Nada peor que la desilusión que provoca en un ciudadano el darse cuenta que de las promesas de campaña hechas en poesía, ahora se deberá conformar con esta obra gruesa de un edificio a medio hacer, del que no lo convence mucho ni el diseño ni el resultado final.
Publicado el 09.04.2016
Comparte:

La ansiedad siempre ha sido mala consejera. Peor aún para este gobierno de la Nueva Mayoría que lo único que pareciera tener en mente es querer subir algo en su pobre evaluación ciudadana.

Es esa misma ansiedad que llevó a inaugurar hospitales que no estaban terminados, a transformar las ceremonias de primeras piedras en cuasi inauguraciones, en celebrar como acontecimientos los promulgaciones; en resumen, en ser incapaz de que los frutos hablen de lo bien o mal que lo han hecho, queriendo anticipar o a veces incluso distorsionar la realidad, dando a entender que por el simple de hecho de haber aprobado o iniciado algo, se debe entender que el problema o necesidad que originó la política pública se debe dar por superado sin el mínimo rigor de evaluarla por los resultados que produzca.

Por esto es que la frase del ministro Eyzaguirre de que el gobierno de la Presidenta Bachelet ya habría terminado la obra gruesa, dando a entender que las grandes reformas ya estaban aprobadas, no solo es equívoca, sino absolutamente ajena a la realidad. Esta frase no se hace cargo de que no basta aprobar las reformas, cuando éstas son rechazadas por una mayoría de los ciudadanos, y sobre todo cuando en muchos casos ni siquiera han comenzado a regir en plenitud.

Solo como ejemplo tenemos la política de gratuidad universitaria, que más allá de lo chapucera que ha sido su puesta en práctica, todavía no sabemos a cuántos estudiantes realmente está beneficiando y si al descontar a los que ya recibían distintos tipos de becas y ayudas, cuál es el aporte real neto de alumnos beneficiados por esta la promesa de campaña más publicitada por la Presidenta Bachelet.

Como se explica que los recursos de la reforma tributaria que eran para financiar la reforma en educación, como se repitió insistentemente, ahora se argumenta que no alcanzan. Los costos de la improvisación y la deficiencia técnica que son el sello de este gobierno, lo terminan pagando los ciudadanos.

Es difícil tratar de convencer a la gran mayoría de los estudiantes universitarios que no son parte de la política de gratuidad actual, y que deberán seguir esperando a que en algún momento eventualmente podrán ser incorporados, en la medida que se cuenten con los recursos. Más allá de la discusión sobre si dar gratuidad universal es o no una buena política pública, lo que está claro es que la manera en que el gobierno la ha desarrollado está muy lejos de ser parte de esa obra gruesa que la frase del ministro pretendía describir.

Los ciudadanos esperan de sus autoridades una gestión que apunte a mejorar su calidad de vida, en las distintas dimensiones como salud, educación, seguridad, etc., y sobre todo en su vida cotidiana. Y es especialmente aquí donde han fallado la mayoría de las reformas llamadas estructurales por la Nueva Mayoría, en que casi no han producido efectos concretos de mejora en la vida de los chilenos. Es aquí donde el discurso oficial se aleja de la realidad y de la percepción ciudadana.

Por esto que hablar de obra gruesa y de consolidar las reformas por parte del gobierno de la Presidenta Bachelet, obedece quizás sólo al duro realismo del ministro de Hacienda y de saber que los mayores recursos de que dispuso al inicio con la reforma tributaria ya se han gastado, y no hay para más. Nada peor que la desilusión que provoca en un ciudadano el darse cuenta que de las promesas de campaña hechas en poesía, ahora se deberá conformar con esta obra gruesa de un edificio a medio hacer, del que no lo convence mucho ni el diseño ni el resultado final.

 

Gonzalo Müller, profesor del Centro de Políticas Públicas UDD.

 

FOTO: AGENCIA UNO