Definitivamente, en estos años nos “igualamos” a la media de la región en materia de inseguridad pública y ya vivimos el mismo ambiente de temor, impotencia y frustración que casi todos nuestros vecinos. Se discute mucho sobre las causas de todo esto en Chile y sobre cómo combatir la delincuencia, pero lo cierto es que el país empeoró de forma dramática en esta materia y esto constituye un reto gigantesco y decisivo para el próximo gobierno.
Publicado el 11.01.2018
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Dicen que viajar y conocer otros mundos revitaliza la mente y enseña más que nada. En su poema Ítaca, Konstantin Kavafis relativiza esto diciendo: “Cuando te encuentres de camino a Ítaca, / desea que sea largo el camino, / lleno de aventuras, lleno de conocimientos”. El filósofo griego Epicuro, en cambio, prefería quedarse en su jardín y viajar mediante lecturas y conversaciones. Séneca, por su parte, advertía que los viajes no curan el espíritu: “El alma debes cambiar, que no el clima”, y añadía que “lo que importa no es el sitio donde vas, sino quién eres tú que vas”.

¿A qué vienen todas estas citas sobre el desplazamiento? A que soy un convencido de que, en gran medida, las novelas y cuentos que se escriben surgen de viajes. Ernest Hemingway necesitaba viajar para escribir, al igual que Graham Greene, Truman Capote o Paul Theroux, por nombrar unos cuantos. De alguna forma los relatos son una continuación de viajes, como lo prueba La Odisea. Cambiar de ambientes y aires es necesario para muchos, y en especial para los escritores o, mejor dicho, cierto tipo de escritores.

Inmediatamente después de la elección presidencial del 17D, tomamos con mi señora un avión y nos fuimos a Centroamérica. El plan era reunirnos allá con familiares y escapar del ambiente nacional tenso, agresivo e irritante que crean las elecciones presidenciales, sobre todo cuando se celebran en un marco de polarización política nacional.

Fue importante interponer distancia con ese Chile agobiado por meses de campañas, primarias, debates, elecciones surtidas, y primera y segunda vuelta presidencial. La democracia y renovación de autoridades no es a costo cero para un país, ni en lo económico ni lo emocional. El ejercicio de la democracia “cuesta” y mucho, en diversos sentidos. En rigor, desgasta, extenúa a un país y pone a prueba los grados de su tolerancia, estremece la unidad nacional y deja de manifiesto el talento de los políticos (o la falta de éste) para proyectar un sueño de país y transmitirlo al electorado. A menudo una elección presidencial es para algunos un viaje al infierno.

En fin, recorrí durante tres semanas algunas bellas regiones de Guatemala y Panamá, y una de las cosas que saqué en limpio fue que, en materia de percepciones (y admito que esto es subjetivo y no pretendo ser un experto en el tema), los chilenos hoy nos sentimos, al parecer, más vulnerables ante la delincuencia que los ciudadanos de esos países centroamericanos. Sí, tal como suena, y no siempre fue así. Hoy nos sentimos más amenazados y expuestos que nuestros hermanos de esos países, y esto puede deberse a que la inseguridad en Chile —en el grado actual— es un fenómeno reciente.

En visitas anteriores a Guatemala, años atrás, la descripción de los actos delincuenciales que me hacían amistades de ese país ponían los pelos de punta a cualquier chileno. Uno se preguntaba cómo nuestros familiares y amigos podían seguir viviendo bajo esas circunstancias. Pensábamos que seguir haciendo una vida normal allí era imposible, que lo que nos narraban era inimaginable en Chile (algo de lo cual nos enorgullecíamos, desde luego).

Hoy hago memoria y me pregunto, ¿cuál era el panorama delincuencial que los centroamericanos describían y que resultaba inimaginable en Chile? Lo recuerdo a la perfección: Que los delincuentes asaltaban en la oscuridad y a plena luz del día; en barrios marginales, de clase media o exclusivos; y a ciudadanos corrientes o personalidades destacadas. Pero había más: muchos vivían detrás de altos muros que coronaban con alambradas eléctricas y mortales navajas, con alarmas y cámaras, y a cualquiera podían arrebatarle su automóvil a punta de pistola.

Eso no era todo. Había bandas que asaltaban en una operación a todos los comensales de un restaurante, otras que sorteaban las defensas de las casas y amarraban y golpeaban a sus moradores para mantenerlos cautivos durante horas mientras los despojaban de sus pertenencias. Y había más: los narcos sostenían balaceras interminables, realizaban mortales ajustes de cuentas, había secuestros y operaban sicarios, y los delincuentes infiltraban a la policía y amenazaban a testigos de delitos y también a jueces, policías y fiscales. Como chileno, uno sólo pensaba: menos mal que en Chile no pasa eso.

Ese era el aterrador panorama en algunos países latinoamericanos hace 10 o 15 años. Lo recuerdo con nitidez absoluta. Hoy nada de eso es ajeno para un chileno, ni nos sorprende ni nos parece “imposible” que ocurra acá. Estamos sufriendo algo parecido, sólo que diez o quince años más tarde. Por desgracia, ese panorama ayer inimaginable es hoy aquí realidad cotidiana.

Es una realidad que vivimos, sufrimos y tememos. La gran mayoría sólo se pregunta cuándo sufriremos —nosotros mismos o un familiar— un hurto o un asalto en la calle, el robo a la vivienda o el “portonazo”, el despojo del vehículo a punta de pistola; o cuándo despertaremos, como le acaba de ocurrir al periodista Mauricio Bustamante, con una banda de delincuentes armados en el dormitorio, que amenazan de muerte a la familia y a uno mismo si no entrega joyas, dinero o computadoras.

Definitivamente, en estos años nos “igualamos” a la media de la región en materia de inseguridad pública y ya vivimos el mismo ambiente de temor, impotencia y frustración que casi todos nuestros vecinos. Se discute mucho sobre las causas de todo esto en Chile y sobre cómo combatir la delincuencia, pero lo cierto es que el país empeoró de forma dramática en esta materia y esto constituye un reto gigantesco y decisivo para el próximo gobierno.

Pero en este viaje por Centroamérica aprendí algo más: sentí que la percepción de la inseguridad pública entre amigos y familiares de Guatemala y Panamá ha mejorado, es decir, ellos se sienten menos amenazados que hace diez o quince años. Muchos tienen la impresión de que, por diversos factores, lo peor (sólo lo peor) ya pasó. Admito que ignoro si los medios no hablan allá de portonazos a celebridades o de asaltos a diplomáticos porque esos delitos no ocurren, o simplemente porque ya no son noticia.

Creo que la percepción de inseguridad y vulnerabilidad de los chilenos ante la delincuencia es hoy mayor que en Guatemala o Panamá. Me parece que tenemos la sensación de que aún no llegamos a un punto de inflexión en la materia, que la delincuencia simplemente se desmadró y que nuestra seguridad depende de nosotros mismos, de nuestras medidas, precauciones y recursos para protegernos privadamente. Y al parecer hay otro factor: Me parece que sólo los chilenos creemos que la justicia es demasiado blanda con los delincuentes y que éstos vuelven a quedar en libertad en tiempo récord.

Me podrán acusar de ser subjetivo en mis apreciaciones, pero lo cierto es que ante el fracaso de las policías, la justicia, los legisladores y el Ejecutivo para poner freno a la delincuencia, a los ciudadanos sólo nos queda hoy manifestar con fuerza nuestros temores frente a la inseguridad pública y recordar a las autoridades que nuestro Estado de derecho está al debe en esta delicada materia.

En su libro Teoría del viaje, Michel Onfray sostiene que “en el viaje descubrimos solamente aquello de lo que somos portadores”. Y creo que tiene razón. Los chilenos portamos hoy en nuestro corazón el temor a ser cualquier día víctimas de la delincuencia.

 

Roberto Ampuero, #ForoLíbero

 

 

FOTO: PABLO ROJAS MADARIAGA/AGENCIAUNO

 

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