¿Qué ha dejado el carismático líder norteamericano después de ser durante ocho años uno de los hombres más poderosos del mundo? ¿Cómo podría evaluarse, históricamente, el gobierno de Obama? ¿Cuál es el legado real de su administración?
Publicado el 21.01.2017
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El final del gobierno de Barack Obama en los Estados Unidos ha generado numerosos análisis que abordan los más diversos aspectos sobre su figura y su administración.

Estados Unidos mostró, con la elección de Obama, que es un país fuera de lo común. En tiempos de Abraham Lincoln sufrió una terrible guerra civil, marcada por la eventual división política de la comunidad, pero también por el tema de la esclavitud negra. Una vez que se acabó con este resabio de falta de libertad, pervivieron las discriminaciones legales y la situación subordinada de “los negros”, además de otro tipo de abusos que hoy a todos nos parecen inaceptables. Muchas de estas injusticias seguían existiendo en la década de 1960, que vio desarrollar el liderazgo y la lucha de Martin Luther King. Y apenas un par de generaciones después, el régimen político del gran país del norte permitió la llegada a la Casa Blanca de Obama, un líder de origen afroamericano que, por ese solo hecho, marcaba un cambio extraordinario en la historia de Occidente.

No debemos olvidar tampoco la emoción, la mística y el movimiento que generó la campaña de Obama en 2008. Hubo reuniones multitudinarias, la genuina impresión de que venían tiempos distintos, un cambio tremendo dentro de la democracia, todo en un ambiente marcado por la esperanza. “Yes we can”, decía el líder demócrata, en un momento en que muchos pensaban que todo era cuesta arriba. Con el paso de los días, las semanas y los meses, demostró que su campaña sí podía prosperar: primero triunfó en las primarias dentro de su partido y después en la elección presidencial. “Sabemos en nuestros corazones que ahora será diferente”, llegó a decir, con una gran convicción que contagió a muchos millones de norteamericanos. El triunfo significó en buena medida un cambio en los Estados Unidos y en el mundo.

Sin embargo, han pasado ya ocho años, con un proceso de reelección que permitió ratificar a Obama por un segundo periodo. Después de este segundo gobierno, por tanto, corresponde hacer una mirada de conjunto, transformar esos discursos y promesas iniciales en análisis de fin de mandato, así como revisar ya no la emblemática elección de Obama en 2008, sino la de 2016, que marca el fin de su administración. ¿Qué ha dejado el carismático líder norteamericano después de ser durante ocho años uno de los hombres más poderosos del mundo? ¿Cómo podría evaluarse, históricamente, el gobierno de Obama? ¿Cuál es el legado real de su administración?

En su discurso de despedida, el Presidente saliente utilizó parte de la retórica y emotividad propia de sus primeros tiempos, tanto en las palabras como en los gestos. Junto con agradecer a la ciudadanía por el cambio que habían provocado, resaltó lo que estimaba eran algunos logros de su Gobierno: superar la recesión económica post crisis, aumentar las tasas de empleo, descongelar las relaciones con Cuba, entre otros temas. Sin embargo, en la ocasión tuvo algunos comentarios que podrían considerarse ambiguos en relación al momento que vive Estados Unidos. Por ejemplo, si bien dijo que hay trabajo por hacer y que el futuro está en buenas manos (al dirigirse a los jóvenes), también reflexionó sobre uno de los temas que se pusieron de moda en la campaña electoral del 2016 y, sobre todo, tras el resultado: “la democracia se puede tambalear cuando se entrega al miedo”. Esto, hace algún tiempo, habría parecido una declaración excéntrica, sin embargo hoy es parte del debate público norteamericano e internacional.

Todo esto en un contexto en que el tema más complejo del legado de Obama se da en términos presidenciales. Las noticias desde las pasadas elecciones y en estos días son muy claras: al líder demócrata le ha correspondido traspasar el mando al republicano Donald Trump, cuyas manifestaciones de ideas y de actitud política distan mucho de lo que Obama habría esperado para su país. Incluso durante la campaña, Obama se involucró alabando a Hillary Clinton -olvidando las críticas del pasado contra ella- y atacando a quien lo sucede en la Casa Blanca: “No es apto para ser Presidente”, dijo en agosto de 2016. La cortesía reciente del proceso de cambio de mando no logra alterar el tema de fondo: el principal legado del Barack Obama es dejar a Donald Trump en la Casa Blanca, algo que no habría imaginado el demócrata ni en sus peores pesadillas.

Es evidente que la elección de Trump se inserta en un contexto bastante complejo a nivel internacional, con una crisis -no terminal, por cierto- de las democracias occidentales. En este ambiente, la situación de Trump toma una dimensión mayor precisamente por tratarse de un país demasiado relevante a nivel mundial y que tiene una democracia que se ha extendido por siglos de una manera extraordinaria. Y Estados Unidos será gobernado por quien, a juicio de Obama, “no es apto para ser Presidente”. Por ello el Presidente saliente ve cómo el ambiente que rodeó su investidura en 2009 hoy está marcado por un discurso y una práctica muy lejanas a sus sueños de entonces.

La historia suele deparar sorpresas, algunas amables, otras muy ingratas. La situación actual de Estados Unidos, para Obama, es una mala noticia. Así se puede desprender de un reciente artículo, breve pero elocuente, de Enrique Krauze, publicado en Letras Libres con el título “Obama y el populismo”. Ahí sostiene que Trump “es un cínico y un populista”, tras lo cual concluye: “Obama es popular, no populista. El populismo es el uso demagógico de la democracia para acabar con ella”. Si le creemos a Krauze, Estados Unidos enfrentará pronto un problema mayúsculo, precisamente fruto del legado de Obama en la Casa Blanca.

En cualquier caso, hay que darle tiempo a la nueva administración, sobre la cual están puestos los ojos del mundo entero.

 

Alejandro San Francisco, historiador, columna publicada en El Imparcial, de España