Al revés de lo que se proponen normalmente los gobernantes cuando se dirigen al país, que es dar certezas y fijar rumbo, cada vez que Michelle Bachelet se ha referido a la Nueva Constitución abre nuevas interrogantes.
Publicado el 01.05.2015
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Contuvimos la respiración por 45 días, mientras la Comisión Engel cocinaba, en la mismísima Moneda, una batería de reformas para regular la política, profundizar la transparencia e imponer penas de verdad a quienes contradijeran las normas de probidad.

Una vez entregado el informe a la Presidenta Bachelet, la semana pasada, esperamos pacientemente a que fuera publicado en alguna web oficial. Esperamos también a que la Mandataria celebrara el domingo y el lunes el triunfo de la Senadora Isabel Allende en el PS, para recién el martes escuchar, en un discurso transmitido en cadena nacional, qué reformas de la mentada Comisión Engel había decidido finalmente acoger.

El momento era clave, se entendía que sus anuncios marcaban el principio del fin del desagradable episodio por el que ha atravesado la política en Chile en los últimos meses, en el que todos sospechamos de todos y la vocación pública pasó de ser noble y generosa, a oportunista y corrupta.

Una vez terminado el discurso, las reformas que acababa de anunciar pasaron a segundo lugar. Lo que interesa a los medios hoy no son los proyectos de ley a los que puso suma urgencia a la mañana siguiente, ni la explicación de por qué los mantuvo congelados durante todo un año en el Congreso (como a la mayoría de los proyectos iniciados en el gobierno de Sebastián Piñera). Tampoco parece haber demasiado interés en las restricciones que anunció al financiamiento de la política, la mayoría pasadas de rosca y orientadas a profundizar aún más la desconfianza con la política y la distancia entre los electores y sus representantes; ni en la extensión a los cónyuges de las declaraciones de patrimonio e intereses de las autoridades (¡un temazo!).

Desde la noche del martes 28 de abril, el debate más importante es -y será por un buen rato- la convocatoria para septiembre -“mes de Chile”-a un “proceso constituyente”, un engendro retórico que nadie ha podido explicar seriamente hasta ahora, para redactar la Nueva Constitución, comprometida efectivamente en El Programa.

No sé si hubo o no intencionalidad en la decisión de incorporar el tema constitucional en un discurso sobre reformas a la probidad, más allá de la obvia: avisar que sigue en pie una promesa de campaña. Lo que es evidente es que un párrafo de tres líneas tuvo efectos.

Bachelet notificó a los chilenos que está de vuelta tras meses de oscuridad, para encabezar una tarea “mayor”, refundar la patria, razón por la cual eligió su mes para iniciar el proceso constituyente. Ratificó a la oposición lo que ya hemos comprobado demasiadas veces en estos 14 meses: no hay interés alguno por impulsar acuerdos y combinar en un mismo discurso materias en las que podría haberse alcanzado consensos importantes –las de regulación a la política– con una Nueva Constitución, el símbolo de la izquierda que detesta los acuerdos, es la manera más efectiva de espantarlos. Y finalmente, mandó recado a los fans de la AC, mundo con el cual la Mandataria mantiene estrecha cercanía y se siente cómoda, confirmándoles que el tema está abierto y que no está dispuesta a dar ventajas a quienes los acusan de fumar opio.

Al revés de lo que se proponen normalmente los gobernantes cuando se dirigen al país, que es dar certezas y fijar rumbo, cada vez que Michelle Bachelet se ha referido a la Nueva Constitución abre nuevas interrogantes. Hasta ahora ninguna de esas dudas ha sido aclarada; el ministro vocero, lejos de explicar con claridad qué diablos es y qué implicancias prácticas tiene el “proceso constituyente”, profundizó aún más la incertidumbre al señalar que ningún mecanismo ha sido descartado “a priori”. Y el ministro el Interior (cuyos bonos vuelven al alza en La Moneda) abrió nuevos forados, informando que “el mecanismo exacto será informado por la Presidenta”, agregando “no entraré en detalles” cuando la periodista le preguntó si se descartaba un plebiscito (fórmula que permitiría convocar, luego, a una Asamblea Constituyente).

Tiene poca presentación que, a estas alturas de su mandato, la Presidenta de la República aún no haya informado a los chilenos, primero, qué principios aspira a consagrar en una Nueva Constitución y qué canales va a impulsar para materializarla (en buenas cuentas, si lo hará de acuerdo a la institucionalidad democrática, que establece como constituyente al Congreso Nacional, o buscará caminos para saltársela).

En política uno suele ser mal pensado (años de criar ojos en las espaldas). No quisiera imaginar que la Presidenta Bachelet ha encontrado en la Constitución, un tema de la mayor envergadura y respecto del cual se le debe exigir la máxima responsabilidad, un comodín perfecto para acomodar los tiempos políticos del oficialismo o, peor aún, para cambiar de tema cada vez que sea necesario.

 

Isbael Plá, Fundación Avanza Chile.

 

 

FOTO:NELSON ARANCIBIA/AGENCIA UNO

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