La pregunta es cómo, dictadura de por medio y con un Muro de Berlín menos, aparecen voces que justifican lo ocurrido con José Antonio Kast en dos universidades chilenas. En Concepción arguyen razones administrativas, pero los estudiantes celebran la censura como triunfo; en Iquique derechamente una turba lo obligó por la fuerza a salir del recinto universitario.
Publicado el 23.03.2018
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Como estudiante de la Pontificia Universidad Católica de Chile, me tocó en 1969 ser testigo del otorgamiento del grado de Doctor Scientiae et Honoris causa a Pablo Neruda. El acto masivo desarrollado en el gimnasio de la Casa Central no sólo fue pacífico, sino además emocionante. Neruda comenzó su discurso diciendo algo así como “fue necesario superar muchos prejuicios mutuos para que yo esté aquí esta tarde”, y cuánta razón tenía.

Se trató de un evento cultural y político. Pocos días más tarde el poeta y ex senador fue proclamado candidato a la Presidencia de la República por el Partido Comunista de Chile, candidatura a la que renunció meses más tarde en favor de Salvador Allende. Neruda, que ya había escrito sus Odas a Stalin y hacía discursos políticos siempre, nos leyó poemas suyos alusivos y provocadores, por ejemplo, la Oda al hombre sencillo, donde anuncia el triunfo de la revolución.

No recuerdo a nadie abuchear o protestar por la presencia de un ateo, comunista, devoto de la lucha de clases y militante de la dictadura del proletariado en la Pontificia, por mucho que a esas alturas tuviera rector laico (aunque nombrado con la venia del Vaticano). Nadie intentó impedir que Neruda recibiera el doctorado o intentó evitar que hablara, y no porque fueran tiempos pacíficos ni mucho menos ideológicamente homogéneos. La rectoría estaba en manos de un militante de la Democracia Cristiana, la presidencia de la FEUC estaba en manos de los gremialistas.

Por supuesto que no todos fuimos al acto; los que no estaban interesados no fueron, y ellos se lo perdieron. Algunos pensaron que era una brutalidad que la Universidad honrara al poeta, pero nadie objetó la decisión. Estábamos todos de acuerdo en que la Universidad era un lugar donde se podía expresar y debatir todo, hasta el cansancio, como tantas veces.

Desde esa perspectiva, la pregunta que me surge es cómo, dictadura de por medio y con un Muro de Berlín menos, aparecen voces que justifican lo ocurrido con José Antonio Kast en dos universidades chilenas. La Universidad de Concepción arguye razones administrativas, pero los estudiantes celebran la censura como triunfo; en Iquique derechamente una turba lo obligó por la fuerza a salir del recinto universitario.

El senador Carlos Montes —testigo del homenaje a Neruda en la UC el 69— encuentra que Kast debe ser más prudente; la diputada Jiles justifica que los penquistas “saquen la basura” de su universidad; Manuel Riesco propone agarrarlo a palos, cosa que los estudiantes nortinos se tomaron al pie de la letra, todos ellos culpando a Kast a su manera.

En todo caso los estudiantes de las universidades chilenas no están solos, ya que en muchos países democráticos se gesta una tendencia de “proteger” a los jóvenes de ideas que podrían corromper sus impolutas mentes, políticamente correctas de nacimiento.

¿Será que los viejos, que recordamos la historia de la que fuimos testigos y protagonistas, siempre tendremos este rol de advertir cuando vamos por mal camino?

 

Arturo Cerda, administrador retirado

 

 

FOTO: CRISTIAN VIVERO BOORNES / AGENCIAUNO