, la imagen más alegre, ni el generador de caracteres más colorido puede empaquetar de manera atractiva hacia la ciudadanía.

En cambio, la Presidenta perdió la oportunidad de hacer leyenda, siendo explícita ella misma en decir que estamos viviendo un “momento histórico” y un “proceso transformador”. Dilapidó además la instancia anual para anunciar con claridad, sin más conceptos empalagosos, su proyecto constitucional, el que sí que podría hacerla recuperar terreno y quedar en la historia. También desaprovechó la ocasión para pedir perdón por cualquier grado de responsabilidad que ella tenga –que por cierto sí que lo tiene– en la destrucción de la confianza pública que ella misma llama a reconstruir. Ella insiste en que “hemos reconocido nuestros fallos”, cuando en realidad eso está lejos de ser cierto, partiendo por ella misma.

La Presidenta prefirió en cambio la peor de las estrategias: centrarse en defender durante buena parte del discurso los supuestos logros en un año en el que las encuestas, los indicadores y la propia calle alrededor del Congreso han dicho todo lo contrario.

Algo le pasa a la Presidenta, incluso en el modo en el que transmite el mensaje. La de ayer estuvo lejos de ser esa mujer que, gustase o no, se salía permanentemente de protocolo, improvisaba y lanzaba bromas acertadas. Quizás el país no esté para aventurarse a algo así, de acuerdo, pero de seguro Chile no está tampoco para discursos descoloridos y que dejan aún más incertidumbres.

 

Alberto López-Hermida, Doctor en Comunicación Pública y Académico Universidad de los Andes.

 

 

FOTO:PABLO OVALLE ISASMENDI/AGENCIAUNO